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Din icas de g ero del conflicto armado
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Dinámicas de género del conflicto armado
Amani El Jack
Fuente: Amani El Jack. Género y Conflictos Armados. Bridge develoment – gender, 2003.(se
reproducen fragmentos)
El siguiente artículo es parte de una informe general sobre la forma en que los conflictos
armados afectan a las mujeres y derivan en desventajas específicas de género que no son
siempre reconocidas.
Relaciones de género y conflicto
Las relaciones de género se caracterizan típicamente por un acceso desigual al poder o una
distribución desigual de éste. Dado que es tan diseminada, la discriminación de género
influye en otras dinámicas del conflicto armado. Más específicamente, el análisis de género
en el conflicto armado resalta las diferencias entre mujeres y hombres en lo que se refiere a
sus actividades de género, sus necesidades, su adquisición de recursos y control sobre
éstos, así como su acceso a procesos de toma de decisiones en situaciones post-conflicto
(PNUD, 2002).
Los hombres en edad para combatir son frecuentemente a quienes se recluta y, por lo tanto,
resultan asesinados o lastimados durante las batallas. Las mujeres, sin embargo, son las
principales víctimas de la guerra. Lo son de manera directa como fatalidades o bajas, o bien
indirectamente a través del resquebrajamiento de las estructuras familiares y comunitarias
(Byrne, 1996).
Mujeres y conflicto
Las mujeres en las zonas de guerra pueden enfrentar demandas contradictorias por parte del
gobierno y de la sociedad. Por un lado, la nación exhorta a las mujeres a participar en luchas
nacionalistas en su calidad de miembras del colectivo nacional. En varias zonas de guerra,
las mujeres han sido movilizadas en el conflicto armado porque su apoyo, su trabajo y sus
servicios han sido requeridos. Al mismo tiempo, la construcción de las mujeres como
‘madres’ y ‘guardianas de la cultura’ dentro de los movimientos nacionalistas de liberación a
menudo ha restringido su activismo en los procesos de conflicto y de reconstrucción post-
conflicto (Stasiulis, 1999).
La construcción de las identidades de las mujeres en sus roles de género como ‘madres’ y
‘guardianas de la cultura’ implica que ellas son ‘víctimas’, justificando así el uso intensificado
de poder y violencia para ‘protegerlas’. A menudo existe la percepción de que esta
‘protección’ ha fallado, como ocurre cuando tienen lugar actos públicos de violencia física y
sexual, tales como la violación. Los crímenes sexuales, que afectan desproporcionadamente
a las mujeres, pueden ser perpetrados a plena vista de la familia y la comunidad,
convirtiendo de esta forma a las víctimas en personas ‘manchadas’ e inmerecedoras de
protección (Bennett et al, 1995).
¡Nada de sexo, por favor, estamos peleando!
Una notable excepción a la exclusión y discriminación de las mujeres combatientes ocurrió
en Tigray, una provincia de Etiopía. El Frente de Liberación del Pueblo de Tigray (TPLF) fue
formado en 1975 para pelear por un Estado etíope democrático. El Frente alentó activamente
a las mujeres a unirse a la lucha. Se les proveyó educación, además de cuidado infantil para
facilitar su participación. Las relaciones sexuales fueron prohibidas con el propósito de
concentrar las energías en la lucha. Más tarde se hicieron excepciones para permitir el
matrimonio y los nacimientos. Una mujer relata: ‘La ley de no-matrimonio tuvo una función
positiva: entre hombres y mujeres había conversaciones, no actividad sexual. Un hombre
miraba a una mujer en relación con el trabajo de ella, no en relación a con quién estaba esa
mujer’. (Adaptado de Bennett et al, 1995: 9)
Ejemplos de iniciativas de mujeres para alcanzar la paz son frecuentemente citados como
evidencia de que ellas son naturalmente sustentadoras en comparación con los hombres, a

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quienes se les caracteriza como innatamente agresivos y guerreros. Sin embargo, las
investigaciones realizadas por feministas en el Norte y el Sur han desafiado la supuesta
naturaleza pacífica de las mujeres al examinar su involucramiento en las luchas de liberación
nacional, su apoyo directo y/o indirecto a los conflictos armados y sus contribuciones a la
guerra y al militarismo en general (Babiker, 1999; Byrne, 1996; Cockburn, 2002; El-Bushra,
2000; Moser y Clark, 2001; Kelly, 2000).
Mujeres como agresoras
El estereotipo de las mujeres como sustentadoras natas no siempre refleja la experiencia en
el campo. Los abundantes ejemplos de mujeres como combatientes activas o apoyando a los
Estados ‘opresores’ muestran que las suposiciones acerca del comportamiento de mujeres y
hombres pueden ser miopes o ingenuas:
Las mujeres se hicieron miembras del partido Nazi en grandes cantidades y sirvieron
en los campos de exterminio.
El régimen de Pinochet en Chile en los años setenta recibió el apoyo de mujeres de
clase media.
Mujeres protestantes y católicas de la clase trabajadora han estado presentes en las
turbas en Irlanda del Norte.
Las mujeres han servido en el ejército de los Estados Unidos y manifestado a favor
de éste.
