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Fundación Heinrich Böll APLICANDO LA DEMOCRACIA DE GÉNERO
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Fundación Heinrich Böll
Departamento de Evaluación
APLICANDO LA DEMOCRACIA DE GÉNERO
Estudio sobre la implementación metodológica y operativa de la
Democracia de Género
en la planificación y evaluación de proyectos
Angela Meentzen y Enrique Gomáriz
Berlín, Abril 2002

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INDICE
Presentación
p.
3
I.
La democracia de género como estrategia:
buscando la coherencia perdida
p. 5
II.
Los manuales de género desde la perspectiva
p. 20
de
democracia
de
género
II.
Criterios metodológicos e instrumentos básicos
p. 36
ANEXO
Lista de manuales de género
p. 76
Aplicando la democracia de género
2

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Presentación
El presente informe entrega los resultados del estudio realizado sobre la implementación
metodológica y operativa de la política de democracia de género en la planificación y
evaluación de proyectos, encargado por la Fundación Heinrich Böll de Alemania. Aun-
que el estudio tiene una perspectiva general, parte principalmente de la experiencia des-
arrollada por el trabajo de cooperación al desarrollo en América Latina. De hecho, el
esfuerzo para concretizar métodos y herramientas de trabajo parte de un balance sobre
los instrumentos, principalmente en su forma de manuales que se han formulado desde o
para América Latina.
La primera parte de este estudio tiene el objetivo de contribuir a la aclaración de diver-
sas corrientes actuales en la aplicación del enfoque de género en la cooperación al desa-
rrollo, tales como la igualdad de oportunidades, el empoderamiento, la democracia de
género y el mainstreaming; así como su ubicación como fines, estrategias o métodos y
sus diferencias y coincidencias, de acuerdo a su uso actual en América Latina y a nivel
internacional.
En la segunda parte se hace una revisión de una serie de manuales de género utilizados
actualmente en América Latina, en Alemania y a nivel internacional para la aplicación
del enfoque Género en Desarrollo (GED) desde la perspectiva de la democracia de gé-
nero. La revisión incluye la valoración de las tendencias de los enfoques encontrados a
nivel conceptual y operativo, la formulación de una tipología, así como aspectos resca-
tables para la aplicación de la democracia de género por la Fundación Heinrich Böll, en
este caso del departamento de América Latina y por sus contrapartes. Incluye referen-
cias al estado de avance en la elaboración de instrumentos de aplicación de la democra-
cia de género por la misma Fundación Heinrich Böll en Berlín y en América Latina.
La tercera parte incluye instrumentos y técnicas para aplicar la democracia de género.
Es necesario aclarar aquí, que por la corta duración de la consultoría se optó por la ela-
boración de instrumentos específicos para el enfoque de la democracia de género úni-
camente en lo que se refiere a la planificación y evaluación de proyectos.
Quedaría pendiente una amplia tarea de la elaboración de otros instrumentos de aplica-
ción de la democracia de género a nivel institucional de la Fundación Heinrich Böll y de
sus contrapartes, para la formación política, para la formulación de políticas así como
para otras acciones de democracia de género dirigidas a la sociedad en conjunto, que no
pudieron ser incluidos en el presente estudio debido a la corta duración de la consulto-
ría.
Por otra parte, es necesario subrayar que para una adecuada implementación de tales
instrumentos y técnicas se requiere de algunos requisitos previos: en primer lugar, del
establecimiento de un cultura organizacional en la Fundación Heinrich Böll que defina
de manera general los métodos de planificación y evaluación de proyectos que serán
usados por esta institución. En segundo lugar, que esto lleve integrado en el mismo sis-
tema de planificación general los elementos que garantizan la presencia de la perspecti-
va de género; en tercer lugar, que dicha perspectiva de género se encuentre efectivamen-
te incorporada no sólo en el sistema de planificación, sino en el conjunto de los ámbitos
que guardan relación con su desarrollo organizacional y operativo.
Aplicando la democracia de género
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Después de la presentación del estudio en talleres en la central de la Fundación Heinrich
Böll en Berlín y en coordinación con las oficinas regionales de la Fundación Heinrich
Böll en América Latina y la implementación de una fase piloto de aplicación de los ins-
trumentos de planificación y evaluación de proyectos por la Fundación Heinrich Böll y
sus contrapartes, los resultados con estas experiencias de aplicación retroalimentaron la
versión final del estudio.
Aplicando la democracia de género
4

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1.
LA DEMOCRACIA DE GÉNERO COMO ESTRATEGIA: BUSCANDO
LA COHERENCIA PERDIDA
En las pasadas décadas de acción política e institucional a favor de la promoción de la
mujer y la equidad de género, se han ido conformando distintas propuestas conceptuales
y metodológicas, las cuales han producido sucesivas categorías fuertes que nucleaban
ópticas analíticas y estrategias operativas. En esta introducción se busca hacer un exa-
men de las propuestas y categorías principales que tienen presencia en la actualidad,
aunque este análisis tenga como contexto la evolución general de dichas políticas de
género, y haga especial mención del cambio referido a los paradigmas del desarrollo.
Puede afirmarse que durante la segunda mitad del siglo XX tiene lugar una transición
que va desde una política de apoyo a las mujeres, con una perspectiva frecuentemente
asistencial, hasta una estrategia que considera a las mujeres como sujetos de derechos y
oportunidades en un contexto mas amplio que hay que modificar. En relación con los
procesos de desarrollo, esta transición acabó por reconocerse como el paso de la estrate-
gia de Mujer en Desarrollo (MED) a la denominada Género en el Desarrollo (GED).
Ciertamente, tanto en el occidente más desarrollado como en los países en desarrollo,
este cambio ha estado referido a una mutación importante en el campo de la teoría y los
estudios de la mujer: el desarrollo rápido del concepto y la teoría de género, desde fines
de los años setenta. Sin embargo, es importante considerar que los enfoques teóricos
feministas previos, principalmente referidos a la tesis del patriarcado y el reconocimien-
to de la subordinación histórica de la mujer, no siempre son subsumidos de la misma
forma por la teoría de genero, lo que, en el campo de la acción estratégica, facilita la
existencia paralela de distintas opciones, como se verá a continuación.
