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Summary document
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EQUIDAD DE GÉNERO Y CONSOLIDACIÓN DE LA PAZ
De la Retórica a la Realidad: Buscando Caminos
Documento de Trabajo
Richard Strickland y Nata Duvvury
Centro Internacional de Investigaciones sobre la Mujer (ICRW)
Washington, DC
Preparado para el Taller sobre Equidad entre Géneros y Consolidación de la Paz
Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (CIID)
Ottawa, Canadá

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Agradecimientos
Los autores reconocen con mucho agradecimiento el generoso aporte financiero y la
valiosa contribución de la Iniciativa de Programa de Consolidación de la Paz y
Reconstrucción del Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (CIID),
sin la cual esta publicación no hubiese sido posible. Un especial agradecimiento a Pamela
Scholey, Stephen Baranyi y a Eileen Alma del CIID por su constante interés, valiosas
ideas y soporte. Gracias también a Colleen Duggan quien facilitó la traducción del
estudio al castellano. Mary Balikungeri (Rwanda), Vesna Kesic (Croacia) y Enrique
Gomariz (Costa Rica), consejeros de campo durante el curso del proyecto, quienes
proporcionaron un importante feedback y constructivas sugerencias. El contenido final
del documento y su relevancia en desarrollos recientes en áreas bajo conflictos, resultaron
de gran beneficio durante el Taller Internacional de dos días celebrado en Ottawa, en
Noviembre del 2002, ya que estimularon discusiones y generaron percepciones criticas.
A este Taller, organizado por el CIID, asistieron académicos, practicantes, activistas,
formuladores de políticas de 13 países, quienes fueron seleccionados por su experiencia
en materia de análisis de genero, desarrollo humano, seguridad y consolidación de la paz.
También se recibieron feedback adicionales de parte de colegas de Washington, DC
incluyendo Kathleen Barnett, Patricia Fagen, Caloline Moser, Hakon Nordang y Sally
Yudelman. Los autores agradecen a Amanda R. por su incansable asistencia en
investigación y a Miriam Escobar por su suporte administrativo. Este documento refleja
las contribuciones de todas estas personas y más, pero es responsabilidad solemne de los
autores por cualquier error u omisión.
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Índice
Resumen
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I.
Introducción
7
II.
Realidades Convergentes: Género, Conflictos Armados, y
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Consolidación de la Paz
III.
Cambios en el Contexto Internacional a partir de 1998
23
1998-2000: Antesala de la Resolución 1325
25
2000-2002: La Resolución 1325 del Consejo de Seguridad
y más allá
36
IV.
Género, Derechos Humanos, y Consolidación de la Paz
46
V.
Cuestiones Clave para Enfoques Renovadores
52
VI.
Conclusiones
62
Bibliografía
65
Anexo
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Resumen
El presente trabajo es el resultado del análisis de materiales recientes sobre el tema del
género en el contexto de los conflictos y los procesos de reconstrucción posterior a los
mismos. Se ha preparado como material de base para un taller internacional sobre la
equidad de género y la consolidación de la paz convocado por el Centro Internacional de
Investigaciones sobre la Mujer (ICRW, por sus siglas en inglés) y el Centro Internacional
de Investigaciones para el Desarrollo (CIID). Este trabajo ofrece un grupo de resultados
importantes obtenidos a raíz del estudio realizado, así como señala algunas áreas que
requieren mayor atención en cuanto a la integración de las consideraciones de género en
las políticas y programas que se aplican una vez concluidos los conflictos armados. Tal
como muestran algunos documentos recientes de Naciones Unidas sobre el tema, se
aprecia que ha habido un avance en las ideas, políticas y programas internacionales
referidos a la consolidación de la paz y la reconstrucción después de los conflictos desde
una perspectiva de género. Los resultados que se ofrecen más adelante muestran que ha
habido un cambio positivo, aunque lento, tanto en la opinión internacional como en la
comprensión sobre las repercusiones que tienen los conflictos para las mujeres así como
la importancia de la participación de las mismas en los procesos de consolidación de la
paz y de transformación social después de concluidos los conflictos. Sin embargo, la
discriminación de género aún persiste y se manifiesta a través de la exclusión política,
marginalización económica y violencia sexual durante y después de los conflictos, lo cual
viola los derechos humanos de la mujer y limita las potencialidades de desarrollo.
Para realizar el estudio de los procesos de consolidación de la paz y de reconstrucción
pos conflictos desde una perspectiva de género, es necesario esclarecer el significado de
algunos términos: el Género, es un ordenamiento social y cultural que diferencia a
hombres y mujeres, basado en un conjunto de normas y expectativas compartidas dentro
de una sociedad determinada con respecto a las características, roles y comportamientos
masculinos y femeninos apropiados; el Poder es un concepto fundamental para
comprender mejor el de género. A pesar de las diferencias culturales, existe una
desigualdad constante en cuanto a los roles que en base al poder juegan hombres y
mujeres. Estas diferencias influyen negativamente sobre la capacidad de acceso y control
de las mujeres sobre los recursos, protagonismo y participación en los asuntos sociales y
políticos, y las posibilidades de ejercer plenamente sus derechos humanos fundamentales.
La Paz representa un equilibrio social estable donde las desavenencias se resuelven sin
recurrir a la violencia o a la guerra. En las estrategias de Nairobi orientadas hacia el
futuro para el adelanto de la mujer se define la paz como la ausencia de guerra, violencia
y hostilidades y la existencia de justicia social y económica, igualdad, y demás derechos
humanos y libertades fundamentales dentro la sociedad. La Consolidación de la Paz
contempla los esfuerzos de los actores locales en pos de crear y fortalecer instituciones
políticas democráticas, fomentar un desarrollo sostenible encaminado a la reducción de la
pobreza, y propiciar relaciones sociales no violentas y de colaboración. Los procesos y el
marco normativo en que se sitúan estos objetivos deben incorporar consideraciones de
género para que en la consolidación de la paz se reconozca y dé participación a la mujer
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en calidad de socio pleno y en condiciones de igualdad con respecto a los hombres en la
etapa pos conflicto. La Reconstrucción, estrechamente vinculada con la consolidación
de la paz, comprende acciones para revitalizar las instituciones y estructuras políticas,
económicas, y sociales una vez terminados los conflictos con el objetivo de proteger los
derechos de todos los ciudadanos, desarrollar los recursos humanos necesarios, y
propiciar proceso a largo plazo de integración social.
Las mujeres individualmente y colectivamente contribuyen a la consolidación de la paz
de diversas maneras; sin embargo, a menudo esto se pasa por alto por el carácter atípico
de sus aportes, los cuales con frecuencia ocurren al margen del proceso formal de paz, y
son vistos como parte de sus roles existentes como mujer. Los conflictos y sus secuelas
afectan la vida de hombres y mujeres de formas distintas por lo que es vital abordar las
normas de género que subyacen tras las experiencias de las mujeres e inciden sobres sus
opciones para la acción. A pesar de que la experiencia de los conflictos matizada por la
condición de género pudiera sentar las bases para la actuación creadora de las mujeres en
favor de la paz, una paz sostenible requiere también la transformación de las normas
sociales referentes a la violencia, el género y el poder.