Existen casos en que las mujeres han aprobado el uso de la violación contra
‘enemigas’ y contra aquéllas percibidas como ‘mujeres impropias’. (Adaptado de
Jacobs, Jacobson y Marchbank, 2000: 12-13)
Ya sea en su capacidad tradicional y tal vez estereotípica como esposas y madres, o en sus
roles como agresoras y simpatizantes de un conflicto, las mujeres continúan experimentando
discriminación, debido a las desiguales estructuras de poder que rigen sus relaciones con los
hombres.
Hombres y conflicto
Mujeres y hombres experimentan violencia de manera diferente durante el conflicto y
después de éste, en sus capacidades ya sea como ‘víctimas’ o como ‘perpetradores’ (Moser
y Clark, 2001: 7). La violencia sexual es sufrida en gran medida por las mujeres, pero los
hombres y los niños también son violados durante los conflictos armados a través de una
forma de violencia diseñada para destruir el poder masculino. Sin embargo, aun cuando ha
habido documentación de las experiencias de los hombres como víctimas de abuso en el
campo de batalla, ellos continúan siendo descritos como ‘héroes masculinos’ (Moser y Clark,
2001: 3). Zarkov (2001) sostiene que, en el caso de la ex Yugoslavia, la negativa a identificar
a los hombres como víctimas de violencia sexual a lo largo del conflicto armado fue
racionalizada en términos de las relaciones de poder durante la guerra así como en el
subsiguiente proceso de construcción de la nación, que dictó quiénes podían ser catalogadas
como víctimas de abuso sexual. En otras palabras, una mujer puede ser una víctima, pero un
hombre nunca lo es, lo cual constituye una negación de una de las realidades de género del
conflicto armado.
Los hombres sufren no sólo en lo que se refiere a la violencia sexual. También experimentan
abusos a sus derechos humanos que son diferentes pero igualmente injustos que aquéllos
que afligen a las mujeres, ya sea como prisioneros de guerra, como soldados o como
individuos que se resisten a las normas de género (por ejemplo, homosexuales, hombres
pacifistas). Ellos también son puestos directamente en la mira en los conflictos armados y
pueden conformar la mayoría de las bajas provocadas por las armas pequeñas y livianas
(APL). La creciente cantidad de hogares encabezados por mujeres en zonas de conflicto es
una ilustración de la vulnerabilidad específica de los hombres (El Jack, 2002).

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Masculinidad y conflicto armado: ¿Van de la mano?
La conexión entre ‘masculinidad’, militarización y conflicto armado es significativa. Los
análisis feministas identifican las estructuras militares como patriarcales, instituciones
militares dirigidas por y para hombres, basadas no en ‘las características biológicas de los
hombres sino ... en las construcciones culturales de la hombría’ (Turshen y Twagiramariya,
1998: 5). En muchos contextos culturales, ser un ‘verdadero hombre’ también se define por la
habilidad en el uso de un arma (Jacobs et al, 2000: 11).
¿Significa esto que los hombres son inherentemente violentos? NO – la violencia masculina
dirigida a otros hombres, a mujeres o a niñas y niños es un reflejo de las ‘expectativas
masculinas’ impuestas por las sociedades y reforzadas por Estados dados a manipular tales
expectativas para sus propios fines políticos (Cockburn y Zarkov, 2002; Dolan, 2002; Jacobs
et al, 2000). Los hombres que sienten no ser capaces de desempeñar sus roles ‘masculinos’
como protectores o agresores pueden descargar sus frustraciones sobre sus familias. Esto
conduce a más violencia, así como a una falta de comprensión de las necesidades
personales y las necesidades de las mujeres, y de cómo éstas cambian a la luz de un
conflicto.
El hecho de que la guerra sea usualmente perpetrada por hombres no es una prueba de que
ellos sean inherentemente violentos La guerra es iniciada por aquéllos que tienen poder, y
los hombres suelen encontrarse en las posiciones más poderosas. Ha habido también casos
de lideresas en el poder, como Margaret Thatcher e Indira Gandhi, que han involucrado en
conflictos a sus países.
Impactos de género del conflicto armado
Las desigualdades de género son exacerbadas durante periodos de conflicto armado y
continúan a lo largo de la reconstrucción post-conflicto. Tanto las mujeres como los hombres
sufren los abusos y traumas de la guerra, las revueltas y la pérdida de recursos. El impacto
de estas pérdidas es experimentado en formas diferentes y las mujeres a menudo son
afectadas de manera desproporcionada.
Los Estados y las organizaciones son persistentemente incapaces de aplicar las leyes y
convenciones internacionales diseñadas para proteger los derechos de las mujeres y
promover la equidad de género. Los proveedores de asistencia, sean gubernamentales, no
gubernamentales o multilaterales, han sido lentos en hacerle frente a la escalada de abusos
contra los derechos humanos de las mujeres, en particular durante los conflictos armados y
después de éstos. Algunas veces los tomadores de decisiones desalientan y hasta
obstaculizan el desarrollo de iniciativas sensibles al género.
Una razón por la cual las iniciativas con enfoque de género carecen de apoyo es la división
en el pensamiento entre apoyo técnico y social. El apoyo social se refiere a la ayuda para
necesidades inmediatas tales como el reestablecimiento del abastecimiento de agua, de los
sistemas de alcantarillados, centros de salud o suministro de energía eléctrica. El apoyo
social, en contraste, se refiere a la ayuda para asuntos a más largo plazo que son difíciles de
afrontar, con menos resultados cuantificables y que son, por tanto, considerados menos
prioritarios, tales como la prestación de servicios de escolaridad, capacitación y sociales.
