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En este contexto, la Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo
(CMMAD) focalizó su trabajo en los estilos de desarrollo y sus repercusiones para el
funcionamiento de los sistemas naturales, subrayando que los problemas del medio
ambiente se encuentran directamente relacionados con los de la pobreza, la satisfacción
de necesidades básicas de alimentación, salud y vivienda, las fuentes renovables de
energía y el proceso de innovación tecnológica. Señalándose, además, como los tres ejes
principales del desarrollo el aumento de la producción (crecimiento económico), la
distribución apropiada de los recursos (combate a la pobreza), y el mantenimiento del
ecosistema (sostenibilidad ecológica). Asimismo en su Informe denominado "Nuestro
futuro común" esta Comisión definió la sustentabilidad como la posibilidad de "satisfacer
las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de que las futuras
generaciones puedan satisfacer sus propias necesidades" (Comisión Brundtland, 1987).
Esta definición implica incorporar el largo plazo como un elemento insoslayable en la
planificación del desarrollo, así como la consideración intrageneracional e
intergeneracional de la equidad.
A pesar que esta tesis sigue vigente y es profusamente utilizada, no ha estado
alejada de controversias. Se le cuestiona su status científico, y sus implicancias para los
programas políticos y económicos ya establecidos y aquellos que se están iniciando.
Asimismo su amplitud la deja expuesta a interpretaciones muy distintas, lo que muchas
veces ha conducido a equívocos.
Según algunos autores, uno de los problemas es la falta de consenso sobre cómo
medir el bienestar en términos sociales. Por este motivo, se proponen definiciones de
mayor complejidad. Por ejemplo, Robert Ayres señala que "la sostenibilidad se concibe
como un proceso de cambio en el que la explotación de los recursos, la dirección de las
inversiones, la orientación del desarrollo tecnológico y el cambio institucional está en
armonía con y aumenta el potencial actual y futuro para satisfacer las necesidades y
aspiraciones humanas" (citado en Arizpe, Paz y Velásquez y otros, 1993).
En el marco regional, el informe "Nuestra propia agenda" elaborado por la
Comisión de Desarrollo y Medio Ambiente de América Latina y el Caribe (1990), enfatizó
los vínculos entre riqueza, pobreza, población y medio ambiente, e intentó sentar las
bases para iniciar un proceso de sustentabilidad en la región. De forma paralela, la
CEPAL determinó la necesidad de armonizar los desafíos de tornar las economías
latinoamericanas más competitivas, promover mayor equidad y permitir la preservación
de la calidad ambiental y del patrimonio natural de los países, a la vez que consideró la
relación entre desarrollo y medio ambiente como de carácter sistémico. De igual modo, a
partir de evaluaciones y estudios previos, sostuvo que "la sustentabilidad del desarrollo
requiere un equilibrio dinámico entre todas las formas de capital o acervos que participan
en el esfuerzo del desarrollo económico y social de los países, de tal modo que la tasa de
uso resultante de cada forma de capital no exceda su propia tasa de reproducción [...]
Entre las formas de capital más importantes cabe destacar el capital humano (en que las
personas también representan el sujeto del desarrollo), el capital natural, el acervo
institucional (los sistemas de decisiones), el acervo cultural, el capital físico
(infraestructura, maquinarias y equipos) y el financiero" (CEPAL, 1991, pp. 24 y 25).
El proceso previo y la propia Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio
Ambiente y el Desarrollo, realizada en Rio de Janeiro en 1992,