No es necesario hacer aquí una descripción de las tesis que recorren ese camino de
MED a GED (de bienestar, igualdad, antipobreza, eficiencia, etc.) para mencionar las
diferencias que regularmente se hacen entre ambas. En la concepción MED el foco es la
mujer y la acción se refiere a sus necesidades prácticas, lo cual complementa el desarro-
llo y capacita a las mujeres para participar en el desarrollo; el desarrollo operativo de
esta concepción se concreta a través de proyectos para mujeres, o de componentes sepa-
rados para mujeres en los proyectos generales. Mientras que en la idea GED el foco está
puesto en las determinaciones de género, y los intereses estratégicos de las mujeres, el
objetivo es la equidad en la participación y el disfrute de los resultados del desarrollo y
las mujeres son sujetos del desarrollo, lo que significa un mayor empoderamiento. Es
interesante consignar que si bien hay un esfuerzo por integrar el enfoque de género en
los proyectos, lo cierto es que la puesta en práctica se hace también a través de proyec-
tos para mujeres y de componentes separados para mujeres, cuya principal diferencia
refiere a la mayor atención que se presta a los intereses estratégicos de las mismas. Esta
contradicción entre la perspectiva conceptual del GED (enfoca las determinaciones de
genero y no sólo a las mujeres) y su desarrollo operativo (las mujeres son también las
agentes y las beneficiarias) se ha mantenido desde los años ochenta y es parte de las
razones por las que se plantea su crítica, así como la consiguiente necesidad de modifi-
car ese paradigma.
Cuando aparece –en la última década del pasado siglo- la crítica a las políticas tradicio-
nales de promoción de la mujer, que regularmente se han traducido en políticas públicas
de igualdad de oportunidades, éstas se sitúan en una encrucijada polarizada entre el en-
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foque que regresa al trabajo con las mujeres, y el enfoque que mira en dirección contra-
ria: hacia el conjunto de la sociedad. Así pues, puede afirmarse que a fines del siglo XX
pueden apreciarse tres orientaciones generales, la del empoderamiento, la de igualdad
de oportunidades o equidad de género y la de democracia de género.
Sin embargo, es importante aclarar algunos temas de partida. El primero, es que estas
orientaciones generales adquieren su naturaleza sobre todo en términos de énfasis, de
mayor atención a algunos de los elementos, puesto que, en la práctica, es fácil observar
que las tres orientaciones se solapan y así, es posible apreciar que hay empoderamiento
en políticas de igualdad de oportunidades, y de democracia de género, o bien que au-
menta la igualdad de oportunidades tanto al aplicar estrategias de empoderamiento co-
mo de democracia de género. Es el acento puesto en cada uno de los aspectos y su con-
sideración como piedra de toque, lo que en definitiva identifica cada una de las corrien-
tes, como se verá mas adelante. El otro tema de partida se refiere a que algunos de los
instrumentos utilizados en las políticas de promoción de la mujer y la equidad de género
han acabado adquiriendo connotación estratégica, lo que hace que incluso sean vistos
como opción estratégica propiamente dicha, como es el caso, sobre todo, del gender
mainstreaming. Por esa razón, también tiene utilidad detenerse a examinar esa referen-
cia.
El tercer tema, relacionado con los anteriores, se refiere a la consideración de estas
orientaciones como opciones estratégicas o como fines en si mismas. Existen dos sensi-
bilidades al respecto. Una primera, que tiende a ver cada una de las orientaciones con
una doble naturaleza: medio (estratégico) y fin. Esta sensibilidad suele aparecer desde el
interior de cada orientación, pero también puede surgir en términos de confusión por
parte de un público no familiarizado con la temática. La segunda, mas extendida últi-
mamente, que considera estas orientaciones fundamentalmente como opciones estraté-
gicas, las cuales comparten, al menos en primera instancia, un mismo objetivo general:
avanzar en la equidad de género.
En todo caso, para examinar cada una de las propuestas se utiliza aquí la idea de estra-
tegia como concepto integral; es decir, aquella opción que:
a) parte de un determinado enfoque conceptual;
b) se dota de una metodología coherente con el enfoque elegido;
c) construye herramientas operativas consistentes con la lógica de esa metodología.
En breve, una estrategia avanza por un camino coherente desde lo conceptual hasta lo
operativo a través de un tronco metodológico que la articula.
1. La igualdad de oportunidades / equidad de género
Esta estrategia es la mas extendida, en términos de puesta en práctica a nivel público en
la época de la teoría de género y en concreto del desarrollo de la GED. Sin embargo,
sobre todo en América Latina, es conveniente observar tanto esa acción que realizan los
poderes públicos, como la que desarrollan otros agentes, principalmente organismos no
gubernamentales, frecuentemente con el apoyo de la cooperación internacional. La ac-
ción gubernamental se ha traducido, como en diversos países europeos, en políticas pú-
blicas de igualdad de oportunidades, mientras que la acción de los organismos no gu-
bernamentales, cuando ha superado el nivel de actuación puntual o atomizada, adqui-
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riendo alguna dimensión estratégica, se ha reconocido como planes o programas de gé-
nero, o bien como componentes de programas o proyectos con otros objetivos.
Sin embargo, ambas han compartido con frecuencia una misma óptica tanto diagnóstica
como estratégica, pudiéndose afirmar que las principales diferencias refieren al alcance
o radicalidad de medidas concretas, tanto a nivel general como en situaciones específi-
cas. Parten de la categoría género y utilizan el análisis de género, primero para comparar
la situación y posición de cada género. Desde este análisis, se dirigen principalmente a
mejorar la situación de las mujeres, utilizando con frecuencia medidas afirmativas a
favor de las mismas. En general, cuando se dirigen a los hombres lo hacen en términos
de sensibilización con la intención de complementar la acción a favor de las mujeres. Su
campo de acción es el que corresponde a las áreas que generalmente atienden las políti-
cas sociales (salud, educación, trabajo, etc.). Puede afirmarse que esta orientación se
expresa mundialmente y se consolida con la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer y
su principal resultado: la Plataforma de Acción.
Ahora bien, es importante consignar que en esta estrategia puede apreciarse claramente
una evolución, especialmente durante los años noventa. En efecto, si en un principio el
análisis de género se refería mucho más al diagnóstico de la situación de las mujeres o
bien a su comparación con la de los hombres, luego fue agregándose progresivamente el
análisis de las relaciones de género, lo que con frecuencia se tradujo en proyectos de
mayor relación entre objetivos de desarrollo y de equidad de género. De igual forma, el
acento inicial en la igualdad entre los géneros fue dejando paso a la idea de equidad, que
pretende la igualdad de oportunidades entre personas no necesariamente iguales. Tam-
bién comenzó a enfatizarse que es necesario distinguir factores diferenciales en la pro-
pia población femenina, necesitando por tanto una visión específica de cruces factoria-
les (clase, generación, raza, etnia, género, etc.)
Asimismo, la convocatoria a los hombres comenzó a ser más evidente (algo que se
aprecia fuertemente en los resultados de Beijing + 5), aunque fundamentalmente sin
abandonar una óptica instrumental: como se fue haciendo evidente que para mejorar
algunos problemas importantes (salud reproductiva, violencia de género, etc.) era nece-
sario integrar a los hombres en las acciones, se empezaron a convocar pero siempre co-
mo instrumento para mejorar la situación de las mujeres.
