permanente, como la pérdida de audición), infecciones de transmisión sexual (ITS),
incluido el VIH/Sida, el embarazo no deseado, problemas ginecológicos, dolor
pélvico crónico, hipertensión, depresión, trastornos por ansiedad, trastorno por estrés
postraumático, cefaleas, síndrome de colon irritable y diversas manifestaciones
psicosomáticas.
El impacto de la violencia sobre la salud sexual y reproductiva puede ser
directo pues la relación sexual forzada, sea con la pareja o con un extraño, puede
provocar un embarazo no deseado o una infección venérea, incluido el VIH/Sida.
También puede ser indirecto, pues la violencia o el temor a ella influyen en la
capacidad de la mujer para negociar el sexo seguro, incluido el uso de condones y el
uso de la anticoncepción. La violencia contra la mujer representa un importante factor
de riesgo para la epidemia de VIH/Sida y también para el embarazo adolescente,
ambos problemas muy importantes en nuestra región. Datos procedentes de los
Estados Unidos demuestran que en ese país, cada año se producen más de 32.000
embarazos como consecuencia de violaciones, la mayoría de ellos en adolescentes; el
50% de esos embarazos terminan en aborto y el 6%, en la cesión del recién nacido en
adopción (Holmes et al., 1996).
La violencia también se produce durante el embarazo, por lo que sus
consecuencias afectan no sólo a la mujer, sino también al feto o al recién nacido. Una
revisión de los estudios efectuados en los Estados Unidos demostró una prevalencia
de abuso durante el embarazo que oscilaba entre el 0,9 y 20%, con una tasa de
prevalencia en la mayoría de estos estudios de 4 a 8,3% (Gazmararian et al., 1996). La
violencia durante el embarazo se asocia a abortos, muerte fetal, parto prematuro y
muerte y lesiones fetales o del recién nacido (McFarlane, Parker y Soeken, 1996). En
varios estudios se observó asimismo su asociación con bajo peso al nacer (BPN). En
México un estudio en 110 mujeres reveló que las mujeres que sufrieron violencia
durante el embarazo (el 33,5%) tenían tres veces más complicaciones durante el parto
y el posparto inmediato que aquellas que no tuvieron violencia y cuatro veces más
riesgo de tener niños de bajo peso al nacer (Valdez y Sanin-Aguirre, 1996). La falta
de control prenatal fue sensiblemente mayor en el grupo de mujeres maltratadas
respecto del grupo de mujeres no maltratadas, diferencia que fue significativa
estadísticamente. En un estudio realizado en Nicaragua se encontraron tasas de bajo
peso al nacer significativamente más altas en las mujeres golpeadas que en las no
golpeadas, inclusive tras controlar otras variables, como el tabaco, el alcohol, la
asistencia prenatal y las complicaciones maternas (Momeni et al., en prensa). Varios
estudios realizados en Nicaragua también han demostrado un importante impacto de
la violencia conyugal sobre la salud de los hijos e hijas de las mujeres que han sido
golpeadas por su pareja, mostrando que los hijos de estas mujeres tienen mayor riesgo
de morir antes de un año (mortalidad infantil) y de cinco años y tienen más diarrea y
desnutrición, en comparación con los hijos de mujeres que no han tenido experiencias
de violencia.
La violencia contra la mujer puede provocar también la muerte. Las tasas de
muerte por “femicidio”, como se comienza a denominar al homicidio femenino,
suelen ser mucho menores que las de muerte por homicidio en los hombres. En
América latina, por ejemplo, el homicidio es la causa externa de muerte más
importante en los varones y representa el 39,5% del total de muertes, mientras que
para las mujeres el homicidio constituye la segunda causa externa de muerte, con el
23,2% del total (Organización Panamericana de la Salud, 1998). Sin embargo, se sabe
que en la mujer la muerte por homicidio se asocia a la violencia por la pareja. Una
elevada proporción de las muertes de mujeres es ocasionada por conocidos,