Ambos tipos de apoyo, sin embargo, sacan a luz las prácticas sociales, culturales y
religiosas. Sin embargo, durante los periodos de conflicto se considera inapropiado enfocar
las relaciones de género. El resultado es que el efecto de las intervenciones técnicas – como
los proyectos de saneamiento a gran escala – en las dinámicas entre hombres y mujeres no
es analizado (Williams, 2002).
Indiferentemente del contexto geográfico, económico, político o social, el conflicto armado
dificulta el acceso a alimentos, salud y educación, así como a otros bienes y servicios
básicos. Esta sección analiza dos impactos específicos del conflicto armado – la violencia
basada en género (VBG) y el desplazamiento forzoso. Al explorar estos asuntos, también
persigue demostrar cómo la guerra exacerba las condiciones pre-conflicto caracterizadas por
la desigualdad y la falta de acceso a los recursos.

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Desplazamiento forzoso
‘El desplazamiento forzoso es la violación más clara de los derechos humanos, económicos,
políticos y sociales, y de la incapacidad de cumplir con el derecho internacional humanitario’
(Moser y Clark, 2001: 32). Las personas han sido a menudo desarraigadas de sus tierras
natales debido a persecución política, religiosa, cultural y/o étnica durante el conflicto.
Cualquiera sea la causa, el desplazamiento es
una fuente de violaciones a los derechos humanos y deriva en distintos tipos de desventajas
tanto para mujeres como para hombres.
Las personas desplazadas internamente no son protegidas por las leyes
internacionales
El desplazamiento no necesariamente significa que las personas se vayan de sus hogares o
sean removidas a la fuerza hacia destinos lejanos a los mismos durante el conflicto armado y
después de éste. Durante los conflictos armados en los años noventa, hubo millones de
personas que se desplazaron internamente o que continuaron viviendo dentro de las
fronteras de sus países. La Convención de las Naciones Unidas sobre Refugiados de 1951
protege a las personas refugiadas fuera de sus fronteras nativas, pero no cubre a aquéllas
desplazadas internamente. La comunidad internacional cuenta con opciones limitadas para
proteger a las personas desplazadas dentro de sus propias fronteras si su país natal no está
dispuesto a cooperar. La situación legal de las personas desplazadas internamente continúa
siendo una seria preocupación. (Adaptado de la Organización Mundial de la Salud, 2001: 23).
El desplazamiento a menudo es visto como un fenómeno temporal o transitorio. Sin
embargo, la experiencia en países tales como Perú, Sri Lanka, Somalia y Sudán muestra que
se trata, en realidad, de un prolongado proceso. A nivel mundial, numerosas generaciones
han sido desplazadas como consecuencia del conflicto armado; una importante cantidad de
las personas afectadas ha tenido que desplazarse más de una vez y por periodos de tiempo
significativos. (Indra, 1999).
El desplazamiento coloca a las mujeres en una desventaja desproporcionada, pues tiene
como resultado un limitado acceso a los recursos necesarios para hacer frente a las
responsabilidades del hogar, así como un mayor grado de violencia física y emocional (El
Jack, 2002). El desplazamiento también implica exclusión social y pobreza – condiciones que
por sí mismas pueden prolongar el conflicto.
El desplazamiento forzoso frecuentemente es utilizado como una estrategia de guerra
orientada a las relaciones de género a través de la desintegración familiar y la
desestabilización social. El desplazamiento a menudo conduce a transformaciones en los
roles de género y en las responsabilidades tanto para mujeres como para hombres. Los
cambios demográficos debidos al conflicto han llevado a más mujeres a asumir la jefatura de
los hogares. Esto ha contribuido a cambios en la división del trabajo que han creado nuevas
oportunidades para ellas, pero en algunos aspectos marginaron aún más su lugar en la
sociedad.
El desplazamiento no afecta a todas las mujeres de la misma manera. En Sudán, por
ejemplo, grupos étnicos tales como los Dinka, Nuer y Nuba, además de otros grupos en el
sur y en las Montañas Nuba, son marginados debido a su condición de minorías. Las
mujeres de estos grupos conforman un creciente número de fatalidades y bajas de guerra.
Además de ello, las responsabilidades adicionales que las mujeres tienen en el trabajo
productivo, reproductivo y comunitario son a menudo transferidas a niñas y niños más
jóvenes dentro de la familia. En particular, las jóvenes deben asumir una mayor cantidad de
responsabilidades, tales como el cuidado de niñas y niños, de personas mayores y enfermas,
a lo que se suma encargarse de las pesadas tareas domésticas. Este cambio de
responsabilidad tiene impactos en el bienestar y el futuro de las mujeres en los hogares
(íbid).
A pesar de las experiencias de vulnerabilidad y trauma durante el proceso del
desplazamiento, algunas mujeres se benefician de éste. Es posible que se les dé prioridad
en los programas de capacitación y desarrollo en salud y educación, así como en actividades
generadoras de ingresos. Las habilidades que ellas adquieren les permiten asumir nuevos
roles en sus hogares, convertirse en las proveedoras de la familia cuando los hombres han
sido asesinados o tienen problemas para encontrar un empleo luego de haber sido
removidos de sus viviendas y comunidades. Este cambio en las responsabilidades

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representa alejarse de los roles ‘masculinos’ y ‘femeninos’ estereotípicos Los hombres, sin
embargo, pueden reaccionar a estos cambios con depresión, alcoholismo y un aumento de la
violencia contra las mujeres en público y en privado (De Alwis y Hyndman, 2002).
