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los valores más bajos, con niveles de ingreso por habitante relativamente más altos, pero donde las
dificultades para que las mujeres alcancen la igualdad económica parecen mayores.
Las variables que influyen en la magnitud de esta brecha son: la tasa de actividad, el nivel de
desempleo, el acceso a las rentas de la propiedad y a transferencias, las remuneraciones medias
obtenidas, la jornada laboral y su continuidad a través del año. No se conoce el peso de cada una de
ellas pero es posible tener estimaciones más precisas de su influencia para aplicar políticas que
faciliten el acceso de las mujeres a mayores ingresos individuales. También es interesante observar
las posibles diferencias intergeneracionales que se están produciendo entre las mujeres en cada una
de estas variables. Junto al aumento observado en el nivel educacional de las más jóvenes, también
las tasas de actividad (o participación en la actividad económica) aumentan y por lo tanto las
diferencias disminuyen no sólo en el tiempo como promedios globales sino también entre
generaciones.
Otros factores intervienen para mediatizar estos resultados y llegar a comparaciones más
realistas. La estructura económica y social de los países provee de mayores o menores protecciones
a los ciudadanos/as, de manera que los ingresos monetarios tienen mayor o menor importancia en
cada uno de ellos.
Un elemento es el grado en que la economía es urbana ó rural, y si es rural, el grado en que el
campesinado tiene acceso a la tierra. Mientras haya más población rural y el acceso a la tierra sea
mayor, hay más posibilidades de que parte de la producción para el autoconsumo familiar
reemplace la falta o pequeñez de los ingresos monetarios producidos. Puede haber allí un alto
aporte generado por mujeres, que, sin pasar por el mercado, es parte importante del sustento
familiar y acorta la brecha con los hombres, pero no las valoriza ni asegura su independencia como
individuos. Para el diseño de políticas en dichos países habrá que realizar estimaciones del valor de
estas producciones.
Otro elemento que relativiza las comparaciones entre países es cómo se cubren necesidades
comunes básicas, como la salud, la educación, la sobrevivencia después de terminar la vida laboral.
En la medida que sistemas institucionalizados por el Estado o en las comunidades no provean
protección frente a la enfermedad ó para la prevención de éstas, en que la educación deba ser
pagada, en que no haya sistemas previsionales con amplia cobertura, el ingreso monetario será
estratégicamente más importante y deberá cubrir una gama más amplia de gastos. El estudio de la
institucionalidad de los países será un aporte para comprender mejor el origen de las diferencias de
ingresos monetarios entre mujeres y hombres. No sólo el ingreso monetario es estratégico; en
muchos casos los beneficios son accesibles solamente a través de determinados tipos de trabajo
remunerado (generalmente asalariado con contrato permanente) y la exclusión del trabajo
remunerado de buena parte de las mujeres se traduce en su dependencia a través de un asalariado
para resolver sus necesidades, tanto de ingresos como de beneficios sociales asociados al trabajo
remunerado.
El indicador muestra claramente que las mujeres sistemáticamente están menos protegidas
como individuos que los hombres de la solvencia económica y, en una alta proporción, son
económicamente dependientes. Por otro lado, por sus roles, las mujeres dependiente también están
sometidas a riesgos mayores, ya que si el único proveedor muere, enferma, queda incapacitado para
trabajar ó abandona el hogar, ellas tendrán que proveer su propio sustento y el de los hijos, si los
hay. Lo contrario es menos riesgoso, en el doble sentido que hay pocos casos en que el único
proveedor en la pareja sea la mujer, y también es menos frecuente que el padre quede solo a cargo
de los hijos. Las que ejercen trabajos remunerados, en peores condiciones de trabajo que las de sus
pares, como se verá más adelante, también enfrentan situaciones en que su solvencia económica es
menor.