Los estudios y mediciones comúnmente realizados sobre pobreza, sólo permiten dar cuenta de la
población total y por sexo, y por lo tanto de la población femenina que viven en hogares pobres. La
comprensión de la pobreza relativa de las mujeres por razones de género requiere incorporar categorías
de análisis que den cuenta de los factores estructurales o determinantes de la situación de la mujer. De
esta forma se considera que la división sexual del trabajo que caracteriza a las sociedades occidentales y
en particular a la chilena, está en la base de la desigualdad de oportunidades que tienen las personas de
distinto sexo para acceder a los recursos materiales y sociales –propiedad del capital productivo, trabajo
remunerado, educación, capacitación–, así como a participar en la toma de las principales decisiones
políticas, económicas y sociales que norman el funcionamiento de una sociedad.
Los indicadores propuestos para el nivel estructural corresponden a aquellos que permiten
visibilizar los aportes que las mujeres hacen en trabajo no remunerado a la producción nacional. Tienen
una connotación especialmente ideológica desde el momento que cuestionan las categorías económicas
convencionales en cuanto al concepto de trabajo, ampliando sus límites para incorporar al trabajo
doméstico como un trabajo socialmente necesario. Así, la fuerza de trabajo requerida para alcanzar una
determinada producción nacional corresponde a la suma del trabajo remunerado más el trabajo doméstico
no remunerado. Por otra parte, es posible realizar estimaciones sobre el valor de mercado del trabajo
doméstico, las que permiten dar cuenta de la magnitud relativa del aporte gratuito que las mujeres hacen
a la producción nacional.
Se distingue un segundo nivel explicativo de la pobreza de las mujeres por razones de género,
definido como determinante intermedio. Los indicadores que permiten caracterizar este nivel explicativo
se enmarcan dentro de las áreas: oportunidades para acceder a la propiedad de la tierra y del capital
productivo, oportunidades para desarrollar su capital humano, a través del acceso a la educación y a la
capacitación, oportunidades para acceder al trabajo remunerado y oportunidades para participar en la
toma de decisiones estratégicas en los ámbitos político, económico y social.
En un tercer nivel, se incluyen indicadores considerados como resultado de los factores
estructurales e intermedios. Estos se agrupan en diferentes áreas consideradas significativas para el
estudio de la pobreza relativa de las mujeres por razones de género. También se calculan los niveles de
los indicadores seleccionados para el año 1996, utilizando como fuente la Encuesta CASEN de ese año.
Entre ellas, la capacidad de independencia económica, medida por la proporción que del total de ingresos
generados por la economía reciben las mujeres, pudiendo señalarse que en 1996 las mujeres recibieron el
26.5% del total de los ingresos provenientes del trabajo y de la propiedad. Otras áreas seleccionadas se
relacionan con las oportunidades de educación en los niveles básico, medio y técnico profesional; las
oportunidades laborales y de acceso a los ingresos del trabajo; la vulnerabilidad a la violencia física; las
posibilidades de compartir la maternidad y las características de los hogares en que viven las mujeres.
Por último se identifican cuatro sectores de mujeres especialmente afectados, tanto por la pobreza
de género, como por la pobreza absoluta derivada de su inserción en hogares pobres. Entre ellos, las
niñas y jóvenes, las mujeres mayores, las mujeres rurales y las jefas de hogar. Para cada uno de ellos se
definen indicadores que podrían ser considerados en el diseño de políticas y programas orientados a
mejorar sus condiciones de vida desde una perspectiva social amplia que incluya sus necesidades
específicas de género.