El otro rasgo de esta evolución se refiere a una cuestión de sistematicidad e integralidad.
En efecto, al principio se impulsaban con frecuencia acciones principalmente focales o
segmentadas y luego progresivamente se comenzó a plantear la transversalidad del en-
foque de género. Incluso las políticas públicas de igualdad de oportunidades se articula-
ban progresivamente con el conjunto de las políticas públicas, a las que trataban de
afectar de manera transversal. En relación con esa nueva perspectiva, pero sobre todo en
ámbitos institucionales, comenzó a proponerse el gender mainstreaming, del cual se
hablará mas adelante.
Las políticas de igualdad de oportunidades o de equidad de género son todavía las más
extendidas en términos de consenso y cobertura, pese a que han comenzado a sufrir cri-
ticas en cuanto a su contradicción principal y a su consiguiente limitación en términos
de eficacia. En efecto, como se indicó, en esta estrategia se manifestó desde sus oríge-
nes la contradicción entre la óptica conceptual (género y condiciones de género) y su
orientación operativa dirigida fundamentalmente al trabajo con mujeres. Con la evolu-
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ción interna sufrida durante los noventa, esta contradicción no fue menos evidente: si
ahora se integraba el plano de lo relacional entre los géneros, era más contradictorio que
el foco de trabajo fueran únicamente las mujeres. Y el incremento de la referencia a los
hombres desde una perspectiva instrumental, tampoco resolvía la cuestión principal:
como seguir avanzando en la equidad de género, cuando el compromiso y la simple
relación con esta temática es algo extraño para la mitad de la población. En el fondo, se
manifestaba más claramente la parcialidad del presupuesto de partida de las políticas de
igualdad de oportunidades: las mujeres se encuentran en una situación de desventaja
lineal con respecto a los hombres. Este presupuesto suponía considerar que los hombres
están en una posición que las mujeres tienen que alcanzar y conforme lo hagan se ira
avanzando hacia la equidad de género. Pero conforme las mujeres comenzaron a
aproximarse a esa posición, fueron evidentes dos cosas: en primer lugar, que la posición
de genero de los hombres no es precisamente una posición sustantivamente buena a
lograr por el hecho de ser dominante; en segundo lugar, que los cambios protagonizados
por las mujeres planteaban cambios en los hombres, para los cuales no se habían previs-
to políticas, con lo que se producían con frecuencia resistencias sociales, cuando no
movimientos de reacción (del tipo Promise Keeper norteamericano, etc.). Dicho en bre-
ve, la contradicción entre el consenso teórico de que género no es igual a mujeres, y
luego una acción solo para las mujeres parece difícil de mantenerse en el tiempo.
2. El empoderamiento de las mujeres
La orientación estratégica que hace de su piedra angular el empoderamiento de las mu-
jeres procede en realidad de presupuestos anteriores a las políticas de equidad de géne-
ro. Por esa razón, no existe consenso acerca de si esta estrategia significa el paso de
MED a GED como proponen algunas autoras, Moser por ejemplo, o si se trata de una
propuesta que nace paralela o previamente a la conceptualización del enfoque de géne-
ro. De hecho, la óptica del empoderamiento refiere al tronco de orientaciones cuyo foco
cognitivo y propositivo son las mujeres, tanto si considera que el problema está en las
mujeres como si piensa que ahí esta la solución. Por lo demás, el término empodera-
miento, en castellano un neologismo que trata de traducir la palabra inglesa empower-
ment, no tiene su origen en la teoría feminista, sino en la cultura política anglosajona,
con frecuencia referido a los sectores de base o las minorías oprimidas; y, en todo caso,
anterior al surgimiento del enfoque de género.
No obstante, la fuerte expansión de la perspectiva de género y la consiguiente orienta-
ción GED tuvieron efectos sobre la opción del empoderamiento. En primer lugar, por-
que desde GED la acción positiva y el empoderamiento de las mujeres son vistas como
parte del propio proceso de avance hacia la equidad de género. Sin embargo, no son su
piedra angular ya desde su formulación conceptual: género y relaciones de género signi-
fican una problematización de la dimensión de género de cualquier ser humano. El re-
sultado general de esta relación entre diferentes orientaciones ha sido que el empodera-
miento llegó a una disyuntiva: por un lado se integraba al curso principal de las políticas
de equidad de género o por otro mantenía su propio perfil aunque con una dimensión
mas reducida en el escenario de la acción con y para las mujeres. De hecho, la orienta-
ción que hace efectivamente del empoderamiento la piedra angular de su accionar, se
puede encontrar más fácilmente en las actuaciones de sectores de organizaciones de
mujeres, con apoyo de algunas agencias de la cooperación internacional.
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Como se sabe, la idea del empoderamiento de las mujeres tiene un fuerte anclaje perso-
nal, aunque también puede entrañar determinaciones grupales. En el plano personal, lo
que importa es el incremento de la capacidad de las mujeres para avanzar en la consecu-
ción del objetivo fundamental, que es la autonomía y el desarrollo de cada mujer, lo que
significa la adquisición de un mayor poder (interno y externo). Para ello es necesario
articular un trabajo de toma de conciencia (de las injusticias que conlleva la subordina-
ción histórica) junto con un incremento de su autoestima, que incluya una autoimagen
positiva y tendencialmente diferente a la del varón, así como una valoración del propio
trabajo, las propias habilidades y conocimientos y, sobre todo, de las propias potenciali-
dades. Ello significa poner el acento en el control de su propia sexualidad, de la repro-
ducción y de la seguridad personal, lo que remite a un incremento de su libertad y sus
expectativas, al menos en términos de posibilidad.
Este empoderamiento personal tendría consecuencias a nivel social en los distintos pla-
nos de la convivencia ciudadana. El empoderamiento jurídico se traduciría en seguridad
legal, mayores niveles de acceso a la administración de la justicia, así como capacidad
para influenciar la legislación existente. En el plano económico significaría garantía de
sobrevivencia, independencia económica personal, acceso a la propiedad y otros recur-
sos, así como a la información económica, al empleo y la seguridad social, etc. El em-
poderamiento cultural haría referencia a su influencia en el orden simbólico, sobre su
imagen y la de los otros, sobre las prácticas culturales, y en defensa de una cultura fe-
menina. En el plano político partiría de la alfabetización política, pero significaría ma-
yor participación en ámbitos políticos y acceso a ocupar cargos de representación y di-
rección. El empoderamiento social, en suma, conseguiría respeto de los otros, acceso a
instituciones y servicios, posibilidades de organización y capacidad de influencia a nivel
público.