Una mayor autonomía no necesariamente se traduce en equidad de género
Estudios de caso realizados por la Agencia para la Cooperación y la Investigación en el
Desarrollo (ACORD) en Angola, Sudán, Somalia y Uganda muestran que si bien los
conflictos han ampliado los roles económicos de las mujeres y les han brindado más
autonomía, ello raras veces ha conducido a una mayor influencia política o a más equidad de
género. Las relaciones cotidianas dentro del hogar fueron prácticamente el único ámbito en
que se observaron cambios, pero sería demasiado pronto decir si esto perdurará a largo
plazo (El-Bushra, El-Karib y Hadjipateras, 2002: 5).
Los logros relativamente pequeños que las mujeres obtienen durante el desplazamiento no
necesariamente se traducen en relaciones de género más equitativas. El avance de ‘los
intereses de las mujeres a un nivel superficial centrado en las mujeres, que no desafía los
paradigmas generales de las diferencias de género, deja a las mujeres con nuevos roles que
desempeñar pero sin fuerza institucional para llevarlos a cabo de manera efectiva’ (El-
Bushra, 2000b: 6). Además, existe la preocupación de que las leyes y resoluciones
internacionales existentes utilicen el término ‘género’ pero, de hecho, se enfoquen de manera
específica y exclusiva en las mujeres. Aunque esto es importante, en realidad tales
instrumentos no proveen las herramientas para comprender los impactos de género,
minimizando así el potencial para fomentar relaciones de género más equitativas.
Violencia basada en género (VBG)
La violencia física y sexual, en particular aquélla perpetrada contra las mujeres, continúa
siendo un aspecto bien documentado del conflicto armado. Este informe entiende que la VBG
es violencia, sexual o de otro tipo, que se apoya en las normas y exclusiones de género para
desmoralizar física y psicológicamente a las personas. Aunque los blancos de la VBG son
más a menudo las mujeres, tanto ellas como los hombres pueden ser víctimas y objeto de
violación; de una mayor tasa de infección por VIH y otras infecciones de transmisión sexual
(ITS); de daños a su salud física y psicológica; de vidas desbaratadas, así como de la
pérdida de confianza personal y autoestima.
Violencia contra las mujeres
El conflicto empeora los patrones existentes de violencia sexual contra las mujeres en dos
principales maneras. En primer lugar, los actos de violencia ‘cotidiana’, particularmente la
doméstica, aumentan conforme las comunidades se desintegran durante los conflictos y
después de éstos (ONU, 2003). En segundo lugar, la violencia ‘cotidiana’ se incrementa en el
contexto de situaciones de conflicto masculino y militarizado. El establecimiento de campos
de violación y la prestación de servicios sexuales a las fuerzas armadas de ocupación a
cambio de recursos, tales como alimentos y protección, son dos ejemplos de la VBG durante
el conflicto y después de éste. El conflicto alimenta distintos tipos de relaciones y
desequilibrios de poder. En el contexto del conflicto, por ejemplo, la violencia contra las
mujeres es más que el ejercicio de poder sobre las mujeres. Al violar a las mujeres, que
representan la pureza y la cultura de la nación, los ejércitos invasores también están violando
simbólicamente a la nación misma.
Algunos tipos de VBG son experimentados enteramente por mujeres y niñas durante el
conflicto y después de éste, tales como la prostitución y el trabajo sexual forzados, aumento
del tráfico con fines de esclavitud sexual o de otros tipos y embarazo forzoso Asimismo, el
impacto de la VBG tiene distintas consecuencias para las mujeres y las niñas, que incluyen
mutilación genital, esterilidad, problemas crónicos de salud reproductiva o ginecológica,
además de ser marginadas de la familia y la comunidad debido al estigma asociado al abuso
sexual (ONU, 2002).
En zonas de conflicto, la violencia sexual se ha convertido en un arma de ‘limpieza social’,
como se observó en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo, donde la violación fue utilizada por la
policía serbia y las fuerzas paramilitares para castigar a las mujeres que pertenecían al
Ejército de Liberación de Kosovo (Human Rights Watch, 2000). Dado que la violación había

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sido utilizada en Bosnia, ésta se convirtió en un factor causal en el desplazamiento
relacionado con el conflicto en Kosovo.
La violación como arma de guerra
‘Las mujeres relataron a Human Rights Watch su temor de que ellas y sus hijas serían
violadas. Los rumores de violación circularon profusamente mientras las familias intentaban
huir de sus hogares. Las mujeres mayores a menudo vestían a sus hijas con ropas flojas y
les cubrían la cabeza con pañuelos en un intento por disfrazar a las jóvenes como abuelas.
Otras madres untaban suciedad y fango en las caras de sus hijas para que no lucieran
atractivas. Tal como una madre dijo a Human Rights Watch, ‘mi mayor miedo era por mi[s]
hija[s]. Bajé 18 kilos durante la guerra porque temía que mis hijas pudieran ser violadas’. En
palabras de otra mujer, ‘Las niñas le tenían miedo a la policía y se ponían chalinas. Los
policías les quitaban las chalinas, pellizcaban sus mejillas y les decían que no actuaran como
viejas. Las niñas estaban gritando’. De acuerdo a un médico en Prístina, ‘La violación era
nuestro mayor temor. Nuestro principal objetivo era sacar a nuestras hijas – de 25, 21, 14 y
10 años de edad – fuera del país’ (Vandenberg, 2000).
