La política del FIDA se basaba inicialmente en un
enfoque expresado en la fórmula “la mujer en el
desarrollo” (WID), que tenía por objeto abordar las
necesidades de los grupos marginales. Se
diseñaron algunos proyectos destinados
exclusivamente a la mujer o se incluyeron
componentes específicos dedicados a ella.
Por lo general, aunque no siempre, ese
enfoque se concretó en la inclusión en los
proyectos de programas especiales para la
mujer, con una tendencia a concentrarse en sus
funciones en el ámbito de la familia y en algunas de
sus actividades características, cuya importancia
económica era bastante secundaria.
Esa política evolucionó hasta el actual enfoque, que
se traduce en el concepto de “género y desarrollo”
(GAD), adoptado oficialmente en 1992 en las
Estrategias del FIDA para el adelanto económico de
la mujer rural pobre. El enfoque GAD no se centra
exclusivamente en la mujer, sino que aborda las
funciones de los hombres y las mujeres y sus
relaciones recíprocas. Para el FIDA, incorporar los
aspectos de género en los proyectos significa
garantizar que en todas las etapas del diseño
y la ejecución se consideren las necesidades, las
limitaciones y las funciones específicas del hombre
y la mujer. No se trata de diseñar actividades
específicas para la mujer, sino de adaptar las distintas
actividades de los proyectos teniendo en cuenta las
características distintivas de uno y otro sexo. En la
actualidad, la capacidad de los proyectos del FIDA de
beneficiar a los pobres – y a las mujeres – es uno de
los indicadores básicos para evaluar el logro de los
objetivos de desarrollo.
La mujer suele estar en una situación de desventaja
con respecto al acceso tanto a los recursos y
servicios, como a la información y a las instancias de
adopción de decisiones. Por consiguiente, suele ser
necesario planificar actividades específicas y
diferenciadas para garantizar que todos los miembros
de la comunidad (incluso las mujeres y los más
pobres) puedan participar en condiciones de
igualdad. El enfoque WID y el GAD, que se basa
en la incorporación de los aspectos de género, tienen
algunos aspectos comunes. En ciertos casos,
el diseño de componentes específicos para la mujer
puede ser el medio más efectivo de lograr su
participación, al menos a corto plazo. En
determinadas circunstancias, las actividades
destinadas exclusivamente a la mujer – por ejemplo,
los cursos de alfabetización que les permitirán seguir
programas de capacitación para el desarrollo de
actividades generadoras de ingresos –, pueden
resultar muy eficaces para mejorar la condición social
y económica de la mujer en las comunidades pobres.
Dieciséis de los 17 proyectos del Fondo en curso que
tienen componentes destinados exclusivamente a la
mujer se ejecutan en países en los que las normas
socioculturales limitan la interacción entre los
hombres y las mujeres. Sin embargo, se reconoce
el riesgo de que el diseño de actividades
y componentes específicos para la mujer pueda
agravar su marginación.
La incorporación de los aspectos de género tiene por objeto ofrecer tanto a hombres como a mujeres
oportunidades de acceder a todos los recursos y los servicios de los proyectos, de forma proporcional
a la importancia que la actividad reviste para ellos y para sus medios de subsistencia. Significa también
reconocer y apoyar las funciones reales de la mujer en el desarrollo rural, comunitario y agrícola, evitando
los estereotipos en relación con los sexos (por ejemplo, que los hombres son los principales agentes
en la agricultura y que las mujeres simplemente aportan mano de obra en la explotación familiar).