Aunque las mujeres constituyen un sector poblacional que sufre severa y particularmente
los efectos de los conflictos armados, la tendencia de presentar desproporcionadamente a
las mujeres como víctimas perpetúa opiniones erróneas en cuanto a los aportes que ellas
realizan tanto en la guerra como en la paz. Las mujeres no son únicamente víctimas
pasivas, sino que en ocasiones desempeñan roles decisivos. Señalar a las mujeres como
víctimas no solo niega las funciones importantes que han tenido en los conflictos
armados y en etapas posteriores, sino que también socava cualquier papel que pudieran
jugar en el futuro como participantes activas en los procesos de paz. Es por eso que la
integración de las consideraciones de género en las políticas internacionales de
consolidación de la paz tiene una gran importancia.
Las políticas y programas internacionales sobre la consolidación de la paz han
evolucionado en años recientes en cuanto a su atención a las consideraciones de género.
Desde mediados de la década de 1990 se ha adoptado un lenguaje que toma en cuenta las
consideraciones de género, a partir de que se identificara a la mujer y los conflictos
armados como un tema de especial atención durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre
la Mujer celebrada en Beijing, en 1995. Con anterioridad a 2000, y en la medida en que
los conflictos armados afectan cada vez más a las poblaciones civiles, ya había una
conciencia creciente de que las experiencias y las respuestas a los conflictos armados
eran diferentes entre los géneros. La preocupación mundial y el activismo de las mujeres
se han acrecentado a partir de hechos particulares como la violación sexual de las mujeres
durante los conflictos armados. Durante este periodo se ha tomado importantes
decisiones en el terreno judicial mundial como la decisión sin precedente en 1998 de
considerar la violación y otros actos de abuso sexual como crímenes de lesa humanidad
cuando se cometen en situaciones de guerra. Además, importantes entidades
internacionales como la Organización para la Cooperación Económica y el Desarrollo
(OECD), el Banco Mundial, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Fondo
de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), y el Alto Comisionado de la
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ONU para los Refugiados (UNHCR), así como muchas otras agencias donantes
bilaterales (principalmente en Canadá y Australia) han estado diseñando directrices
nuevas en las que se presta atención a las consideraciones de género a la hora de dar
respuesta a los conflictos.
El año 2000 marcó un viraje en las políticas internacionales que bordan las cuestiones de
género en los conflictos y en los procesos de consolidación de la paz, como se puso de
manifiesto con la aprobación de la Resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU
acerca de la mujer, la paz y la seguridad. La Resolución incluyó aspectos contenidos en
la Declaración de Windhoek y en la Revisión cinco años después de la Plataforma para la
Acción de Beijing acerca de la transversalización (mainstreaming) de la perspectiva de
género, y creó un marco político que procura la equidad entre los géneros en los procesos
de consolidación de la paz y de reconstrucción. Otras iniciativas encaminadas a velar por
los avances de la incorporación de una perspectiva de género incluyen dos evaluaciones
muy importantes realizadas en el seno de Naciones Unidas acerca de sus políticas,
programas y resultados (la primera realizada por la Oficina del Secretario General y la
otra por UNIFEM), así como otras iniciativas de evaluación a nivel de país llevadas a
cabo por organizaciones no gubernamentales. Con algunas salvedades, se pueden notar
algunos avances en la revisión de políticas y diseños de programas que responden a las
necesidades específicas de la mujer durante los conflictos y las fases de reconstrucción.
Muchas de estas iniciativas incluyen una perspectiva de género que reconoce y aborda,
aunque en menor grado, los roles de género de los hombres así como de las mujeres.
Dichos avances se han producido en el marco jurídico internacional, los procesos de paz,
las operaciones humanitarias y de mantenimiento de la paz, las misiones de
reconstrucción y rehabilitación, y en los procesos de reinserción social.
A pesar de que el propósito de la transversalización (mainstreaming) de la perspectiva de
género es erradicar la discriminación basada en el género, los datos iniciales indican que
muchas de las estructuras institucionales y operaciones de consolidación de la paz y
reconstrucción continúan sin abordar aún los roles de género y las relaciones de poder
que yacen debajo de los problemas de discriminación institucionalizada. Esta falta de
progreso pone en duda la efectividad del enfoque general que se emplea actualmente para
la transversalización de la perspectiva de género. Aunque aquellos que participan en las
tareas de consolidación de la paz reconocen cada vez más la importancia de adoptar una
perspectiva de género, existe aún incertidumbre acerca de los métodos a emplear para su
incorporación plena en el diseño de los programas y eliminar las prácticas y patrones
discriminatorios que impiden a la mujer participar y sacar provecho de los procesos de
consolidación de la paz y de reconstrucción.
A pesar de la puesta en práctica de enfoques que incorporan una perspectiva de género,
una de las formas en que se perpetúa la discriminación es la subordinación constante de
los derechos humanos de la mujer producto de un peculiar desbalance de poder en las
relaciones entre géneros. Los derechos humanos fueron un pilar importante en la
elaboración de la sección “la mujer y los conflictos armados” contenida en la Plataforma
de Acción de Beijing, y resaltados en el contenido de la Resolución 1325. Tal como lo
demuestran los actos de abusos sexuales en el contexto de los conflictos, género y
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derechos humanos están estrechamente ligados, por lo que es necesario crear un esquema
de consolidación de la paz y reconstrucción que elimine la discriminación basada en el
género y que se diseñen programas conforme a dicho esquema. Las investigaciones y
acciones acerca de los actos de violencia contra la mujer fuera del contexto de los
conflictos armados ofrecen algunas enseñanzas con respecto a la definición de normas de
género e identidad y la violación de los derechos humanos. Dichas enseñanzas podrían
contribuir a poner al descubierto la relación entre masculinidad y violencia y la
importancia que tienen los principios de género en la promoción de los derechos
humanos. Podrían también servir para buscar vías más efectivas de promover los
derechos humanos de las mujeres, ya sea mediante un enfoque de género restringido a los
derechos de la mujer o un enfoque más abarcador atendiendo a los derechos de todas las
personas.
Los esfuerzos por aplicar enfoques que incorporen una perspectiva de género en los
procesos de consolidación de la paz han tenido resultados insuficientes ya que no encaran
los elementos de fondo que sustentan a las relaciones de género y la dinámica de poder.
Aunque podría decirse que hoy día los procesos de consolidación de la paz brindan
mayor atención a las consideraciones de género, todavía no prestan suficiente atención a
la creación de normas de género ni a los procesos mediante los cuales dichas normas
podrían modificarse para alcanzar relaciones de género más equitativas. Dada la carencia
de conocimientos que aún existe, se deben realizar mayores análisis para poder
comprender la compleja interrelación que existe entre la identidad de género, el poder, y
la violencia; para crear métodos de control y evaluación que analicen y orienten la
perspectiva de género en las iniciativas de consolidación de la paz; para documentar las
normas y procedimientos institucionales que influyen en la reinserción económica de las
mujeres; y determinar las estrategias más factibles para promover los derechos humanos
de la mujer en las tareas de reconstrucción y prevención de conflictos.