Desde esta perspectiva, la orientación del empoderamiento presenta coherencia entre su
enfoque conceptual y su desarrollo operativo. En efecto, partiría de enfocar las mujeres
y su discriminación histórica, así como su potencialidad de liberación, y a partir de este
foco, su trabajo se centra en las propias mujeres, tomando al resto de la sociedad como
marco de referencia o de dominación.
Ahora bien, esta consistencia no sólo es fuente de sus fortalezas sino también de sus
debilidades. En primer lugar, existe un problema de partida con su naturaleza: buena
parte de las mujeres y de los grupos que trabajan por la equidad de género asumen el
empoderamiento como una herramienta o una consecuencia, pero no como una verdade-
ra estrategia. Es decir, la idea del empoderamiento aparece en las políticas de equidad
de género (de hecho, aparece en la Plataforma de Acción) con mucha frecuencia, pero
como un medio entre otros, o bien como el efecto beneficioso que tiene una determina-
da política de equidad. En este sentido tiene un uso bastante extendido, mientras que
como verdadera estrategia consistente (como la propuso la red feminista internacional
DAWN ante la III Conferencia sobre la Mujer, en Nairobi, 1985) su aceptación es mu-
cho menos común.
Esa estrategia consistente supone que mediante el empoderamiento de las mujeres va a
resolverse el problema fundamental existente. A este respecto, caben varias posibilida-
des: que resuelva el problema que afecta al conjunto de la sociedad, o bien que resuelve
sólo la falta de empoderamiento de las mujeres, con lo cual esa estrategia se transforma
en un fin en si misma. En el primer caso, mas allá de cómo se quiera denominar, se su-
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pone que el empoderamiento de las mujeres consigue avanzar hacia la equidad de géne-
ro en toda la sociedad, lo cual implica que incorpora también a los hombres. Pero como
actúa fundamentalmente para y con las mujeres, cabe preguntarse como puede incluir al
conjunto de la sociedad. Caben varias respuestas a esta interrogante. Por un lado, como
en el caso de las políticas de igualdad de oportunidades, cabe pensar que el empodera-
miento de las mujeres las lleva hasta alcanzar la situación de los hombres, a los que se
considera ya empoderados. Como vimos, esa versión rectilínea de la superación del su-
puesto déficit de las mujeres es tendencialmente androcéntrica, y no parece que corres-
ponda a una estrategia que apuesta por las potencialidades intrínsecas y diferenciadas de
las mujeres.
Por otro lado, cabe pensar que el empoderamiento de las mujeres va a producir efectos
correspondientes entre los hombres, ya sea por reflejo social, por goteo o por seducción
(como en algún momento se propuso desde el feminismo de la diferencia). El problema
que tiene ese supuesto es que descarta la posibilidad de que, lejos de ser siempre positi-
va, la reacción del conjunto social y en particular de los hombres sea, en mayor o menor
medida, por una vía u otra, tendencial o directamente negativa. El clima postfeminista
de sociedades europeas, los movimientos de hombres androcentristas (como el Promise
Keeper) o las contraofensivas organizadas por entidades religiosas, son claros ejemplos
de esa reacción contraria, que pone hoy seriamente en duda la idea de que el cambio de
la sociedad va a seguir al tirón del cambio en las mujeres. Y ello conduce al tema de las
transformaciones como efecto del cambio de las mayorías sociales. En efecto, ese ha
sido un viejo supuesto referido a la lucha contra la dominación de clase: dado que las
clases explotadas eran claramente mayoritarias, un cambio sustantivo de su parte incli-
naba seriamente la sociedad hacia su transformación y el problema quedaba reducido a
como controlar la reacción de la minoría desempoderada. Pero, como se sabe, ese no
puede ser el supuesto de partida en el caso de las relaciones de género, donde las pobla-
ciones subordinada y no subordinada presentan dimensiones similares. Un factor más
que otorga especificidad al escenario de la acción estratégica en materia de género.
Todo lo anterior cobra aun más fuerza cuando se trata de imaginar que el cambio en las
mujeres no sólo resuelve problemas en materia de género, sino que también (como su-
cede con frecuencia en el ámbito del desarrollo) resuelve graves problemas de la socie-
dad, como por ejemplo, la pobreza. En un informe sobre empoderamiento se afirma:
“en vez de reivindicar una política de equidad que solamente proporcionaría a las muje-
res una parte mas grande del pastel envenenado, las mujeres construirían colectivamente
el poder desde abajo con el fin de transformar las estructuras existentes de explotación y
opresión y, a la vez, perseguir el doble objetivo de eliminar la pobreza y la jerarquía de
géneros”
1
. Desde luego, esta visión no contiene un planteamiento riguroso de construc-
ción de mayorías o de acumulación de fuerzas, algo que signifique actuar seriamente
desde espacios mixtos, pero ello es consistente con todo el planteamiento. Por otro lado,
existe evidencia de que el mejoramiento de la situación de las mujeres es un factor im-
portante que contribuye y hace más sostenible el alivio de la pobreza, pero es difícil
tomar en serio una estrategia para superar la pobreza que contenga ese único factor, con
lo que volvemos a enfrentarnos al tema de cómo operar y tomar en consideración el
resto de los factores existentes, así como la articulación social para promover ese cam-
bio. Es decir, remite a todo lo examinado en el supuesto anterior.
1
Birte Rodenberg/ Christa Wichterich: Ganando Poder, Berlin 1999
Aplicando la democracia de género
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Ahora bien, cabe una posibilidad alternativa consistente en que el objetivo final de la
estrategia del empoderamiento no sea otro que el mismo empoderamiento de las muje-
res. Es decir, en este caso se trataría de una orientación que es al mismo tiempo estrate-
gia y meta final. El problema consiste entonces que este fin autoreferente no coloca en
el mismo nivel en términos de meta final el cambio de las mujeres y el cambio de toda
la sociedad. Ahora bien, al hacerlo así se separa en perspectiva de la meta de la equidad
de género: el empoderamiento de las mujeres puede seguir avanzando autónoma e infi-
nitamente sin necesidad de referente social. Lo que en el caso de que fuera posible con-
duciría a una situación sexista, al menos en términos de género. Algo que vendría a con-
firmar la sospecha de aquellos sectores contrarios a la equidad de género de que, en rea-
lidad, el cambio de las mujeres solo busca la “vuelta de la tortilla”.
