En las últimas décadas es innegable el adelanto de las mujeres, quienes han ido accediendo a
nuevo espacios y logrando un creciente reconocimiento de sus derechos. Sin duda que estos
avances han sido el resultado de una larga y permanente lucha de las mujeres por ser
consideradas como personas con derechos plenos e iguales a los de los hombres.
Sin embargo, la incorporación de las mujeres al desarrollo del país, muchas veces no ha sido
producto de una decisión consciente, sino el efecto de políticas económicas que exigen el
aumento en el número de miembros del hogar que trabajen para poder satisfacer necesidades
básicas de las familias.
Es claro, que los resultados de las políticas económicas afectan a hombres y mujeres, sin
embargo, en las mujeres tienen consecuencias más graves: son más pobres que los hombres al
contar con menos activos, tener menor acceso al crédito, menor capacidad de ahorro y
obtención, por lo general, de más bajos ingresos.
De otro lado, la mujer trabajadora enfrenta, con mayor frecuencia que el hombre trabajador,
obstáculos como la dificultad de acceso al mercado laboral, la responsabilidad de las labores
domésticas que sigue siendo una tarea “casi” exclusiva de las mujeres, la segregación en el
mercado del trabajo, la precariedad en las condiciones de trabajo, la discriminación salarial, la
ubicación en ocupaciones de menor calificación y la dificultad de acceso a puestos de
dirección.
La categoría analítica género, permite entender que los patrones de organización basados en las
diferencias sexuales (biológicas), son construcciones sociales y culturales que se establecen
sobre la base de estas diferencias y que conllevan valoraciones desiguales entre mujeres y
hombres, las cuales han sido fuente de discriminación para las mujeres. Estas diferencias
terminan asumiéndose como si fueran naturales y por ello a menudo, resulta una tarea difícil la
transformación de lo que significa ser mujeres y hombres en el contexto de nuestra sociedad y
nuestra cultura.
Así, esta categoría es una herramienta fundamental para la comprensión de los factores que
contribuyen a la desigualdad económica, social, política y cultural, entre hombres y mujeres.
Según el Banco Mundial, la incorporación del género en el desarrollo es una cuestión de
justicia social y de política económica. El informe “Toward Gender Equality: The Role of
Public Policy”, elaborado por dicha institución advierte que no invertir en la mujer resulta
costoso y que la eliminación de las desigualdades basadas en el género conlleva a aumentos
significativos de la productividad, tiene grandes beneficios para la sociedad y refuerza
actividades encaminadas a reducir la pobreza. En definitiva invertir en la mujer asegura la
calidad y sostenibilidad del crecimiento económico.