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EQUIDAD ENTRE LOS GÉNEROS Y
CONSOLIDACIÓN DE LA PAZ
De la Retórica a la Realidad: Buscando Caminos
I. Introducción
El campo de estudio que engloba los temas de consolidación de la paz y las
transformaciones posteriores en favor del desarrollo humano de las sociedades es un
campo extenso y en continuo crecimiento. El estudio de los temas de género, los
conflictos y la consolidación de la paz, que solía ser una pequeña parte especializada
dentro de un campo de estudio más amplio, está creciendo tan vertiginosamente que
impone a los investigadores, especialistas de programas y encargados de formular
políticas el gran reto de abordar un gran volumen de información que requiere atención
inmediata. En guerras recientes hemos visto cada vez con mayor frecuencia cómo las
hostilidades afectan, e incluso hacen blanco de, las poblaciones civiles y las imágenes de
sus consecuencias nos llegan con mayor rapidez y veracidad que nunca antes. Estas
imágenes demuestran al mundo la violencia y la convulsión social que tan radicalmente
afectan tanto a mujeres como a hombres. Tales imágenes, y las historias que les
acompañan, también muestran claramente cómo las experiencias personales de la guerra
están determinadas por el género y cómo las estrategias para consolidar la paz deben
partir de esa premisa.
El presente trabajo es el resultado del análisis de estudios recientes sobre el tema de
género en el contexto de los conflictos y los procesos de reconstrucción posterior a los
mismos. Además, se ofrece un resumen de los importantes resultados obtenidos e indica
algunos aspectos que deben seguirse analizando para integrar las consideraciones de
The authors wish to acknowledge the financial support and substantive contributions of the International
Development Research Centre toward the preparation of this report. They also gratefully acknowledge Ms.
Amanda Ritchie for her research assistance and Ms. Miriam Escobar for her administrative support.
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género de manera más efectiva en el contexto de las políticas y programas que
caracterizan a las sociedades pos conflictos. Este análisis parte de otros trabajos
realizados sobre el tema de la mujer y los procesos de reconstrucción pos conflictos (por
ejemplo Sørensen 1998) e intenta valorar los avances realizados en el pensamiento
internacional, la declaración de políticas y los programas de desarrollo con respecto a la
consolidación de la paz y los procesos de reconstrucción vistos desde una perspectiva de
género. Asimismo, se aprovecha la publicación de dos trabajos amplios realizados por
Naciones Unidas dedicados a estos temas (Naciones Unidas 2002, UNIFEM 2002) y se
profundiza en dichos trabajos para promover un mayor debate sobre los aspectos
fundamentales del vínculo entre género y los procesos de consolidación de la paz.
Los resultados obtenidos arrojan que ha habido un cambio positivo, aunque lento, tanto
en la opinión internacional como en la comprensión sobre las consecuencias que tienen
los conflictos para las mujeres así como la importancia de su participación en los
procesos de consolidación de la paz y transformación social una vez concluidos los
conflictos. Existe un número cada vez mayor de declaraciones de políticas y directrices
de programas desarrolladas por organizaciones multilaterales y bilaterales que incorporan
el tema de la mujer y el género en la realización de sus actividades humanitarias y de
desarrollo en zonas afectadas por las guerras. Esto pone de manifiesto el surgimiento de
una voluntad política internacional que no existía anteriormente sobre estas cuestiones.
No obstante, la discriminación de género aún persiste y puede verse a través de la
exclusión política, la marginalización económica y la violencia sexual durante y después
de los conflictos, lo cual viola los derechos humanos de la mujer y limitan las
potencialidades de desarrollo. El próximo reto a enfrentar será fortalecer la voluntad
política para lograr que las declaraciones internacionales no queden solo en la retórica y
que las consideraciones de género se integren plenamente en los procesos de
consolidación de la paz.
El presente trabajo servirá de documento básico para un taller internacional sobre equidad
entre géneros y consolidación de la paz que han convocado conjuntamente el Centro
Internacional de Investigaciones sobre la Mujer (ICRW) y el Centro Internacional de
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Investigaciones para el Desarrollo (CIID). En las secciones siguientes se examinan
algunos conceptos fundamentales, se analizan los cambios que se han producido en la
política internacional, y se recomiendan algunas áreas que aún requieren mayor atención.
En la Sección II se analiza el significado y aplicación de algunos términos necesarios en
el estudio de los procesos de consolidación de la paz y de reconstrucción desde una
perspectiva de género. Además, se aborda las experiencias disímiles por las que
atraviesan hombres y mujeres durante y después de los conflictos armados y sus
implicaciones para el proceso de consolidación de la paz. La Sección III ofrece una
síntesis de la evolución de las políticas y programas internacionales aplicados en los
procesos de consolidación de la paz en lo que respecta a género. Esta tendencia muestra
como el énfasis ha variado de “mujeres” a “género” en el contexto de asistencia para el
desarrollo y de una mayor conciencia del vínculo que existe entre los derechos humanos
y el desarrollo. En esta sección se señala la aceptación amplia que desde mediados de la
década de 1990 ha cobrado un lenguaje que tiene presente las consideraciones de género,
y el giro que se ha producido en las altas esferas internacionales a partir de la Resolución
1235 del Consejo de Seguridad aprobada en octubre de 2000. Asimismo, se exponen
brevemente los casos en que dicho giro ha estado seguido o no de acciones concretas.
La Sección IV se refiere a la falta de progresos en los resultados basados en
consideraciones de género de los procesos de consolidación de la paz a pesar de existir
una retórica más favorable en el ámbito internacional. Las conclusiones alcanzadas
sugieren que esto puede ser consecuencia de una vinculación inadecuada de las
iniciativas de consolidación de la paz con las determinantes de género de los resultados.
Esta falla requiere de una mayor articulación y aplicación de disposiciones de derechos
humanos a la hora de diseñar programas de consolidación de la paz y de reconstrucción.
En la Sección V se expresa que los esfuerzos por aplicar enfoques que tomen en cuenta
las consideraciones de género en los procesos de consolidación de la paz han obtenido
resultados exiguos ya que no reconocen los preceptos subyacentes que definen las
relaciones de género y la dinámica de las relaciones de poder. Se hace necesario aplicar
enfoques nuevos “transformadores” en los procesos de consolidación de la paz que
modifiquen los roles tradicionales de género y propicien relaciones género más
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equitativas. Tales enfoques son necesarios para crear una estrategia de paz que requiere
de transformaciones en las actitudes masculinas sobre las que descansan los conflictos y
la violencia. De tener éxito, dichas iniciativas propiciarían la equidad de géneros que
carecen los enfoques actuales y contribuirían a evitar conflictos en el futuro. La Sección
VI cierra el trabajo con una lista de algunas lagunas que aún existen y que requieren
mayor estudio.
II.
Realidades Convergentes: Género, Conflictos Armados, y Consolidación de
la Paz
Para entender los elementos de género de los conflictos, la consolidación de la paz y de la
etapa de reconstrucción es necesario esclarecer algunos términos. Primeramente, el
concepto de género, el cual se emplea frecuentemente como sinónimo del sexo de la
persona o como una manera conveniente de referirse a las mujeres y sus inquietudes.