La otra posibilidad es que se piense que el empoderamiento de las mujeres desarrollado
autónomamente va a entrar en conflicto con el resto de la sociedad, pero que ello es
precisamente lo que obligará al cambio del conjunto social. Dicho en breve, en términos
de estrategia política eso se reconoce como la óptica del “cuanto peor, mejor”, algo que
ya ha mostrado su elevado nivel de riesgo. El conflicto mismo, sin negociación, alianzas
y acumulación de fuerzas, suele ser un camino no democrático que termina mal con
mucha frecuencia, entre otras razones porque pierde legitimidad social. El conflicto en
materia de género, derivando en guerra de sexos, no sólo implica sufrimientos para mu-
jeres y hombres, sino un alto riesgo de estancamiento o retroceso en materia de equidad
de género.
3. La democracia de género
Esta orientación estratégica es la que presenta una formulación más reciente y surge
tratando de superar la inconsistencia de un enfoque de género integral que luego opera
sólo con y para la población femenina. En este sentido, se mueve en la dirección contra-
ria que la orientación vista anteriormente: si la estrategia del empoderamiento resulta
consistente cuando enfoca sólo la situación de las mujeres y opera sólo con mujeres y
grupos de mujeres, la propuesta de la democracia de género busca la consistencia entre
un enfoque de género que incluye toda determinación de género, en términos compara-
tivos y relacionales (partiendo del amplio consenso teórico de que género no es igual a
mujeres) y la necesidad de integrar al conjunto social en el escenario operativo, donde
cada situación específica dictará la combinación de instrumentos oportuna (incluyendo
con frecuencia acciones de empoderamiento de las mujeres).
En realidad, la democracia de género resulta el paso lógico a dar en la creciente dinámi-
ca genero-inclusiva que se manifiesta en las políticas de equidad de género; las cuales,
como se vio anteriormente, ponen cada vez más el acento en integrar lo relacional y en
convocar a los hombres en las acciones de mejoramiento de la condición de las mujeres.
Ciertamente, esta creciente dinámica genero-inclusiva no es precisamente un rayo en un
cielo despejado, sino que procede de una acumulación de condiciones que parten de
años de trabajo del género históricamente discriminado, las mujeres, para conseguir una
plataforma que hiciera posible la inclusión de la temática de género en la agenda nacio-
nal. No obstante, una cosa es lograr esa inclusión –como ha sucedido entre 1975 y 1995
en casi todos los países del occidente desarrollado y en buena parte de los que están en
vías de desarrollo- y otra cosa muy diferente es lograr que la temática emergente empa-
pe al conjunto social produciendo así un cambio efectivo de las relaciones sociales.
Aplicando la democracia de género
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La cuestión es que para que este avance sustantivo tenga lugar parece haberse planteado
la necesidad de un cambio de paradigmas en la política de género. Como plantean los
firmantes de una carta dirigida a la Ministra responsable de la políticas de igualdad de
oportunidades en Alemania: “Las políticas de igualdad de oportunidades fueron formu-
ladas sobre todo como medidas de promoción de las mujeres y con una orientación anti-
discriminatoria. Estas políticas tienen que ser reexaminadas para observar si sus énfasis
son todavía correctos y sus instrumentos pueden –sobre todo en el contexto económico
actual- tener verdadero impacto”
2
. El texto refiere a continuación algo sobre lo que hoy
hay consenso creciente, el frecuente olvido de los aspectos relacionales y de los hom-
bres en las anteriores políticas de genero, y muestran que el impasse en la participación
de los hombres en las responsabilidades familiares es el mayor obstáculo para una parti-
cipación de calidad de las mujeres en el mundo social y, con frecuencia, en el mundo
laboral. Dicho en breve, se acentúa la percepción de que el cambio a encarar no refiere
solo a un déficit de oportunidades para las mujeres sino a cambios de género en mujeres
y en hombres.
Esta visión no solo aparece en Europa o Estados Unidos sino que también comienza a
hacerse evidente en América Latina. Como afirma la paraguaya Line Barreiro: “el gran
desafío es proponer los cambios para el conjunto de las sociedades y para la construc-
ción de una nueva institucionalidad política.”
3
Desde luego, esta nueva perspectiva obli-
ga a una estrategia operativa de naturaleza género-inclusiva. Como afirma Judith Aste-
larra: “el problema principal hoy es que esto no se producirá, si los hombres no cambian
también.”
4
Es a estas necesidades que trata de responder la estrategia de la democracia de género y,
en este sentido, es efectivamente algo nuevo respecto de las políticas anteriores, ya que
enfatiza la necesidad de convocar no sólo a las mujeres, sino al conjunto de la sociedad,
hombres y mujeres, para continuar avanzando hacia la equidad de género. Y precisa-
mente su énfasis en la inclusión es lo que puede permitirle no excluir situaciones especí-
ficas dónde sea necesario realizar acciones de empoderamiento de las mujeres, o de
igualdad de derechos y oportunidades, siempre y cuando el norte general de estas accio-
nes específicas no sea el cambio en la mitad de la sociedad, sino que convoque al con-
junto de esta para lograr sus fines. En tal sentido, la democracia de género tampoco ex-
cluye necesariamente la existencia y la necesidad de espacios propios de mujeres (o de
hombres), pero si es verdad que hace de las relaciones entre los géneros su foco princi-
pal de actuación y avance hacia la equidad de género.
Desde luego, uno de los aspectos que otorgan novedad a esta propuesta consiste en su
búsqueda sistemática de incluir a los hombres en la tarea común y el compromiso hacia
la equidad de género. Y también, en ese sentido, propone una nueva perspectiva del
trabajo con los hombres y entre los hombres. No se trata de negar a los grupos de hom-
bres, la necesidad o conveniencia de tener sus propios espacios, pero al mismo tiempo
2
“Por la Democracia de Género”. Carta abierta a la Ministra para la familia, los ancianos, mujeres y jó-
venes del Gobierno Federal de Alemania, Noviembre 1998
3
Line Barreiro: “Cambios para el conjunto de la sociedad”. En: Gomáriz/Meentzen (comp.): Democracia
de Género. Una propuesta para Mujeres y Hombres del Siglo XXI. San José/San Salvador 2000; tomado
de la Revista “Especial/Fempress: Feminismos Fin de Siglo”, 1999
4
Judith Astelarra: “Autonomía y espacios de actuación conjunta”. En: Gomáriz/Meentzen (comp.): De-
mocracia de Género. Una propuesta para Mujeres y Hombres del Siglo XXI. San José/San Salvador 2000;
tomado de la Revista “Especial/Fempress: Feminismos Fin de Siglo”, 1999
Aplicando la democracia de género
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no busca conducirlos a una actuación por separado y segmentada de la lucha común por
la equidad de género, como sucede hasta ahora con buena parte de estos grupos. Se trata
más bien, de que los hombres, desde los grupos de hombres o desde espacios mixtos, se
integren en la corresponsabilidad del trabajo a favor de la equidad de género, en una
plataforma común de mujeres y hombres.
