aceptación de las normas, de ubicación en el mundo, y moldeamiento de subjeti-
vidades, tiene lugar en todos los ámbitos sociales, en la familia, en la escuela, en
el mercado de trabajo; y discurre en distintos niveles de la realidad, simbólico,
subjetivo y por ende en las prácticas sociales (Cepal/GTZ, 1997).
La construcción de género basada en patrones tradicionales que da origen a
una rígida división sexual del trabajo afecta al mercado de trabajo, la segmenta-
ción se rearticula aún en procesos de cambio, así tenemos que la mayoría de las
mujeres se sitúa en una posición de desventaja frente a los procesos de moderni-
zación y se restringen sus oportunidades para el desarrollo de nuevas habilida-
des y capacidades para el trabajo. La segmentación sexual del trabajo no solo
condiciona y limita la productividad de la mujer, también subutiliza sus poten-
cialidades (Cepal/GTZ, 1997), y utiliza, sin valorar, las habilidades y destrezas
adquiridas a través de la socialización. En efecto, al hablar de una relación de
desigualdad o de una relación de opresión, esta debe ser situada en el contexto
de una organización social que ubica a los hombres en una posición hegemónica
como conductores de un sistema cultural y considera la acción de estos como la
única realmente productiva (creativa), en cambio considera la acción de las mu-
jeres como mera reproducción repetitiva y no creativa (Valdés, 1992).
Es así que la problemática de la mujer en nuestra sociedad, no puede ser
abordada sin antes enmarcarla en una perspectiva de género y de desarrollo. En
su propuesta la Cepal (1990, 1992) señala que asumir la perspectiva de género en
el desarrollo supone aceptar el desafío de vincularla con la propuesta de trans-
formación productiva con equidad, incorporando también la equidad de género.
2. La mujer chilena y el trabajo
La participación laboral de la mujer ha aumentado a lo largo del tiempo. Sin
embargo, aún en 1998 encontramos una marcada diferencia en la participación
de hombres y mujeres en la fuerza de trabajo, siendo la de las mujeres un 37,5%,
en tanto que la de los hombres es de un 64,3%. Esta tasa de participación es aún
inferior a la de muchos países de América Latina y El Caribe y por supuesto a la
de países de Europa y el Sudeste Asiático.
Tan significativas como las desigualdades entre sexos, son las que existen
entre las mujeres pertenecientes a distintos estratos socioeconómicos. En efecto,
las diferencias en la tasa de participación entre quintiles se acentúan en el caso de
las mujeres; en 1998, la tasa de participación femenina varía entre 22,8% para el
quintil I, y 52,5%, para quintil V. Para los hombres, en cambio, los respectivos
valores oscilan entre 69,5% y 76,1%.