Como se sabe, la idea del empoderamiento de las mujeres tiene un fuerte anclaje perso-
nal, aunque también puede entrañar determinaciones grupales. En el plano personal, lo
que importa es el incremento de la capacidad de las mujeres para avanzar en la consecu-
ción del objetivo fundamental, que es la autonomía y el desarrollo de cada mujer, lo que
significa la adquisición de un mayor poder (interno y externo). Para ello es necesario
articular un trabajo de toma de conciencia (de las injusticias que conlleva la subordina-
ción histórica) junto con un incremento de su autoestima, que incluya una autoimagen
positiva y tendencialmente diferente a la del varón, así como una valoración del propio
trabajo, las propias habilidades y conocimientos y, sobre todo, de las propias potenciali-
dades. Ello significa poner el acento en el control de su propia sexualidad, de la repro-
ducción y de la seguridad personal, lo que remite a un incremento de su libertad y sus
expectativas, al menos en términos de posibilidad.
Este empoderamiento personal tendría consecuencias a nivel social en los distintos pla-
nos de la convivencia ciudadana. El empoderamiento jurídico se traduciría en seguridad
legal, mayores niveles de acceso a la administración de la justicia, así como capacidad
para influenciar la legislación existente. En el plano económico significaría garantía de
sobrevivencia, independencia económica personal, acceso a la propiedad y otros recur-
sos, así como a la información económica, al empleo y la seguridad social, etc. El em-
poderamiento cultural haría referencia a su influencia en el orden simbólico, sobre su
imagen y la de los otros, sobre las prácticas culturales, y en defensa de una cultura fe-
menina. En el plano político partiría de la alfabetización política, pero significaría ma-
yor participación en ámbitos políticos y acceso a ocupar cargos de representación y di-
rección. El empoderamiento social, en suma, conseguiría respeto de los otros, acceso a
instituciones y servicios, posibilidades de organización y capacidad de influencia a nivel
público.
Desde esta perspectiva, la orientación del empoderamiento presenta coherencia entre su
enfoque conceptual y su desarrollo operativo. En efecto, partiría de enfocar las mujeres
y su discriminación histórica, así como su potencialidad de liberación, y a partir de este
foco, su trabajo se centra en las propias mujeres, tomando al resto de la sociedad como
marco de referencia o de dominación.
Ahora bien, esta consistencia no sólo es fuente de sus fortalezas sino también de sus
debilidades. En primer lugar, existe un problema de partida con su naturaleza: buena
parte de las mujeres y de los grupos que trabajan por la equidad de género asumen el
empoderamiento como una herramienta o una consecuencia, pero no como una verdade-
ra estrategia. Es decir, la idea del empoderamiento aparece en las políticas de equidad
de género (de hecho, aparece en la Plataforma de Acción) con mucha frecuencia, pero
como un medio entre otros, o bien como el efecto beneficioso que tiene una determina-
da política de equidad. En este sentido tiene un uso bastante extendido, mientras que
como verdadera estrategia consistente (como la propuso la red feminista internacional
DAWN ante la III Conferencia sobre la Mujer, en Nairobi, 1985) su aceptación es mu-
cho menos común.
Esa estrategia consistente supone que mediante el empoderamiento de las mujeres va a
resolverse el problema fundamental existente. A este respecto, caben varias posibilida-
des: que resuelva el problema que afecta al conjunto de la sociedad, o bien que resuelve
sólo la falta de empoderamiento de las mujeres, con lo cual esa estrategia se transforma
en un fin en si misma. En el primer caso, mas allá de cómo se quiera denominar, se su-