Existe una literatura bastante amplia acerca del género como concepto y de los elementos
inherentes a su análisis. Para los propósitos de este trabajo, es importante entender el
género como un ordenamiento social y cultural que diferencia a hombres y mujeres y que
define la manera en que hombres y mujeres interactúan entre sí. El género está
determinado por un conjunto de expectativas compartidas y normas dentro de una
sociedad determinada con respecto a las características, roles y comportamientos
masculinos y femeninos apropiados. El género y los roles conforme al género son
específicos de cada cultura, aprendidos, sujetos a cambio con el paso del tiempo, e
influidos por variables como la edad, la raza, clase social y etnicidad. La documentación
disponible sobre la mujer y la consolidación de la paz confirma que el concepto de
género se refiere a las relaciones sociales que emanan de procesos culturales, sociales,
económicos e históricos y los distintos roles desempeñados por hombres y mujeres
(Corrin 2000; ECA 1999).
El concepto de Poder es un concepto fundamental para poder comprender mejor el de
género. De hecho, el género ha sido concebido como la división sexual del poder, por lo
que cualquier cambio significativo en el equilibrio de poder es muy probable que traiga
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consigo cambios en las relaciones de género (Miller 2001). A pesar de las diferencias
entre una cultura y otra, la desigualdad en cuanto a los roles que en base al poder
desempeñan hombres y mujeres es un elemento común; por ejemplo, en cuanto a la
capacidad de acceder a los recursos productivos y a la capacidad para disponer de
autoridad para la toma de decisiones. El desequilibrio de poder que caracteriza a las
relaciones de género menoscaba la capacidad de acceso a los recursos y control de los
mismos por parte de las mujeres, su protagonismo y participación en los asuntos sociales
y políticos, y las posibilidades de ejercer plenamente sus derechos humanos
fundamentales. Todos estos son factores que contribuyen a la potenciación y
empoderamiento de las mujeres (ONU ECA 1999; Mazurana y McKay 1999; Meintjes,
Pillay, y Turshen 2002).
En su análisis sobre la guerra y el género, Goldstein (2001) identifica tres conceptos
vinculados estrechamente conforme a los resultados obtenidos a partir de un análisis
interdisciplinario:
• Género se refiere tanto a hombres como a mujeres, especialmente en el
contexto de las guerras.
• Las guerras son un sistema extremadamente complejo en el que las
interrelaciones a nivel estatal dependen de la dinámica que existe a niveles
más bajos, como el género.
• Las guerras constituyen un peligro latente en la experiencia humana que
amenaza la vida cotidiana, especialmente en lo que se refiere a los roles de
género.
“Para poder imaginar el futuro más allá del esquema de la guerra es necesario romper con
el rechazo sicológico de los traumas que ocasionan las guerras en las sociedades
humanas. Afrontar la guerra de esta manera pudiera transformar las relaciones basadas
en el género” (Goldstein 2001: 403). Él aboga por un mayor estudio del vínculo entre
género, la guerra y las relaciones internacionales en áreas como la paz democrática, el
nacionalismo, los conflictos étnicos, las normas internacionales, la interdependencia, las
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organizaciones no gubernamentales, y las telecomunicaciones globales, y sugiere que tal
estudio podría coadyuvar a una investigación que sobrepase los marcos de los grupos
feministas.
De forma similar, Cynthia Enloe concluye su trabajo sobre la mujer y la militarización
señalando que las decisiones sobre los procesos políticos internacionales – entre las que
se encuentran la negociación de compensaciones por guerras, las tareas de la ONU para
el mantenimiento de la paz, la imagen que crean de los soldados unos medios de
comunicación globalizados, o la negociación por vías diplomáticas para crear un tribunal
permanente de crímenes de guerra – tendrán implicaciones diferentes para hombres y
mujeres en dependencia de qué se entienda por ser “femenina”. Al apuntar la relevancia
de este tema más allá del análisis político doméstico, Enloe (2000: 300) escribe: “La
feminidad como concepto y la mujer como factor activo necesitan ser objeto de un
escrutinio analítico si se desea comprender los procesos políticos internacionales.”
Es necesario igualmente definir algunos de los términos asociados a la paz y a la
consolidación de la paz. Dos términos que se emplean actualmente son los de “paz
negativa” y “paz positiva” (Galtung 1996). La paz negativa se refiere a la mera
ausencia de violencia, mientras que la paz positiva representa un equilibrio social estable
en el que las disputas que surgen son resueltas sin recurrir a la violencia ni a la guerra, es
decir, la paz como transformación creativa del conflicto. El concepto de paz positiva
puede compararse con la definición abarcadora que aparece en las Estrategias de Nairobi
orientadas hacia el futuro para el adelanto de la mujer que reza que la paz “significa no
solo la ausencia de guerra, violencia y hostilidades...sino también el disfrute de la justicia
económica y social, la igualdad y toda la gama de derechos humanos y libertades
fundamentales dentro de la sociedad” (Naciones Unidas 1993). Tal definición de paz
surgió de la percepción que tienen las mujeres sobre sus vidas y sus roles de género en la
medida que son afectadas por las situaciones de paz o de guerra.
La frase “consolidación de la paz” ha sido adoptada ampliamente desde que el Secretario
General de Naciones Unidas la introdujera en la Agenda para la Paz (Naciones Unidas
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1992). La consolidación de la paz se asocia generalmente con la promoción de la paz
positiva aunque su definición exacta no está clara aún. Inicialmente la consolidación de
la paz se definió como un proceso de trabajo sostenido y cooperativo para resolver el
trasfondo de problemas económicos, sociales, culturales y humanitarios y alcanzar una
paz duradera. Sin embargo, las medidas que se ofrecen como elementos para la
consolidación de la paz se centran frecuentemente en el mediano y corto plazos. Estas
medidas incluyen el desarme, la destrucción de armas, la repatriación de refugiados,
entrenamiento para las fuerzas de seguridad, observación de elecciones y reformas
institucionales.
Por lo tanto, existen dos conceptos diferentes de consolidación de la paz. El primero se
circunscribe a la participación a corto plazo de la comunidad internacional en torno a las
medidas políticas y acciones desarrolladas principalmente por agentes externos. La
segunda se refiere a los esfuerzos a largo plazo de los grupos autóctonos en pos de un
desarrollo económico sostenible y la solución duradera de los conflictos. De acuerdo con
esta definición la consolidación de la paz requiere de acciones en las esferas política,
económica, humanitaria y social apoyadas en actores diversos junto al surgimiento de
ONGs locales y una sociedad civil (Haugerudbraaten 1998).