Gracias a los esfuerzos de cabildeo de las organizaciones de mujeres, el Estatuto de Roma
de la Corte Penal Internacional (CPI) ahora reconoce y persigue la violencia sexual y de
género como crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad. Según el Estatuto, estas
ofensas criminales incluyen ‘violación, esclavitud sexual (incluido el tráfico de mujeres),
prostitución forzada, embarazo forzado, esterilización forzosa, otras formas de violencia
sexual grave y persecución por motivos de género’ (Human Rights Watch, 2002).
Tras los actos de violencia sexual, las mujeres frecuentemente son rechazadas por su familia
o la comunidad. A pesar de la conmiseración por el trauma que las víctimas han sufrido, la
sociedad las señala como ‘mercancía defectuosa’ (Bennett et al, 1995: 9). Las mujeres
también tienen necesidades particulares de cuidados de salud derivadas de estas
violaciones. Por ejemplo, requieren apoyo nutricional y de salud adicional si están
embarazadas o amamantando. La escasez de alimentos y las desigualdades en la
distribución de éstos son exacerbadas durante los periodos de conflicto armado, haciendo a
las mujeres y las niñas más susceptibles a la desnutrición (ONU, 2002). El incremento en la
tasa de infección por VIH en zonas de conflicto también es una tendencia preocupante – las
mujeres enfrentan un mayor riesgo y, por lo tanto, necesitan un especial apoyo psicológico,
de salud y social.
VIH/SIDA: Una creciente epidemia en medio del conflicto armado
La infección por VIH está aumentando en áreas de conflicto o post-conflicto. Numerosos
conflictos están ocurriendo en lugares donde la tasa de infección por VIH ya es muy elevada
(Smith, 2002: 1). Las revueltas y el desplazamiento ocasionados por el conflicto pueden
conducir a cambios en la conducta sexual, a un incremento en la tasa de abusos sexuales
(por ejemplo, por parte de las fuerzas armadas) y a un menor acceso a los centros de
pruebas de sangre (íbid). Estudios realizados en Ruanda y Sierra Leona hallaron que a
menudo se exigía favores sexuales a cambio de alimentos, lo cual condujo a un aumento en
el número de parejas sexuales de las mujeres (Benjamin, 2001).
La infección por VIH es a menudo considerada primordialmente como un asunto médico que
no constituye una prioridad en el conflicto. Sus penetrantes vínculos con inestables
circunstancias sociales, económicas y políticas son ignorados (Smith, 2002: 2). Dado el
grado del estigma que persiste contra las personas infectadas por el VIH, no es probable que
mujeres ni hombres hablen abiertamente sobre sus preocupaciones. Como consecuencia de
ello, existe una necesidad aún mayor de llegar a las personas afectadas. Éste es, en
particular, el caso de las mujeres, quienes típicamente no pueden acceder a los servicios
médicos.
Hombres como blancos directos e indirectos
Aunque en los conflictos armados los hombres son más frecuentemente los perpetradores de
violación sexual y violencia, mientras que las mujeres son las víctimas, los hombres mismos
también pueden ser objeto de abusos físicos y sexuales. El abuso sexual, la tortura y la
mutilación pueden dirigirse a hombres, ya sea como detenidos o prisioneros de guerra (ONU,

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2002). En el norte de Uganda, una investigación conducida a principios de los años noventa
reveló una mayor prevalencia de infecciones de transmisión sexual (ITS) entre hombres,
‘supuestamente debido a la indiscriminada violación de hombres’ por parte del Ejército
Nacional de la Resistencia (NRA) (Dolan, 2002: 74).
La experiencia de ACORD en impartir talleres sobre violencia sexual confirma la dificultad de
cuantificar el alcance de la violación contra hombres, debido a que las víctimas se rehúsan a
hablar de ello (Dolan, 2002). Dolan afirma que ‘el nivel de estigma vinculado [a la violación
contra hombres] es aún mayor que el asociado a la violación de mujeres’, y que ‘socavar el
sentido de masculinidad de los hombres se convierte en una manera clave para que ellos
ejerzan poder sobre otros hombres’ (2002: 75). En este respecto, la violación o el abuso
sexual violento como demostración de ‘masculinidad’ o de poder es un arma potencial que
puede victimizar tanto a mujeres como a hombres en las zonas de conflicto.
Los hombres también son blancos indirectos de la violencia contra las mujeres. La violación
de mujeres ha sido durante mucho tiempo considerada un acto público de agresión, en el
que violarlas y ‘deshonrarlas’ es una forma de ‘violar y desmoralizar a los hombres’ (Bennett
et al, 1995: 8). Las mujeres son percibidas como las preservadoras del honor familiar, y a
menudo simbolizan la pureza racial y la cultura de una nación. El ‘abuso y la tortura de las
mujeres de la familia de un hombre enfrente de él se utilizan para transmitirle el mensaje de
que falló en su papel de protector’ (ONU, 2002: 16). Esto representa un ataque contra el país
entero, a la vez que viola los derechos humanos de las mujeres.
