1.2. La feminización de la pobreza.

    El término de feminización de la pobreza responde a una realidad antigua y oculta, desvelada por los estudios del tercer mundo y por algunos procesos muy acusados en países como Estados Unidos. Es un fenómeno complejo y con varias facetas:

    - Por una parte, al individualizarse las estadísticas nacionales e internacionales de ingresos y gastos, se descubre que la mayor parte de los pobres son mujeres.

    - Al mismo tiempo se comienza a develar que en familias que no son pobres ni excluidas, la renta no se distribuye necesariamente de forma igualitaria entre sus miembros, varones y mujeres, adultos, viejos, jóvenes y niños. Así una serie de estudios avalan con datos la idea de que el matrimonio empobrece a las mujeres mientras que enriquece a los varones, en términos puramente económicos.

    - Por último, fenómenos nuevos en la estructura de la familia, ponen en evidencia el incremento de un nuevo tipo de hogares en que las sustentadoras únicas son mujeres y cuya situación social las hace vulnerables, tanto si son madres solteras como viudas, separadas y divorciadas.

    A esto hay que añadir que la pobreza, nueva o tradicional, no se vive igual por parte de todos los miembros de la familia. Las mujeres tienden a cargar sobre sí la responsabilidad, explotando su capacidad de trabajo dentro y fuera del hogar para sacar adelante a la familia. En general, su pobreza es más intensa, por recibir menor protección social, menos recursos para encontrar empleo, más responsabilidad en la gestión de los recursos. Igualmente la socióloga Blanca Fernández Viguera explica como "la mujer reproduce la pobreza de generación en generación", tocando un tema que empieza a preocupar como es el empobrecimiento de la infancia.

    Para esta autora, se trata sobre todo de un nuevo tipo de pobreza que no deriva tanto de la incapacidad para entrar en una relación salarial (desempleo, enfermedad o vejez), como de la "dependencia afectivo económica" de las mujeres. En este caso los cambios en la vida familiar de las mujeres, las rupturas, la viudedad, los hijos, son la causa de la pobreza y no sólo la renta o la relación con el empleo.

    Al encontrarse en profunda transformación la familia tradicional, caracterizada por la división del trabajo y la estabilidad emocional y demográfica, las mujeres aparecen como posibles víctimas de la debilidad de sus "dos biografías": han perdido la seguridad tradicional del matrimonio y de la familia sin entrar en condiciones de igualdad en el mercado de trabajo. Aún dejando de lado el mayor desempleo, precariedad, temporalidad y bajos salarios que sufren las mujeres, en ningún caso tienen una situación de partida igual a los hombres: deben ocuparse de los hijos, a menudo de otros familiares y seguir supliendo la "producción doméstica" no pagada.

    De ahí que exista una doble discriminación: son trabajadoras discriminadas y socialmente, al no recibir apoyos, se las discrimina de otros bienes sociales (tiempo, espacio, formación, autonomía, etc.). De ahí que muchas mujeres, activas o inactivas, además de ser pobres, puedan ser fácilmente marginadas o excluidas al carecer de los bienes que forman lo que hoy en día se considera capital humano. Doblemente pobres, por lo tanto, con pobreza antigua (por no trabajar o ser mal pagados sus empleos) y pobreza nueva (exclusión de los bienes de la cultura, la integración en redes, el prestigio, etc.).

    
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