La estrecha relación que existe entre consolidación de la paz y desarrollo ha sido
descrita como la reestructuración de las relaciones en el seno de los conflictos para “crear
una situación, sociedad o comunidad, en que los individuos puedan desarrollar y explotar
al máximo sus capacidades de creatividad, servicio y disfrute. A menos que el desarrollo
se realice de esta forma ninguna solución podrá conducir a una paz estable y duradera”
(Curle 1971: 174). Para Ball (2001) la consolidación de la paz está formada por tres
objetivos principales vinculados entre sí: creación y fortalecimiento de las instituciones
políticas democráticas; promoción de un desarrollo sostenible encaminado a reducir la
pobreza; y el fomento de relaciones sociales no violentas y de colaboración. Los
procesos económicos, políticos y sociales asociados a estos objetivos así como el marco
normativo en que se enmarcan deben incluir una perspectiva de género para que la labor
de consolidación de la paz reconozca e incluya a las mujeres como participantes activas
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con iguales derechos que los hombres en las sociedades pos conflictos. Al mismo
tiempo, es importante aplicar una perspectiva de género al propio proceso de
consolidación de la paz y en los individuos y organizaciones que participan del mismo.
Al realzar las consideraciones de género en ese esquema, habrá mayores posibilidades de
que los resultados sean equitativos entre los géneros, lo cual a su vez constituye un
elemento fundamental para alcanzar una paz duradera.
Teniendo en cuenta que las consideraciones de género son un ingrediente esencial de la
paz, los conflictos violentos y el desarrollo, es evidente que el análisis de la consolidación
de la paz basada en consideraciones de género, cuando realmente toma en cuenta las
particularidades de las relaciones de poder entre hombres y mujeres, es vital para la
prevención y reducción de futuros conflictos violentos al tiempo que contribuye a la
recuperación una vez culminados los conflictos vigentes. El Marco Estratégico de la
Iniciativa Canadiense para la Consolidación de la Paz la define de la manera siguiente:
La consolidación de la paz consiste en fortalecer las posibilidades de instaurar una
paz interna y reducir los riesgos de conflictos violentos. El objetivo supremo de
la consolidación de la paz es elevar la capacidad interna de una sociedad para
enfrentar los conflictos sin recurrir a la violencia. En última instancia, la
consolidación de la paz busca fortalecer la seguridad humana, concepto este que
comprende el gobierno democrático, los derechos humanos, el imperio de la ley,
el desarrollo sostenible, el acceso equitativo a los recursos y la protección del
medio ambiente…La consolidación de la paz puede abarcar también la
prevención y solución de conflictos, así como diversas actividades pos conflicto.
La consolidación de la paz se enfoca en el contexto político y socio-económico en
lugar de los aspectos militares y humanitarios, e intenta resolver este desafío a
través de la búsqueda de los medios para institucionalizar la solución pacífica de
los conflictos (CIDA 2002).
Para que la solución pacífica de los conflictos sea efectiva debe institucionalizarse. Esto
requiere un cambio radical de las normas culturales y las instituciones políticas para que
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condenen cualquier acción discriminatoria tanto en tiempo de guerra como de paz. Debe
existir un contexto institucional que soporte las estructuras normativas, legales, políticas,
de seguridad, y económicas consecuentes con una paz duradera y la seguridad humana.
Si la consolidación de la paz crea ese contexto institucional, entonces en la
reconstrucción” se podrá diseñar medidas que permitan poner en práctica dicho
contexto y den vida a otros objetivos más amplios de la consolidación de la paz. La
reconstrucción implica la toma de acciones encaminadas a revitalizar las instituciones y
estructuras políticas, económicas y sociales una vez concluidos los conflictos.
Igualmente presta atención a la protección de los derechos de los ciudadanos, el
desarrollo de los recursos humanos necesarios y al proceso a largo plazo de integración
social. A pesar de que algunos autores consideran la consolidación de la paz y la
reconstrucción como procesos que se desarrollan uno seguido del otro, en el presente
trabajo los consideramos como un grupo de actividades simultáneas que se refuerzan
mutuamente y que se relacionan estrecha e integralmente de la misma manera en que los
derechos humanos se imbrican con las tareas de desarrollo. No se puede realizar una sin
la otra. Por lo tanto, es importante que todos los sectores de la sociedad que toman parte
de una forma u otra en los conflictos estén representados durante las negociaciones e
iniciativas que se emprendan para sentar las bases de la paz y la reconstrucción pos
conflicto.
Una vez señaladas las definiciones y vínculos entre los términos asociados con el género,
los conflictos y la consolidación de la paz, podemos comenzar a delinear las vías en que
estas interacciones se manifiestan. Existen muchos ejemplos de los aportes que las
mujeres individual y colectivamente hacen a la consolidación de la paz. Sin embargo,
tales aportes son frecuentemente ignorados ya que se realizan por vías no convencionales
y al margen de los procesos de paz formales, y por ser vistos como una mera extensión de
sus roles de género presentes. A menudo las propias mujeres no ven sus actividades
como parte de los esfuerzos por la consolidación de la paz, ya que estas se desarrollan en
áreas que ya están bajo a su responsabilidad tales como la protección propia y la de sus
familias, y el acceso y prestación de servicios sociales (International Alert 1999). Como
ellas no tienen una plataforma política formal, las mujeres suelen inspirar credibilidad y
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apoyo en sectores sociales amplios y promover su agenda a nivel de base (International
Alert 1999, Manchanda 2001). Por consiguiente, muchos suelen subestimar y excluir los
aportes que realizan las mujeres a los procesos de consolidación de la paz.
A los procesos de paz propiamente se les atribuyen actividades informales y actividades
formales. Dentro de las actividades informales están las marchas por la paz, diálogos
entre grupos y la promoción de la tolerancia y el entendimiento interculturales. En las
actividades formales se incluyen la solución de los conflictos, negociaciones de paz, la
reconciliación, reconstrucción infraestructural, y los suministros de ayuda humanitaria.
En las informales participan generalmente entidades de la ONU; instituciones nacionales,
regionales y/o locales; y organizaciones de base. En las formales las actividades se
llevan a cabo por líderes políticos, militares, organismos internacionales, regionales y/o
subregionales, y una gran variedad de organizaciones gubernamentales y no
gubernamentales. A pesar de que la participación de la mujer en actividades informales
es bien conocida, rara vez se les da participación en las formales, lo cual demuestra el
hecho de que casi nunca están representadas entre los encargados de tomar decisiones ni
entre los jefes militares (ONU 2002). Esto debe ser motivo de preocupación ya que si las
misiones de investigación no realizan consultas con ellas ni se les da participación en las
negociaciones de paz los problemas que les afectan quedaran excluidos: “Las estructuras
políticas, las instituciones económicas y los temas de seguridad que se negocian durante
las conversaciones de paz no propiciarán una mayor equidad entre hombres y mujeres si
no se toman en cuenta las consideraciones de género durante estos debates” (ONU 2002:
53).
Los conflictos armados y sus secuelas afectan a las mujeres de formas distintas que a los
hombres. En la mayoría de los conflictos, la división tradicional del entorno civil para las
mujeres y el entorno público para los hombres se desmorona. Los hombres de las
comunidades que son atacadas suelen abandonar los entornos públicos para evitar ser
reclutados, agredidos o tomados prisioneros (Bop 2002; El-Bushra 2000). En este vacío,
las mujeres son cada vez más las que se ocupan de lidiar con las instituciones existentes
(desde los mercados a las oficinas de gobierno) y de asegurar el bienestar y la seguridad
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familiar, e incluso desempeñar roles que tradicionalmente les están asignados a los
hombres (Bop 2002; El-Bushra 2000; Meintjes 2002; y otros). Las mujeres, consideradas
como “apolíticas,” logran tener mayor acceso a información y presionar a las autoridades
para que brinden servicios que ayuden a reducir los efectos de los conflictos sobre la
población civil (Manchanda 2001). Igualmente, son capaces de suplir ciertos vacíos y
llevar a cabo iniciativas en el ámbito comunitario en favor de la paz con diversos grupos
étnicos y nacionales (Mladjenovic 2002; Manchanda 2001).