Lo anterior tiene algunas implicaciones políticas importantes respecto al trabajo opera-
tivo con los hombres. Ya no se trata tanto de esperar que los pequeños grupos de hom-
bres vayan conformando un movimiento social más amplio que converja en algún mo-
mento futuro con el de las mujeres en el avance hacia la equidad de género, sino de es-
tablecer alianzas con todos aquellos hombres sensibilizados en mayor o menor grado
por la experiencia y/o el cambio cultural que existe ya sobre materia de género. Cierta-
mente, es muy posible que un gran número de estos hombres se encuentren sobre todo
en los espacios mixtos y no tanto en los pequeños grupos que trabajan sobre la masculi-
nidad.
Puede afirmarse que la democracia de género en tanto nuevo paradigma no refiere tanto
al pasado sino que se establece principalmente de cara al futuro. En tal sentido, supone
una ruptura definitiva con la vieja tesis de que lo que hay que superar es el déficit de las
mujeres en comparación con los hombres. El problema ya no es lograr que las mujeres
se pongan al nivel de los hombres, como si ellas tuvieran que asociarse a los parámetros
masculinos y los hombres no tuvieran nada que modificar. En el fondo, el viejo para-
digma basado en la necesidad de superar los déficits de las mujeres supone, por un lado,
desconocer el alcance de los cambios socioculturales impulsados por las mujeres, por
otro lado, mantener de una forma u otra la visión androcéntrica de la sociedad.
En el fondo, el nuevo paradigma de la democracia de género significa un acercamiento
entre los fines y los medios. Si el fin consiste en conseguir la corresponsabilidad de mu-
jeres y hombres en los espacios públicos y privados, (siempre nutriéndose de la diversi-
dad que ello supone); el medio consiste en crear las condiciones para que el propio
avance hacia la equidad de género sea también cada vez más una corresponsabilidad de
mujeres y hombres.
En términos políticos, ello significa que los avances de las mujeres y su conciencia en
términos de género tienen que darse, a partir de ahora, al mismo tiempo que se persigue
la inclusión progresiva de los hombres en el avance hacia un nuevo trato más equitativo
entre los géneros y en la mejora de su grado de conciencia sobre su propia identidad de
género (masculina) y los cambios que esta identidad necesita. Ello no significa la nece-
sidad de esperar a que se de un paralelismo perfecto y un nivel semejante de conciencia
en mujeres y en hombres. Significa que las acciones y las políticas para la equidad de
género dejen de dirigirse sólo a las mujeres para enfocarse también en los hombres y,
sobre todo, a las relaciones entre los géneros.
La experiencia concreta de la aplicación de la democracia de género, sobre todo a partir
de la Fundación Heinrich Böll, es que esta estrategia trabaja tanto en el plano de los
comportamientos individuales como en el cambio de las condiciones estructurales de las
relaciones de poder. La democracia de género busca la transformación más integral de
la naturaleza y dinámica de las organizaciones, actuando a nivel estratégico y estructural
y convocando para ello a todos, hombres y mujeres que trabajan en la organización. Ya
no se trata, por tanto, de fortalecer grupos de mujeres al interior de las organizaciones
Aplicando la democracia de género
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mixtas, para arrancar reivindicaciones de género (regularmente frente a los hombres),
sino de fortalecer la posición de las mujeres, para incluir a mujeres y hombres en la ta-
rea común de establecer una política de género de la organización misma.
Ahora bien, el énfasis en la perspectiva género-inclusiva de la democracia de género
también puede ser fuente de riesgos. En efecto, esta visión amplia obliga a un mayor
rigor diagnóstico y propositivo, puesto que, sin ese rigor, la ampliación del menú de
opciones operativas puede concluir en ausencia de criterios de prioridad, confundiendo
urgencias y posibilidades. Intentar impulsar una gran cantidad de instrumentos al mismo
tiempo, cuando no hay condiciones para ello, puede dar lugar a la confusión operativa.
Por eso es necesario subrayar que la democracia de género no puede significar un menor
rigor en el compromiso hacia la equidad de género, ni una menor exigencia en la calidad
técnica, sino que demanda todo lo contrario, porque, en caso opuesto, corre el riesgo de
disolución tan conocido con la transversalidad, que siendo un criterio necesario, cuando
se aplica ligeramente deja de existir en realidad.
La otra debilidad de esta orientación emergente es que todavía es utilizada con signifi-
cados diferentes. Por un lado, es frecuente identificarla con actuaciones parciales o es-
pecíficas de las políticas de equidad de género. La más frecuente es la que piensa que la
democracia de género es una forma más rigurosa de enfocar la temática de género en el
ámbito de los sistemas políticos; es decir, se trataría de un enfoque referido a la partici-
pación política de las mujeres y a las determinaciones de género de las democracias
existentes. Y ciertamente, este campo forma parte de la estrategia de la democracia de
género, pero sólo es un campo entre otros. otra visión parcial de la democracia de géne-
ro es la que la relaciona con determinados cortes operativos, los más frecuentes la trans-
versalidad y el gender mainstreaming. Este asunto será tratado más adelante.
Por otro lado, existe la tensión entre su significado como estrategia y como meta final.
Cuando se usa como fin, la democracia de género no tiene una diferencia sustancial con
la equidad de género: la situación a alcanzar es la misma en ambos casos
5
. Ahora bien,
cuando se usa como una estrategia política de género para llegar a esa situación, adquie-
re una mayor especificidad, que hace de ella una propuesta diferente a las otras aquí
analizadas. Ciertamente, existe una tendencia, como ya se apuntó, a no diferenciar estra-
tegias por el hecho de que todas comparten parcialmente perspectivas o instrumentos
operativos. Pero esa tendencia confunde lo que puede ser una política de alianzas entre
sectores o grupos con estrategias distintas, algo que suele ser constructivo, con lo que es
la clarificación saludable de cada eje estratégico. En efecto, la democracia de género
puede ser aplicada en un contexto determinado, donde sea necesario un fuerte trabajo de
empoderamiento de las mujeres, pero ello no significa que pierda de vista otros aspectos
estructurales y relacionales de dicho contexto, porque no hace del empoderamiento su
enfoque ni su herramienta privilegiada (ello, como se dijo, depende del contexto). Por el
5
La equidad de género se refiere a la distribución justa de derechos, oportunidades, recursos, responsabi-
lidades, tareas, etc. entre los géneros respetando las diferencias entre mujeres y hombres. La democracia
de género se refiere a lo mismo: la participación de personas diferentes con los mismos derechos. El tér-
mino implica además diálogo, información, negociación y acuerdos entre ambas partes en base a sus
intereses comunes y diferentes. Una ventaja de la “democracia de género” como meta final puede ser su
utilidad para convocar a muchos sectores hacia un amplio consenso, dado que nadie quiere ser antidemo-
crático. Sin embargo, en términos de contenido y objetivo, quiere alcanzar lo mismo que la equidad de
género.
