género. La participación de las mujeres se concentra
en cuestiones y tareas vinculadas a las necesidades
básicas de la familia y la comunidad, mientras que los
hombres se reservan la participación en los cargos de
poder en las organizaciones y las instancias políticas e
institucionales. En los procesos participativos se
encuentran diversas manifestaciones de la desigual-
dad de género.
Es común que se perciba y valore la participación
femenina únicamente en función de intermediarias de
fines de bienestar para otros, y de la eficacia que
garantizan en la ejecución de los programas.
Predomina una concepción instrumental de la partici-
pación femenina asociada a graves problemas sociales
como los de la pobreza.
No es común la valorización de las mujeres como
sujetos sociales portadores de derechos propios de
participación en la esfera pública, ni que se las consi-
dere como agentes de cambio en el desarrollo.
Existe la convicción entre autoridades gubernamenta-
les y líderes de la comunidad de que las mujeres
representan un servicio público gratuito, disponible
todo el tiempo y para todo problema y emergencia
social. Las mismas mujeres contribuyen a mantener
dicha convicción debido, sobre todo, al mandato
cultural de los roles de género (madre, ama de casa,
esposa) y a la división sexual del trabajo, que recarga
sobre las mujeres las labores domésticas.
Existe también la creencia de que las mujeres dispo-
nen de "más tiempo libre" que los hombres para
dedicarse al servicio de las necesidades de la comuni-
dad. Se da por descontado su disponibilidad incondi-
cional, ignorando las sobrecargas de trabajo, los
desgastes físicos y emocionales y los malabarismos
con el tiempo que significa tal disponibilidad femenina.
Para las mujeres, principalmente de sectores popula-
res, la participación es más una obligación por necesi-
dad, que un derecho ciudadano a participar en los
asuntos públicos.
Se distinguen dos intereses de participación de las
mujeres, que deben entenderse interrelacionados:
1.
Los intereses prácticos de género: son los que
surgen de los roles socialmente aceptados por la
sociedad en la esfera doméstica (madre, ama de
casa, esposa). Responden a las necesidades
inmediatas a menudo vinculadas con las carencias
e insuficiencias de servicios y bienes materiales
básicos, que sufren las familias y las comunidades.
Son formulados a partir de las condiciones concre-
tas que vive la mujer en el terreno doméstico y se
dirigen a la supervivencia humana. Estos intereses
prácticos no cuestionan la subordinación ni la
inequidad de género, pero de ellos sí pueden surgir
a través de las experiencias de procesos participa-
tivos, intereses distintos relacionados con,
2.
Los intereses estratégicos de género: son los que
surgen del reconocimiento y toma de conciencia
de la posición de subordinación, desigualdad y
discriminación de las mujeres en la sociedad, y
apuntan a la transformación de dicha posición y,
en consecuencia, de las relaciones sociales de
género. Incluyen asuntos como los derechos
legales, la violencia doméstica, el control de las
mujeres de su propio cuerpo, la capacitación en
género. Participar por intereses estratégicos de
género ayuda a las mujeres a adquirir libertad,
igualdad real, autoestima y empoderamiento,
según el contexto sociopolítico y cultural de donde
emergen y se expresan.
En la denominada política "informal" o "comunita-
ria", que es una forma de hacer política a partir del
entorno social cotidiano, las mujeres se vinculan a
los asuntos de interés público, y: a) establecen
relaciones de fuerza y presión con los poderes
locales; b) demandan y gestionan recursos; c)
protestan, negocian y ejercen influencia; d)
contribuyen al mejoramiento de las condiciones de
vida y al desarrollo local; e) adquieren habilidades
de ciudadanas competentes; f) logran autoestima
y prestigio social; g)adquieren poder de liderazgo;
h) representan un eficaz patrón de participación
en la vida política local.
Este cuadro de participación refleja las luces y
sombras, así como las paradojas del género
femenino en el espacio local. Una paradoja de las
buenas es que la adscripción social y cultural a los
roles genéricos de madre, ama de casa y esposa
resulta ser tan restrictiva como permisiva, de tal
suerte que el control y limitación en la inmediatez
espacial, facilitan el entrenamiento y participación
femenina en la gestión de los asuntos públicos
cotidianos. Sin embargo, dicha eficaz participación
legitimada por la proyección de los roles e intere-
ses tradicionales de género, no evita que las
mujeres sufran la censura social ("chismes",
habladurías, difamaciones, aislamiento), la
violencia doméstica y la desvalorización de sus
actividades. La revalorización política e institucio-
nal de los espacios y gobiernos locales, no ha
corrido pareja con la revalorización de las mujeres
como ciudadanas y sujetos de derechos. Una
paradójica dinámica de inclusión-exclusión
envuelve la presencia y participación femenina,
impulsada también por las propias ambivalencias,
miedos y limitaciones que tienen las mujeres ante
las oportunidades y desafíos de la esfera pública
local. Por lo cual, conviene matizar la afirmación
que el espacio local es el ámbito privilegiado para
la construcción de la ciudadanía plena de las