Por otro lado, las mujeres como símbolos de la comunidad y/o grupos étnicos pueden ser
objeto de continuos abusos sexuales. En este caso el entorno público se asemeja al
entorno privado del hogar en el que con frecuencia las mujeres son objeto de violencia
diariamente (Kelly 2000). Algunos hombres incapaces de “proteger” a sus mujeres
reivindican su “masculinidad debilitada” atacando a las mujeres de la casa. En
situaciones de conflictos armados, la violencia generalizada fuera del hogar se funde con
la violencia familiar y conduce a índices más elevados de violencia doméstica como se
aprecia tanto en los escenarios de conflicto como de pos conflicto (Pillay 2002). Las
medidas internacionales adoptadas recientemente que califican como crímenes de lesa
humanidad los delitos basados en el género que se cometen en un escenario de guerra han
empezado a abordar también los actos que se comenten en la esfera pública,
generalmente entre desconocidos. Asimismo, se ha expresado preocupación a nivel
internacional por el aumento aparente de la violencia doméstica en las fases pos
conflictos. Sin embargo, no se ha prestado la debida atención a las formas en que la
continuación de la violencia en el hogar es exacerbada por circunstancias vinculadas a los
propios conflictos ni a las disímiles maneras en que la violencia puede expresarse. Esta
insuficiencia plantea la necesidad de nuevos estudios para determinar de qué manera las
medidas contra la violencia aplicadas en la esfera pública podrían aplicarse a actos
similares de violencia en la esfera privada. Hace falta también buscar respuestas
efectivas contra la violencia doméstica pos conflicto, sobre todo por las escasas opciones
que existen como resultado de una infraestructura institucional debilitada.
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En 1999 el grupo de trabajo en línea WomenWatch, el cual aborda los temas de la mujer y
los conflictos armados (como uno de los temas fundamentales en preparación para el
período extraordinario de la Asamblea General de la ONU de revisión Beijing +5),
enfatizaba que las prioridades y roles de las mujeres en los procesos de consolidación de
la paz no son los mismos que los de los hombres; aunque no existía un consenso claro
sobre dichas diferencias (ONU CSW 2000). La mayoría de las participantes coincidieron
en que era difícil clasificar a la mujer como algo en particular, ya sea como activista por
la paz, víctima, o combatiente. Algunas de las participantes opinaron que entre las
virtudes especiales de las mujeres para la consolidación de la paz está la de poseer una
mayor capacidad de empatía, por ser ellas mismas muchas veces víctimas de la
discriminación. Otras sugirieron que las mujeres tienen menos intereses creados en los
sistemas políticos vigentes (quizás por su propia experiencia de exclusión y
marginalización política) y por ende están más dispuestas a trabajar por la paz que a
mantener un sistema político determinado. Por ser frecuentemente víctimas de los
conflictos armados, las mujeres también sienten las consecuencias de estos en el seno de
sus familias por lo que son más dadas a trabajar por la paz, aunque algunos estiman que
en última instancia esto pudiera contribuir a la perpetuación del odio cuando se hayan
cometido atrocidades.
Existe una vasta cantidad de información acerca de las interconexiones entre los roles de
hombres y mujeres en situaciones de conflictos armados y las cuestiones de identidad y
potenciación en el contexto político. Los datos disponibles sobre los casos de Ruanda,
Mozambique, Palestina, y Sri Lanka ilustran como las mujeres pueden no solo ser
víctimas sino también jugar un papel activo como soldados, informantes, mensajeras,
simpatizantes y partidarias. Aunque la participación activa de las mujeres en los
conflictos fuera resultado de su libre voluntad, de la subyugación de los hombres, o de la
desesperación ante la falta de otras opciones, la posibilidad de que las mujeres participen
activamente en los mismos suscita muchos otros problemas relacionados con los roles de
género e identidad. Los individuos constantemente procuran alcanzar un acomodo entre
la primacía de la identidad de género y la afirmación de otras identidades como la de
étnia, clase, y religión. Por consiguiente, las mujeres envueltas en conflictos étnicos o
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religiosos pueden reinterpretar la subyugación de su identidad de género en términos
étnicos o religiosos. Por ejemplo, Biljana Plavsic, expresidenta serbobosnia, fue
procesada por su papel en actividades de genocidio y crímenes de lesa humanidad
durante la guerra de Bosnia en 1992, convencida en aquel momento de que sus acciones
eran necesarias para la sobrevivencia y la auto defensa (vea
www.un.org/icty/indictment/english/pla-ii000407e.htm). De forma similar, Pauline
Nyiramasuhuko, exministra de Ruanda para asuntos de la familia y la mujer, ha sido
acusada de genocidio, crímenes de lesa humanidad y crímenes de guerra (como la
incitación a la violación sexual) por su responsabilidad en las atrocidades cometidas en
Ruanda en 1994 (Landesman 2002).
Ya que el cuerpo de la mujer es visto frecuentemente como un indicador tanto simbólico
como físico de la identidad de la comunidad, el abuso sexual durante los conflictos –
especialmente cuando va acompañado deliberadamente del peligro de contagio del VIH –
puede verse como humillante para toda la comunidad, y hacer que muchos activistas
justifiquen acciones violentas por parte de las mujeres. (Guhathakurta 2001; Sideris
2002). En las luchas democráticas, las mujeres pueden dejar a un lado la cuestión de
género como un “lujo” sin relevancia en una situación de extrema opresión basada en
condiciones de clase o étnia. Por otro lado, en las luchas o conflictos motivados por una
ideología encaminada a erradicar la desigualdad y la opresión, la participación activa de
las mujeres es generalmente mayor, los roles de género se trastocan y se crean espacios
para la redefinición de las relaciones entre los géneros y de las políticas de género en la
etapa pos conflicto (Bop 2002; Manchanda 2001).
Cuadro 1: El Salvador: La Desatención a los Temas de la Mujer durante las Negociaciones de Paz
A pesar de que las negociaciones de paz que tuvieron lugar en El Salvador a inicios de los 90 contaron con la
participación de altas oficiales femeninas del FMLN, los temas referidos a los derechos de las mujeres recibieron
escasa atención. Los acuerdos lograron poner fin al conflicto armado, pero no fueron capaces de solventar las
desigualdades socioeconómicas, entre las que se encuentran las desigualdades entre géneros. ¿Qué factores
contribuyeron a que los temas de la mujer fueran relegados en el proceso de paz salvadoreño?