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contrario, en la estrategia del empoderamiento difícilmente puede pensarse que se inte-
gren acciones sustantivas dirigidas a la condición de género de los varones.
Probablemente, la mayor debilidad de la democracia de género es precisamente el hecho
de ser una propuesta naciente, con poca implementación todavía y, sobre todo, débil
sistematización de experiencias. Ello guarda relación con su recepción entre los actores
que trabajan esta temática y, sobre todo, con el movimiento de mujeres. En efecto, por
más coherencia interna que tenga la propuesta, si una proporción significativa de grupos
de mujeres no la toman en cuenta o directamente la rechazan, su avance entre sectores
mixtos, poderes públicos o agencias de cooperación será más lento y tendrá mayor ries-
go de ser algo difuminado, como ya se vio anteriormente. En este sentido, la democracia
de género es todavía una apuesta, cuya suerte depende en buena medida de cómo en-
frente el movimiento de mujeres su cambio paradigmático.
Por esa razón, el tema de su sistematización práctica resulta relevante. El ejemplo de
una experiencia referida por una representante de un grupo de mujeres en El Salvador
podría ser ilustrativo. El trabajo de este grupo se concentró en varias comunidades de
una zona rural afectada por los terremotos de febrero del 2001, principalmente en temas
de reconstrucción y atendiendo fundamentalmente a las mujeres. Cuando apareció el
tema de la violencia doméstica en las comunidades, el grupo acudió a tácticas de empo-
deramiento de las mujeres, pero su percepción es que los niveles no se reducían o inclu-
so aumentaban. Como se trataba de una población no muy numerosa, se probó con una
intervención dirigida hacia los hombres y en particular hacia los ofensores, con el resul-
tado apreciable de que los niveles de violencia tendieron a disminuir. Ante esta situa-
ción, la agencia internacional que apoyaba la organización de mujeres ofreció de inme-
diato mayores recursos para continuar en esta línea. Ello colocó en un dilema a la propia
organización de mujeres: como era posible que partiendo de una decisión de trabajar
con las mujeres, tuviera ahora que actuar con el conjunto de la población. La solución
encontrada fue tratar el asunto con las autoridades municipales. Tras negociaciones en-
tre las distintas partes la municipalidad aceptó a hacerse cargo de la problemática de la
violencia intrafamiliar, siempre monitoreada por el grupo de mujeres. Al concluir el
relato sobre esta experiencia, la representante del grupo de mujeres se preguntaba si no
estarían desarrollando una estrategia de democracia de género antes de haber escuchado
de esa propuesta sistematizadamente. Este ejemplo muestra claramente que la sistemati-
zación de experiencias que corresponden a una orientación de democracia de género
facilitaría su comprensión y discusión entre los grupos y entidades que trabajan en asun-
tos de género.
Aplicando la democracia de género
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ESTRATEGIAS: ENFOQUES E INSTRUMENTOS
Empoderamiento de las
Mujeres
Igualdad de Oportuni-
dades/ Equidad de Gé-
nero
Democracia de Género
ENFOQUE
Situación y condición de
las mujeres
Potencialidad de las
mujeres para el cambio
Empoderamiento indi-
vidual y colectivo
Situación y condición de
las mujeres
Análisis y comparación
entre géneros
Relaciones de género
más equitativas
Igualdad/equidad entre
mujeres y hombres
Situación y condición de
mujeres y hombres
Convoca y corresponsa-
biliza al conjunto de la
sociedad
Cambio en las estruc-
turas y en la identidad
de género de mujeres y
hombres
Relaciones democráticas
de género en lo inter-
personal, laboral, fami-
liar y político
INSTRUMENTOS
Talleres de autocon-
ciencia
Talleres de autoestima
Promoción de control
sobre su sexualidad y
salud reproductiva
Promoción de autono-
mía personal y econó-
mica
Redes contra la violen-
cia de género
Conquista de espacios
de poder por mujeres
Análisis de género
Acciones afirmativas a
favor de las mujeres
Planes de Igualdad de
Oportunidades
Información y sensibili-
zación de los hombres
Mainstreaming mujeres
y género a nivel institu-
cional estatal y de polí-
ticas sociales
Genderbudgeting
Análisis de género
holístico
Acciones diferenciadas
para mujeres y hombres
en espacios separados y
mixtos
Promoción de diálogo y
negociación entre los
géneros
Normativa de corres-
ponsabilidad de hom-
bres y mujeres
Redistribución de recur-
sos y del cuidado social
Compatibilización de
mundos público/laboral
y privado/familiar
Mainstreaming género-
inclusivo
Campañas de cambio
cultural para el conjunto
de la sociedad
Aplicando la democracia de género
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4.
El método de gender mainstreaming
El hecho de que se haya desarrollado una preocupación creciente por asegurar la inte-
gración de la perspectiva de género en las políticas generales de una forma sistemática
(y no de manera puntual como había sucedido con frecuencia), ha extendido notable-
mente la propuesta metodológica del gender mainstreaming. De hecho, en la Unión Eu-
ropea y buena parte de sus Estados miembros, cuando se plantea la temática de género –
desde mediados de los años noventa- se asocia irremediablemente con la idea del gender
mainstreaming; el propio Consejo de Europa en su recomendación general sobre la ma-
teria(1998)
6
afirma estar: “convencido de que una de las principales estrategias para
alcanzar la igualdad efectiva entre mujeres y hombres es el gender mainstreaming”. Sin
embargo, la enorme extensión del uso del término, no siempre ha ido acompañada de
una claridad similar en cuanto a su naturaleza. Por eso tiene sentido mencionarlo en este
espacio de introducción conceptual sobre estrategias, entre otras razones, para tratar de
identificar si puede considerarse o no una estrategia propiamente dicha.
Un punto de partida sería aclarar la voz idiomática, tan radicalmente anglosajona que
difícilmente soporta una traducción adecuada, por lo que tiende a utilizarse en su idioma
original (ingles). Con frecuencia se ha traducido como transversalización, una idea algo
anterior y que no corresponde con precisión a la voz original. En efecto, la transversali-
zación del enfoque de género es algo que procede de los años ochenta, en relación con
el debate de políticas específicas o integración del género en todas las políticas. La voz
gender mainstreaming, extendida desde fines de los ochenta, no significa exactamente
transversalización, sino incorporación de la perspectiva de género en la corriente prin-
cipal de una entidad o proceso. Así, mientras la transversalización convoca a la incorpo-
ración sistemática de una temática (género en este caso) en todos los componentes de
una estructura, el gender mainstreaming busca asegurar que dicha temática se incorpore
en la matriz estructural, en el corazón de una acción pública, por ejemplo, sin que ello
tenga que significar necesariamente que esté incorporada en cada componente a un
mismo nivel. Por eso tiene una connotación estratégica, aunque sea fundamentalmente
un método.
