género de manufacturas, las empresas orientadas a la exportación e intensivas en mano de obra
femenina han consolidado un asidero sólo en algunos países, mientras que los complejos factores
políticos y económicos han impedido su emergencia en la mayoría de los países del África
subsahariana y de Oriente Medio.
Además, las razones para la feminización son sumamente diversas. En algunos contextos (como
en el México de los años 80), muchas mujeres han ingresado en el mundo del trabajo asalariado
bajo duras condiciones, caracterizadas por un desempleo masculino creciente, un descenso de
los salarios reales y recortes en los gastos sociales. Sin embargo, en otros países, por ejemplo en
Bangladesh, la fuerza laboral en la nueva industria del vestido no es en ningún sentido un grupo
homogéneo, conducido al trabajo en las factorías solamente por imperativos de supervivencia.
Más bien, está compuesto de diferentes grupos de mujeres que han entrado a trabajar en las
fábricas como respuesta a las diferentes necesidades e incentivos (Kabeer, 1995: 8).
Los estudios de micronivel ponen de relieve las posibilidades que el ingreso en los mercados
laborales urbanos ha abierto para algunos grupos de mujeres en ciertos contextos, permitiéndoles
renegociar los términos de sus relaciones domésticas y, en algunos casos, abandonar relaciones
insatisfactorias o no entablarlas. Esto no pretende negar el hecho de que la mayor capacidad de
maniobra en el hogar puede verse aparejada de diferentes controles patriarcales en el marco de la
factoría, que, como sostenía un estudio del trabajo industrial de mujeres en Java, mantiene a las
empleadas de las factorías “relativamente conformes”, con bajos salarios y, en gran medida,
desprotegidas en empleos industriales que suelen ser peligrosos (Wolf, 1992: 254). Hay pruebas
que demuestran los peligros para la salud, tanto físicos como mentales, que implica el trabajo en
estas industrias. Esto se debe, a menudo, al uso de sustancias cancerígenas, largas jornadas
laborales y, además, al carácter repetitivo y rápido del trabajo, que deja a las jóvenes trabajadoras
prematuramente “quemadas” o “desgastadas” en el proceso laboral.
Los debates sobre el ingreso de las mujeres al mundo del trabajo asalariado han suscitado
muchas preguntas metodológicas difíciles. Una de éstas es la tensión entre criterios objetivos
(competencias, salarios, temas de la salud) y temas subjetivos (las percepciones que tienen las
mujeres de su propio trabajo) para evaluar las implicaciones de aquella forma de trabajo en la
erradicación de la pobreza y para temas más amplios de discriminación y subordinación. Aunque
se necesitan claramente referencias para ciertos criterios objetivos de bienestar con el fin de
distanciarse de la insistencia utilitaria en tomar preferencias subjetivas como el único criterio para
formular juicios acerca de los valores y el bienestar, también existe la necesidad de que las
percepciones y valores de las mujeres encuentren un espacio en estas discusiones, aunque no
fuera más que porque nos permiten entender mejor las opciones que toman las mujeres. En un
nivel más práctico, aunque la mejora de las condiciones laborales sigue siendo un tema