A pesar de que el proceso de paz salvadoreño fue aplaudido tanto internacionalmente como por los líderes a ambos
lados del conflicto, los defensores de los derechos de la mujer criticaron el proceso por ser excluyente y discriminatorio
contra las mujeres. Emma Näslund (1999), en su estudio acerca de la discriminación de género en el proceso de paz
salvadoreño, señala ejemplos específicos en que las mujeres fueron ignoradas y discriminadas durante el proceso. Ella
alega que los programas de crédito y asistencia técnica creados por los acuerdos de paz, así como las medidas
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recomendadas para aliviar el costo social de los programas de ajuste estructural, no incluyen ni consideran las
necesidades de las mujeres. Näslund y otros también han culpado al proceso de paz salvadoreño por discriminar a las
mujeres durante el proceso de redistribución de tierras, especialmente en sus fases iniciales.
Luciak (2001) indica que ninguna de las pocas comandantes del FMLN que tomaron parte en las negociaciones de paz
exigió formal y públicamente que los temas de la mujer fueran incluidos en las conversaciones de paz. Moser y Clark
(2001) sostienen que una de las razones por las que los temas de las ex combatientes no fueron abordados
explícitamente en las negociaciones es que no existía un estimado oficial y preciso sobre el número de mujeres que
luchó en la guerra civil de El Salvador. Al no contar con pruebas sólidas de los aportes realizados por las mujeres, le
fue difícil a los defensores de los derechos de las mujeres exigir más apoyo y consideración de las necesidades de las ex
combatientes. Las barreras ideológicas, estructurales, legales, participativas y presupuestarias han sido consideradas
también como factores que contribuyeron a la discriminación de la mujer durante las negociaciones de paz (Näslund
1999). Por ejemplo, la conceptualización tradicional de los roles de género, los cuales asumen que los programas
dirigidos a los “cabezas de familia” y a las familias beneficiaran inevitablemente a las mujeres, contribuyó a la
prevalencia de una terminología de género neutral durante todo el proceso de paz. Las necesidades de tenencia de la
tierra y crédito de las mujeres después de la guerra quedaron a un lado por razones de escasez de tierra y de otras
necesidades económicas más “urgentes.”
Fuentes: Luciak 2001; Moser y Clark 2001a; Näslund 1999.
Es vital analizar el tema de las normas de género, especialmente cuando los líderes que
toman parte en un conflicto determinado resaltan en particular ciertas características
específicas de género, basados en una supuesta esencia común compartida por todos los
hombres o todas las mujeres (conocida como “esencialismo” en los trabajos feministas).
La literatura disponible demuestra el grado en que las características esencialistas de
feminidad y masculinidad son incorporadas en el discurso de la guerra para conseguir
apoyo (Enloe, varios; Cockburn 1998, 1999). Dada la naturaleza de los conflictos en
nuestros días, a menudo no existe una distinción clara entre el frente de batalla y el frente
doméstico. Es por eso que las consecuencias de la ideología esencialista son aún más
amplias y perniciosas, como puede observarse en los casos de depuración étnica, abusos
sexuales desenfrenados, y en los actos violentos cometidos directamente contra mujeres,
niños(as) y ancianos. Lo que resulta igualmente perturbador es que los pacifistas también
recurren al pensamiento esencialista sobre identidad femenina y masculina, pues a
menudo se apoyan en el poder simbólico de las “madres” y las “viudas de guerra” en la
búsqueda de apoyo al diálogo entre diferentes bandos étnicos y nacionalistas. Esta
estrategia favorece implícitamente un esquema polarizado en el que los hombres
representan guerra y agresión; y las mujeres, paz y ternura.
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Esta polarización niega la diversidad de experiencias y opiniones entre hombres y
mujeres como grupos, y reduce la validez de la perspectiva esencialista. Las iniciativas
de paz que se apoyan en las estrategias esencialistas pueden encontrarse con que los
símbolos utilizados por el movimiento pacifista (como el de “madre” y “viuda”) son
también empleados con propósitos militaristas (Manchanda 2001). La perspectiva
esencialista no logra explicar por qué las iniciativas de paz de las mujeres (tanto dentro
como entre las comunidades) no se han diseminado más ampliamente en regiones como
Israel/Palestina, Sri Lanka, Cachemira, y el nordeste de la India donde existen conflictos
civiles desde hace mucho tiempo. Tampoco ha podido explicar las interrelaciones
complejas entre género, étnia, clase y/o identidades políticas. Para comprender tales
patrones es necesario examinar más de cerca aquellas iniciativas de paz que han sido
exitosas o que recién se inician para identificar los mecanismos y procesos empleados
para negociar tan complejas interrelaciones.
Aún queda por analizar muchas cuestiones para poder identificar estrategias de paz
sostenibles. Una de las cuestiones principales consiste en lograr un entendimiento más
preciso de las normas de violencia y de poder. Algunos trabajos de sicología sobre la
dinámica de la violencia señalan la importancia del tema de las identidades múltiples, el
impacto del poder y su posible pérdida, y las interrelaciones entre ellos (Moore, 1994).
Por ejemplo, un individuo que se enfrente a la posible pérdida de poder como miembro
de un grupo religioso puede recurrir a afianzar su identidad como miembro de una clase
determinada. Además, si alguien es incapaz de expresar su identidad, como puede ser la
identidad género, la violencia pudiera ser un medio tanto para solucionar el conflicto
como para obtener poder (Connell 1995; Moore 1994). Por consiguiente, tanto hombres
como mujeres pueden recurrir a la violencia por dichas razones. La documentación sobre
género y conflictos señala la creciente complejidad de las dinámicas de la identidad de
género, el poder, la violencia y la paz. Hay quienes piensan que, luego de un período de
conflicto, la identidad de los hombres puede salir más dañada, y que si durante la fase de
reconstrucción no se consideran alternativas positivas de masculinidad, en lugar de la
masculinidad esencialista, la reinstauración de las normas y roles tradicionales de género
es inevitable (Sideris 2002).
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Aunque las experiencias de género que se viven en los conflictos armados puedan servir a
las mujeres de partida para hallar soluciones nuevas en pos de consolidar la paz, hay que
hacer un cuestionamiento profundo de las normas sociales sobre la violencia, el género y
el poder para buscar alternativas transformadoras para una paz sostenible. Se debe hacer
también un análisis cuidadoso de los resultados diferenciados conforme al género de los
procesos de paz, así como de las tendencias en cuanto a la inclusión de las
consideraciones de género (a veces ausentes) de los sectores involucrados en las
actividades de consolidación de la paz. A continuación se ofrecen, a manera de
ilustración, algunas preguntas de “monitoreo feminista” formuladas por Enloe (2002):
¿Aquellos o aquellas que han sido “combatientes”, ya sean insurgentes o
miembros del ejército estatal, tienen mayor influencia que el resto cuando se
dirigen a cualquier funcionario o al público en general? Y, ¿Dicha mayor
influencia dispensa mayor crédito a cierto tipo de masculinidad y marginaliza
a las mujeres, a pesar de su supuesta feminidad?
¿Hasta qué punto quienes ostentan poder militar se convierten, a los ojos de
todos, a quienes hay que recurrir para lograr influir en los asuntos públicos?
¿En qué medida determinados círculos oficiales, o el público en general,
consideran que la seguridad (especialmente la “seguridad nacional”) equivale
a una seguridad militarizada?
