de los trabajos desempeñados principalmente por mujeres, como lo muestra el
servicio doméstico.
El salario promedio femenino es un 40% menor que el masculino. Los estudios
realizados muestran que estas diferencias en las remuneraciones de hombres y
mujeres no se relacionan con las diferencias en la calificación, la inserción laboral o
las horas trabajadas, sino que se explican porque los trabajos desempeñados por
mujeres son, sencillamente, peor pagos. Es más, se ha observado que las mujeres
activas tienen más años de escolaridad promedio que los hombres activos. Esta
tendencia hacia una mayor inversión en educación por parte de las mujeres se da en
diversos sectores y tiene ya larga data. Según información reciente, el 66% de las
adolescentes (de 14 a 19 años) solamente estudia. Entre los varones de la misma
edad el porcentaje es sustancialmente menor. Cabe destacar que las jóvenes
afrouruguayas, que en un alto porcentaje se integran tempranamente al mercado de
trabajo, encuentran mayores dificultades para mantenerse en el sistema educativo
formal.
Un 18% de adolescentes y jóvenes no estudia ni trabaja. En este grupo también las
mujeres tienen mayor representación mostrando la diversidad de situaciones que se
explican por el género y otras dimensiones que operan como excluyentes.
La tasa de desempleo, que ha crecido de manera significativa en los últimos dos
años, afecta más a las mujeres. En Montevideo hacia fines del año 2001 el desem-
pleo alcanzó al 16.6%: al 11.8% de los hombres en actividad y al 21.6% de las
mujeres en la misma condición. El grupo más afectado es el de las mujeres menores
de 25 años, donde llega a 48.2%.
La incorporación de las mujeres al trabajo remunerado no las ha eximido de sus
roles tradicionales vinculados a la reproducción del hogar. De esta manera, la ma-
yoría de las mujeres cumple al menos con dos jornadas laborales completas, una de
las cuales no posee remuneración alguna.
La recesión que atraviesa el país y la crisis de la región han tenido altos impactos
sobre Montevideo y particularmente sobre las montevideanas y los montevideanos
más vulnerables, por condición socio-económica, por edad, por pertenencia a “mi-
norías”, por pertenecer a sectores excluidos. La referencia a la reproducción de la
pobreza parece despojar a las personas, no sólo de destino, sino también de identi-
dad. Cuatro de cada diez niños menores de seis años viven en hogares en situación
de pobreza.
En Montevideo el 27% de los hogares no unipersonales tiene jefatura femenina.
Sabemos que en estos hogares existen situaciones muy diferentes. En un extremo
aquellos hogares con madres de numerosos hijos, empobrecidas, excluidas, carentes
de recursos mínimos. En el otro, un pequeño grupo de mujeres que, compartiendo
la condición de “jefas” con las primeras, son “independientes“, con pocos hijos y