En efecto, lo que regularmente se entiende por una orientación estratégica o un enfoque
estratégico, incorpora desde una mirada conceptual, hasta su consiguiente desarrollo
operativo, que suele incluir método y herramientas. Ello ha sido posible encontrarlo en
cada una de las propuestas aquí examinadas anteriormente. Sin embargo, el gender
mainstreaming carece de una perspectiva conceptual propia, aunque tampoco sea una
simple herramienta.
Respecto del punto de vista conceptual, lo que suele suceder con el gender mainstrea-
ming es que sea asociado a una determinada estrategia. Así, en la Unión Europea se
asocia permanentemente a la igualdad de oportunidades, pero también es posible obser-
var, en la Fundación Heinrich Boell por ejemplo, quienes la asocien a la democracia de
género. Ciertamente, es mas infrecuente que quienes proponen el empoderamiento co-
mo una estrategia y no sólo como un componente, asocien esta orientación con el gen-
der mainstreaming; mas bien de este sector es que surgen las principales críticas a este
método. La razón de lo anterior no es difícil de señalar: en efecto, el gender mainstrea-
ming supone un cruce temático efectivo entre la perspectiva de género y el resto de los
6
Consejo Europeo, Recomendación No. R. (98) 14, del 7 de Octubre de 1998
Aplicando la democracia de género
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temas o políticas que componen la vida social, algo que se asocia mucho más con pers-
pectivas de género que enfocan al conjunto social, que con otras que enfocan fundamen-
talmente a las mujeres.
Así, en un intento de definición realizado desde la Unión Europea
7
, no por casualidad
referido a la incorporación de la igualdad de oportunidades en las políticas de la Comu-
nidad, se afirma: “Gender mainstreaming incorpora no sólo esfuerzos restringidos a la
promoción de la igualdad mediante la implementación de medidas específicas de apoyo
a las mujeres, sino que refiere a la movilización de las políticas y las acciones específi-
cas hacia el propósito de alcanzar la igualdad, mediante la activa y abierta toma en con-
sideración desde la fase de planificación de los posibles efectos sobre la situación tanto
de hombres como de mujeres (perspectiva de género).”
Sin embargo, la cuestión es que puede incorporarse la temática de género en la matriz
estratégica de una política de salud, por ejemplo, con lo que se estaría realizando gender
mainstreaming y hacerlo con una convocatoria instrumental hacia los hombres o una
débil visión relacional, con lo que se seguiría en la contradicción característica de las
tradicionales políticas de igualdad de oportunidades, o bien, podría hacerse con una
convocatoria política de los hombres en el sentido de su participación y co-
responsabilidad, en el contexto en una visión relacional, con lo cual se estaría impulsan-
do una estrategia de democracia de género. Incluso, aunque haya una menor convergen-
cia con la orientación del empoderamiento, también es teóricamente posible tratar de
incorporar solo medidas de empoderamiento de las mujeres en el corazón de una deter-
minada política, aunque entonces fuera difícil obtener ese cruce temático género-
inclusivo hacia el que tiende el método de gender mainstreaming.
En suma, el gender mainstreaming es un método que puede ser utilizado desde distintas
estratégias, aunque sea cierto que tiene más consonancia con unas que con otras. De
hecho, como se ha señalado, uno de los manuales sobre gender mainstreaming más ac-
tuales, el elaborado por el PNUD en 2001, muestra el abanico de perspectivas estratégi-
cas que pueden utilizarse con este método. Sin embargo, tampoco se trata de una simple
herramienta, como se presenta en ocasiones, porque contiene un procesamiento más
complejo. Podría afirmarse que, en términos operativos, resulta como un computador o
un automóvil, que no son instrumentos simples, pero que necesitan de orientación y
operación para mostrar su utilidad estratégica.
Las críticas que se hacen al gender mainstreaming, muchas veces envueltas en confu-
siones acerca de su naturaleza, se mueven en dos direcciones principales. La primera,
refiere al hecho de que la incorporación de la temática de género a una corriente princi-
pal (institucional o de políticas) puede tener el riesgo de hacerse por agregación, sin
modificar la orientación de ese mainstream (corriente principal). Esta crítica se hace con
frecuencia desde quienes prefieren el enfoque del empoderamiento en dos sentidos: Por
una parte, refiriéndose a la no modificación de los contenidos de este mainstream y, por
la otra, señalando que generalmente esos contenidos suelen inscribirse en una perspecti-
va patriarcal (por lo que hablan del “malestream” para descalificarla).
La otra dirección en que se mueven las críticas al mainstreaming se refiere al hecho de
que en muchas definiciones del mismo se enfatiza la necesidad de una visión género-
7
"Incorporating equal opportunities for women and men into all Community policies and activities"
(COM(96)67final)
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inclusiva y no solo referida a las mujeres. Se apunta pues a riesgo de que las necesida-
des de las mujeres pierdan relevancia y, para evitarlo, se proponen fórmulas compensa-
torias como la de que el women mainstreaming es tan importante como el gender mains-
treaming.
Ciertamente, ambos tipos de críticas no refieren necesariamente al mainstreaming en
tanto método. La primera, porque se refiere en realidad a un uso deficitario del gender
mainstreaming, en el sentido de que no se logra un verdadero cruce entre la temática de
género y la temática del mainstream que se relacione (institucional o de políticas). Des-
de luego, sobre todo en el contexto de la Unión Europea, aparecen muchas críticas sobre
este método que apuntan en realidad a un mal uso del mismo o a su débil puesta en
práctica. En cuanto a la segunda crítica, como se ha visto no se trata en realidad de nin-
guna crítica específica al método del gender mainstreaming, sino que refleja una pre-
ocupación y en muchas ocasiones una resistencia a la necesidad de pasar a una perspec-
tiva género-inclusiva que no se centre únicamente en las mujeres. Esto nos remite al
debate sobre estrategias y paradigmas que están encarando aquellas entidades, grupos y
sectores preocupados por el avance efectivo hacia la equidad de género.
Aplicando la democracia de género
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II. LOS MANUALES DE GÉNERO DESDE LA PERSPECTIVA
DE DEMOCRACIA DE GÉNERO
Algunas advertencias a modo de introducción
En este apartado se analizará una cantidad de manuales producidos en América Latina y