¿En qué medida el nuevo presupuesto de determinado gobierno (con el
asesoramiento internacional) asigna desproporcionadamente fondos públicos a
sus nacientes fuerzas de seguridad?
¿ Qué peso tiene la percepción de las autoridades decisorias acerca del papel
desempeñado por las mujeres en la reciente guerra a la hora de definir el
estatus de la mujer en el contexto pos conflicto?
¿Cuáles de las organizaciones que desempeñan una función activa en la
reconstrucción pos conflicto son las más patriarcales? ¿En qué área
desempeñan su autoridad y de qué recursos disponen para la reconstrucción de
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la sociedad? ¿Quiénes experimentan en mayor medida una sensación de
inclusión y bienestar, perpetuada por las actividades de estas organizaciones?
Existe un consenso general de que las necesidades y experiencias de las mujeres son
diferentes a las de los hombres, tanto en un contexto de conflicto como posterior al
mismo, y que tales diferencias reflejan las relaciones y los roles de género (Gardam y
Jarvis 2001; Lindsey 2001b; Sørensen 1998; ONU 2002; UNIFEM 2002). Existen
también cada vez mayores pruebas de que el proceso de consolidación de la paz es en sí
mismo una estructura de género, “masculinizada”, que refleja las masculinidades
militarizadas propias de los conflictos que se están resolviendo (Cockburn y Zarkov
2002; Jacobs, Jacobson, y Marchbank 2000; Skjelsbæk y Smith 2001). Los trabajos
existentes destacan que aunque las mujeres constituyen un sector afectado de manera
particular y severa por los conflictos armados, la tendencia de presentar
desproporcionadamente a las mujeres como víctimas perpetúa supuestos erróneos en
cuanto a los aportes que ellas realizan tanto en la guerra como en la paz. Las mujeres no
son únicamente víctimas pasivas, sino que en ocasiones desempeñan también roles
decisivos. El considerar a las mujeres únicamente como víctimas e ignorar las funciones
importantes que han tenido en los conflictos armados y en etapas posteriores, puede
socavar cualquier papel que estas puedan jugar en el futuro como participantes activas en
los procesos formales de paz. Con este consenso general en mente, la capacidad de las
políticas internacionales de consolidación de la paz de incorporar una perspectiva de
género cobra mayor relevancia.
III.
Cambios en el Contexto Internacional a partir de 1998
El contexto internacional de las políticas de consolidación de la paz, y de los programas
en menor grado, ha evolucionado considerablemente desde mediados de la década de
1990. Esta evolución refleja la naturaleza cambiante de las situaciones de conflicto y de
las emergencias complejas que se suelen enfrentar, así como la manera en que los estados
y las organizaciones internacionales continúan redefiniendo los roles de distintos actores
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que toman parte, o son afectados, por los conflictos. Esto coincide con dos giros
importantes en el pensamiento actual que se relacionan directamente con el desarrollo
internacional. El primero consiste en una mayor comprensión del significado y papel que
tiene el género y las relaciones de género en el desarrollo, lo cual ha motivado la
aceptación amplia de un cambio de enfoque del concepto de “mujeres en desarrollo” al de
“género y desarrollo”, y al concepto de empoderamiento que le acompaña. Esto le da
mayor atención a las relaciones de poder entre hombres y mujeres en todos los ámbitos,
desde los proyectos de desarrollo hasta el trabajo y el hogar. Además, reconoce que a
menudo las propias instituciones no representan los intereses de las mujeres
adecuadamente y obstaculizan el progreso de la igualdad de género (Goetz 1997; Banco
Mundial 2001).
El segundo giro está relacionado con la comprensión global de la importancia práctica
que tienen los derechos humanos en el desarrollo. La Conferencia Mundial sobre
Derechos Humanos celebrada en 1993 sobresale como un momento decisivo en la
articulación de los esfuerzos de los estados y actores no estatales que contribuyen a un
disfrute más pleno de todos los derechos humanos. Durante la misma, se le brindó
especial atención a la violencia contra la mujer como una violación de sus derechos
humanos, lo cual se reforzó con los debates posteriores sostenidos en las conferencias
mundiales del Cairo (sobre población y desarrollo), y de Beijing (sobre la mujer). Esto
ha contribuido a un entendimiento más profundo de la relación que existe entre género,
poder, derechos humanos, seguridad, y desarrollo. (Otras acciones similares en curso
exploran la vinculación entre género, derechos humanos, empoderamiento, y el
VIH/SIDA, la cual es especialmente incuestionable en escenarios de conflictos.)
Comprender tal relación multifacética, y definir un marco normativo para el diseño de
políticas nacionales e internacionales, sigue siendo el punto de atención de los esfuerzos
dirigidos al diseño de un enfoque de desarrollo basado en los derechos (OHCHR 2002).
Esto tiene un significado especial en la búsqueda de la equidad igualdad de género en la
etapa pos conflicto.
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En base al contexto de elaboración de políticas delineado anteriormente por Sørensen
(1998), se pueden distinguir dos períodos importantes del desarrollo de políticas desde
entonces: el primero iría desde 1998 hasta octubre de 2000, cuando el Consejo de
Seguridad de la ONU aprobó la Resolución 1325; y el segundo, desde octubre de 2000 al
presente. En muchos sentidos el año 2000 marcó un cambio importante en la postura de
la comunidad internacional en cuanto a los temas de la mujer y el género, y la relación
que estos guardan con la paz y la seguridad. En sintonía con esta evolución, una amplia
gama de organizaciones no gubernamentales nacionales e internacionales han modificado
sus programas y procedimientos al tiempo que ellas también ven la necesidad de abordar
los vínculos entre género, derechos humanos y las tareas de desarrollo en los escenarios
pos conflictos. Dichas organizaciones juegan un papel muy importante ya que
frecuentemente asumen el liderazgo de los esfuerzos por hacer realidad tales políticas.
Sin embargo, un análisis más pormenorizado de la presencia e impacto que estas
organizaciones tienen sobre el terreno queda fuera del alcance de este trabajo.
1998-2000: Antesala de la Resolución 1325
Las guerras modernas afectan cada vez más a las poblaciones civiles y empañan la
distinción, reconocida desde hace mucho tiempo, entre el frente de batalla y el frente
doméstico. Dado que en los conflictos modernos se considera como objetivo legítimo
irrumpir en la esfera privada, la vida y el bienestar de los civiles – en gran medida
mujeres y niños(as) – corren mayor peligro. En el último siglo, el número de víctimas
civiles ha ido en aumento: durante la primera guerra mundial representaron un 10 por
ciento; en la segunda, se elevó al 50 por ciento; y en los conflictos actuales alcanzan el 90
por ciento de las víctimas (Karamé 2001). Además, en la actualidad tanto los conflictos
armados como el pánico que generan desgarran la vida cotidiana y las estructuras
socioeconómicas sobre las que descansan los servicios de atención y apoyo. Dada la
responsabilidad tradicional de la mujer en muchas sociedades como sostén del quehacer
diario y la comunidad, el impacto de los conflictos armados está muy determinado por el
género (Cockburn 2001b). El incremento de la tendencia a hacer blanco de los civiles,
junto al doble papel