Aunque los hombres son más probablemente los agresores, no podemos ‘hacer
suposiciones acerca de la conducta de los hombres como un grupo ... algunos hombres no
se benefician, y podrían sufrir indirectamente, de los actos de violencia sexual perpetrados
contra las mujeres de la familia’ (Jacobson et al, 2000: 2-3). Con esto, sin embargo, no se
pretende minimizar el mayor sufrimiento que las mujeres experimentan directamente como
consecuencia del abuso sexual; se desea ilustrar que la VBG perturba y desestabiliza las
relaciones de género en formas a menudo irrevocablemente dañinas que afectan a todas las
personas de manera negativa.
Un arma de guerra envuelta en silencio
‘[Las mujeres que fueron] violadas durante la guerra se lo cuentan a sus amigas cercanas.
Raras veces se escucha a las mujeres hablar en público sobre todas esas cosas que les
ocurrieron. Prefieren sufrir en silencio hasta que puedan superarlo. Tratan de vivir con esos
hechos o con la idea de que esto no les sucedió sólo a ellas. Si otros cientos de jóvenes
pueden vivir con ello, también tú puedes, y gradualmente se desvanece ... pero la mayoría de
las violaciones ocurrieron en público. A un rebelde en particular podría gustarle tu hija, y lo
hará abiertamente frente a ti – la madre, el padre, las otras hermanas y hermanos. Fue así
como muchas jóvenes se enteraron de que sus amigas habían sido violadas’. (Extracto del
relato de Agnes, de Liberia, en Bennett et al, 1995: 39)
VBG y relaciones de género
¿Cómo impacta la VBG las relaciones de género? Un impacto es visible en la esfera privada
o doméstica, donde es probable que las mujeres sufran más violencia, no sólo a manos de
las fuerzas de ocupación o las estatales sino también por parte de los hombres en el hogar
en el periodo post-conflicto. En las zonas de guerra, las mujeres a menudo experimentan
abusos físicos y sexuales de sus esposos, quienes han sido denigrados por el conflicto
armado y paralizados por la culpa y la ira de no haber podido asumir su responsabilidad
percibida de proteger a sus mujeres (El Jack, 2002). Es importante recordar, sin embargo,
que una mayor VBG durante el conflicto y después de éste frecuentemente refleja patrones
de violencia que ya existían en el periodo pre-conflicto.
Las nociones sobre el ámbito ‘público’ versus ‘privado’ presentan obstáculos para lidiar con
las víctimas de violencia física y sexual. Se considera que la violencia es un asunto privado,
tanto dentro del conflicto armado como después de éste. La división entre público y privado
‘invisibiliza’ muchos de estos problemas – ‘ya sea literalmente, puesto que ocurre tras
puertas cerradas, o efectivamente, dado que los sistemas legales y las normas culturales con
demasiada frecuencia no lo tratan como un crimen sino como un asunto familiar o una parte
normal de la vida’ (OMS, 2003). Esto se complica aún más durante el conflicto armado
porque la violencia física y sexual, en particular aquélla perpetrada contra las mujeres, suele

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ocurrir en público o a plena vista de la familia y/o de la comunidad. Sin embargo, la
recuperación del trauma, tanto para mujeres como para hombres, es frecuentemente
obstaculizada por la incapacidad de discutirlo, toda vez que se le considera un asunto
privado.
El trabajo y la esclavitud sexuales durante los periodos de conflicto también tienen
consecuencias para las relaciones de género. A fin de sobrevivir, las mujeres en zonas de
conflicto son a veces empujadas a brindar servicios sexuales a los soldados. No obstante, tal
como lo demuestra el siguiente recuadro, los hombres no están dispuestos a aceptar los
cambios en los roles de las mujeres, lo que conduce a resentimientos y rupturas familiares a
largo plazo.
No es un pequeño sacrificio: Trabajo sexual y conflicto armado
‘Los hombres sienten que las mujeres somos responsables de lo que sucedió, que lo hicimos
voluntariamente. Nos consideran prostitutas. Durante ese periodo, ellos eran impotentes.
Eran como bebés. Ya no eran capaces de cuidar a sus familias. Una esposa debía
sacrificarse ella misma, sacrificar el contrato nupcial, todo, para salvar a la familia; sin
embargo, los hombres son desagradecidos ... Nosotras nos sacrificamos a nosotras mismas,
sacrificamos nuestra imagen en la sociedad, nuestra integridad, todo, para salvar sus vidas, y
a las niñas y los niños. Entonces, mi reacción hacia los hombres en Liberia es la misma. Al
igual que ellos me tratan como basura, como una prostituta, yo pienso que ellos son
animales ... Han olvidado todo el sufrimiento que pasamos por ellos’. (Extracto del relato de
Agnes, de Liberia, en Bennett et al, 1995: 39)
El proceso del conflicto armado puede, por sí mismo, conducir a tipos particulares de VBG
debido a los cambios en las relaciones de género, sobre todo cuando las mujeres participan
activamente como combatientes o disidentes en un conflicto. Aquéllas que no se apegan a
los roles estereotípicos son vistas como merecedoras de tortura o abusos violentos.
Torturada por ‘traicionar su feminidad’
Nora Miselem es activista por los derechos de las mujeres y una de apenas cuatro
sobrevivientes de las casi 200 personas en Honduras que fueron secuestradas, encarceladas
y torturadas como parte del terror impuesto por el Estado en los años setenta y ochenta.
