esta tendencia ha implicado un traspaso a actividades de menor productividad, en
particular en el sector informal, con la excepción de Chile, Argentina y Honduras.
El proceso de terciarización del empleo es más acentuado en las mujeres. En la
década de los '90 alcanzó a casi la totalidad de los nuevos puestos de trabajo generados
en los países del Cono Sur (OIT, 1999). En Chile, el 79,8% de las mujeres ocupadas se
ubicaba en el sector terciario (INE, 1996). Un 44,8% en la rama «servicios sociales,
comunales y personales », y un 24,2% en «comercio».
La concentración de las mujeres en pocos empleos, ramas y categorías se reconoce
como una manifestación de segmentación horizontal del empleo, en la medida que ellas
enfrentan barreras de entrada a ciertos tipos de ocupación (Abramo, 2000; Arriagada,
1997; Todaro, Mauro y Yánez, 2000). No obstante, sería incorrecto desconocer que
crecientemente -pero en baja magnitud-, las mujeres se incorporan a tipos de empleo
que no dan cuenta de este patrón y que en términos tradicionales se han asociado a
labores de carácter masculino.
La segmentación del empleo por género se puede comprender como una expresión
de la división sexual del trabajo: las mujeres se concentran en trabajos que proyectan el
rol reproductivo que se les atribuye desde la esfera privada.
Esta segregación se manifiesta en ramas de actividad y en ocupaciones. Los trabajos
desarrollados por hombres se asocian a máquinas, fuerza, condiciones duras, conocimiento
tecnológico, a ocupaciones asociadas al mando, a la propiedad y al riesgo. Los de las
mujeres, a la relación directa con personas, al cuidado y la enseñanza, a procesos livianos
y principalmente manuales. Ellas participan más como asalariadas que como empleadoras
y asumen, casi por completo, el trabajo doméstico (Gálvez, 1998).
Respecto de la delimitación del concepto de segregación, una definición se refiere a
la segregación al interior de cada ocupación, expresada en la proporción de mujeres y