13
Por otro lado, el concepto de autonomía estaba referido a la necesidad de no ser “cooptada”
(Pitanguy, 1999) por el Estado en el sentido de subordinarse a las visiones neutrales y autoritarias
que se le atribuían a éste. El Estado era visto, sobre todo a partir de las dictaduras, como la
encarnación de la fuerza y en menor medida como el responsable o garante de la protección y
ejercicio de los derechos. Esta tensión entre afirmar la distancia de los partidos y del Estado, a la
vez que se reconocía la necesidad de políticas públicas llevó a la elaboración del concepto de
autonomía y a la idea de interlocución para “penetrar” los órganos del Estado. El movimiento
feminista se veía asimismo encarnando una voluntad de “cambio sin contaminación” y se sentía lo
suficientemente fuerte como para penetrar en el Estado saliendo impune. A eso Blay añade la falta
de experiencia del movimiento feminista para actuar en la legalidad ya que los prolongados
períodos de dictadura le obligaron a actuar en la clandestinidad y bajo un clima de violación a los
derechos humanos. Según Blay, el modelo del CNDM se adecuaba para un país recientemente
salido de la dictadura que no confiaba en la estructura del Estado y de los gobiernos. Además, los
movimientos de mujeres no tenían experiencia de actuación en la legalidad después de haber vivido
décadas de ilegalidad.
Era el tiempo en que el feminismo latinoamericano todavía saldaba cuentas con una izquierda
ciega a los temas de género y no tenía atisbos de aproximación con un liberalismo casi inexistente
desde el punto de vista político. El feminismo brasileño, al igual que en otros países, nace
principalmente en interlocución, a veces imaginaria, con la izquierda, y sus orígenes están
vinculados con la búsqueda de la igualdad social.
Es grande la deuda del movimiento feminista latinoamericano con esta creación del
movimiento brasileño. A él se le atribuyeron rasgos democráticos inéditos, capacidad creativa e
inspiración en muchas de las formas de combate a la discriminación de género: las comisarías
contra la violencia, la constitucionalidad de los derechos reproductivos, la institucionalización de la
voz de la sociedad civil en el diálogo con el Estado y un reconocimiento a la vitalidad de un
movimiento que actuaba en el Estado como invitado privilegiado.
Es preciso señalar que el CNDM es producto de un momento constitutivo de la recuperación
democrática donde se buscaban nuevos arreglos entre sociedad y Estado, pero donde aún no había
ingresado en el escenario internacional la idea de reducción del Estado.
Al finalizar el gobierno de Sarney (1985-1990), se produce un episodio crítico que implicó la
renuncia con movilización de la entonces presidenta del CNDM, Jacqueline Pitanguy. El gobierno
de Sarney consideró inaceptable la defensa de los derechos sexuales y reproductivos así como la
vinculación de los derechos de las mujeres con la lucha antirracista liderada por Pitanguy. La
presidenta renuncia en un acto masivo que simboliza “la salida”del movimiento de mujeres del
escenario gubernamental.
Con la victoria de Collor en 1990, se inaugura en Brasil un proyecto de reducción del Estado
que implicó la reducción de las atribuciones del CNDM y una pérdida de potencia aún mayor. En
esa etapa se consagra legalmente la pérdida de atribuciones del CNDM para ejecutar políticas
públicas (Gobierno de Brasil, 2000, Cabral 2002) .
En el ámbito internacional, el modelo brasileño del CNDM —emblemático por su accionar y
referencia feminista para el diálogo con el Estado— fue desplazado como modelo de gestión por
otro que vino de España: el Instituto de la Mujer. La creación del Servicio Nacional de la Mujer
(SERNAM) en Chile y de los Institutos de la Mujer en Centro América, además de la dosis propia
de creatividad nacional y de influencia de los procesos de reforma estatal, tuvieron una fuerte