Respaldadas por sucesivos gobiernos estadounidenses, las dictaduras en Guatemala,
Nicaragua y El Salvador impidieron que los movimientos socialistas populares se arraigaran,
lo que provocó la migración de numerosas personas refugiadas que temían persecución.
Muchas terminaron en campos para refugiados en la frontera entre Honduras y El Salvador.
Nora relata su experiencia de la siguiente manera:
‘Dijeron que me iban a esterizar, porque yo no merecía tener hijos – esa idea que tienen de
la mujer como un ser sublime cuyo rol sagrado es tener hijos. Según ellos, yo estaba
rompiendo con la tradición de lo que se supone que una mujer debe ser. Y me iban a
castigar, desde su punto de vista, para que no pudiera tener hijos Una mujer como yo no
merecía ser madre ... Yo había tenido un niño, mi primero, pero él había muerto a la edad de
dos años ... de modo que la tortura psicológica estaba bien dirigida, ... dijeron: Sabés por qué
murió tu hijo, ¿no? Porque te involucraste en todo esto. Infiriendo que yo no había sido una
madre suficientemente buena.
‘Fue ahí, en esa cámara de tortura, donde aprendí sobre el tratamiento especial que les
reservan a las mujeres. Toda esa cuestión de la doble moral. Porque, por un lado, dijeron
que yo no merecía tener hijos, que era una perra y que iban a esterilizarme Pero al mismo
tiempo, individualmente, cuando uno de ellos me tenía a solas, trataba de violarme. Entraba,
me ponía la capucha y una bolsa plástica – como un neumático que te sofoca – y esos
choques eléctricos en mi vagina ...
‘Nos decían que habíamos traicionado nuestra feminidad, como ellos la concebían. ¿Cómo
podía una mujer involucrarse en esta clase de cosas -preguntaban- junto a los hombres. [Nos
decían que] la guerra es un asunto de hombres, o que luchar contra la guerra es algo en lo
cual sólo los hombres pueden involucrarse ...
‘No pueden soportar a una mujer que piense por sí misma, que quiera cambiar el rumbo de la
historia, que quiera cambiar el futuro de su país. Ése fue el tono cuando todos ellos me
estaban torturando juntos. Pero cuando cada uno llegaba solo, me decía que quería que yo

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tuviera un hijo suyo. Quiero tener un hijo contigo, me decía, burlándose de mí con eso. Yo
tenía que luchar para que no pudieran penetrarme. Y moralmente hablando, nunca pudieron
hacerlo. Ellos me superaban físicamente, pero no moral ni emocional o ideológicamente. El
único recurso que yo tenía era atacar su moral, porque ellos querían violar a una mujer que
tuviera miedo. Pero mis palabras no eran las palabras de una mujer temerosa’. (Extracto del
relato de Nora Miselem en Randall 2003: 28-29)
Protección de los derechos humanos y promoción de la equidad de género
En zonas de conflicto, las violaciones a los derechos humanos, y especialmente a los de las
mujeres, continúan ocurriendo a pesar de la existencia de leyes y convenciones
internacionales diseñadas para prevenir tales abusos. Necesitamos, entonces, comprender:
1. ¿Cuáles marcos apuntalan leyes, derechos y convenciones internacionales
relacionados con los conflictos armados? ¿Cuánta perspectiva de género contienen
éstos?
2. ¿Qué protegen, en realidad, las leyes, convenciones y derechos internacionales?
3. ¿Por qué son débiles en la práctica estas leyes y compromisos internacionales?
La primera sección de este capítulo examina los enfoques a los derechos humanos y a la
seguridad humana, que constituyen la base de numerosas leyes y compromisos
internacionales.
Derechos humanos versus seguridad humana
Derechos humanos
Históricamente, las definiciones regulares de derechos humanos, aunque en apariencia
neutrales al género, se han basado predominantemente en las experiencias de los hombres.
El Artículo 2 de la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 de la ONU
reconoce los derechos humanos como un ideal universal de respeto por la humanidad al que
todos los seres humanos tienen derecho, pero no hace una mención específica de las
mujeres. De hecho, pocos gobiernos y ONG se han comprometido, en las políticas
nacionales o extranjeras, con la igualdad de las mujeres como un derecho humano básico
(Peters y Wolper, 1995). En zonas de conflicto, la negación de los derechos humanos de las
mujeres ha reforzado la opresión y discriminación. Cuando se combina con otras formas de
desequilibrio de poder, esta negación tiene consecuencias más devastadoras.
Un énfasis en los derechos humanos es importante pero insuficiente para hacer frente a
asuntos relacionados con la equidad de género. Las violaciones que ocurren durante todas
las etapas de un conflicto armado con frecuencia son consideradas como meras
consecuencias de la guerra, no necesariamente como violaciones a los derechos humanos, y
a menudo pasan inadvertidas:
Aunque los conflictos armados violan el derecho básico a la vida y a la seguridad, las
mujeres experimentan vulnerabilidades y violencias específicas que incluyen
embarazo forzoso, mutilación genital y esclavitud sexual a manos de soldados
(Anderlini, 2001). De manera similar, los hombres pueden sufrir abusos físicos o
sexuales, así como experimentar trauma después de presenciar este tipo de abusos
cometidos contra integrantes de sus familias. Estos tipos de violaciones son vistos
como asuntos ‘privados’ o resultados inevitables del conflicto, y no como violaciones
a los derechos humanos.
Los derechos humanos también son violados durante el conflicto a través del
encarcelamiento, la tortura, desapariciones y reclutamiento forzoso pero, de nuevo,
se considera que estos actos son resultados inevitables de la guerra en lugar de
violaciones. Las mujeres y los hombres experimentan violaciones a sus derechos
humanos en distintas formas. Los hombres en edad para combatir constituyen la
mayoría de las personas asesinadas durante las batallas, sufren encarcelamiento y
son reclutados forzosamente. En tanto, las mujeres, las niñas y los niños en zonas
de conflicto conforman la mayoría de las bajas civiles y de las personas desplazadas
y empobrecidas (Byrne, 1996).
La representatividad y la participación políticas son derechos humanos básicos. Sin
embargo, ya sea durante un conflicto o en ausencia de éste, las instituciones

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políticas a menudo excluyen a las mujeres. Ellas están subrepresentadas en las
organizaciones nacionales e internacionales tanto en periodos de conflicto como de
post-conflicto (PNUD, 2002). Esta violación a los derechos humanos no es definida
como tal, sino considerada como un reflejo de estructuras de poder ‘normales’ y
patriarcales en funcionamiento. Por lo tanto, raras veces es cuestionada, en
particular durante el conflicto armado.
En suma, los enfoques en los derechos humanos continuarán pasando por alto graves
violaciones a menos que reconozcan los efectos de género del conflicto armado como
violaciones a los derechos básicos y no como consecuencias privadas, normales o
inevitables del conflicto.
Derechos de las mujeres en Afganistán
En el Afganistán post-conflicto y post-talibán, el esfuerzo por redefinir los derechos de las
mujeres como derechos humanos y no como asuntos ‘privados’ o ‘culturales’ es una lucha
constante. El nuevo gobierno de Karzai afirma haber derogado las leyes talibanas y sostiene
que refrenda las leyes internacionales de derechos humanos. No obstante, la oportunidad
para cambios significativos después del conflicto aparentemente se ha reducido. Tal como
ocurrió bajo el régimen talibán, muchas mujeres continúan siendo encarceladas por
movilizarse sin la compañía de un hombre o por casarse sin la autorización masculina.
Si bien una campaña de afiches respaldada por el gobierno alienta a madres y padres a
inscribir a las niñas en las escuelas, las maestras reciben amenazas de muerte y las
escuelas están siendo bombardeadas. Pese a la escasez de médicas y médicos, Najiba
Asseed, quien regresó a la Escuela de Medicina de la Universidad de Kabul, tuvo que
enfrentarse a la severa oposición de su esposo y a amenazas de muerte por parte de su
hermano. Ella presentó una solicitud de divorcio al nuevo Ministerio de las Mujeres, pero se
le alentó a ‘retirarse de la escuela de medicina, regresar con su esposo y tener hijos’
(Garapedian, 2002).
Seguridad humana
La seguridad humana se refiere a la seguridad de las personas (particularmente las personas
en desventaja) contra ‘amenazas crónicas tales como hambre, enfermedades y represión ...
[además de] perturbaciones repentinas y dañinas en los patrones de la vida cotidiana – ya
sea en los hogares, en los empleos o en las comunidades’ (PNUD 1994: 23).
El enfoque en la seguridad humana se basa en la suposición de que todas las personas
‘tienen derechos humanos básicos y deberían disfrutarlos indiferentemente de quiénes sean
o dónde se encuentren’ (íbid). En el contexto del género, el término implica que todas las
mujeres y los hombres tienen derecho a la seguridad, incluidas la seguridad económica, la
seguridad alimentaria y la seguridad sanitaria y ambiental (íbid). Las perspectivas feministas
sobre la seguridad humana plantean un vínculo adicional entre el desarrollo sostenible, la
justicia social y la protección a los derechos humanos y las capacidades de las personas
como aspectos centrales de cualquier discusión sobre la seguridad humana (AWID, 2002).
Un enfoque en la seguridad humana para estudiar género y conflicto es significativo porque
establece un vínculo entre equidad de género y seguridad humana. A diferencia del enfoque
en los derechos, el enfoque en la seguridad humana implica que cualquier cosa que
amenace la seguridad es una violación a los derechos humanos, incluidas las violaciones
específicas de género que por mucho tiempo han sido consideradas resultados normales,
privados o inevitables de la guerra. Sin embargo, aun con el marco de seguridad, en la
práctica continuará existiendo resistencia a reconocer estas violaciones.
Un enfoque en la seguridad humana también es problemático, toda vez que los Estados y las
organizaciones multilaterales pueden apropiarse de él para sus propias agendas (Enloe,
1993). Los ataques al Centro Mundial del Comercio en los Estados Unidos el 11 de
septiembre del 2001, por ejemplo, se han convertido en pretexto para una descripción racista
de musulmanes y personas de Oriente Medio en nombre de la ‘seguridad nacional’. Los
actuales desarrollos dentro de la política exterior de los Estados Unidos sugieren fuertemente
que la seguridad humana continuará siendo utilizada para justificar guerras tales como la que
se emprendió contra Afganistán en el 2001 y contra Irak en el 2003.