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Resumen
Es mayor el número de mujeres que el de hombres que viven
en la pobreza. En el último decenio la disparidad ha aumentado, particularmente
en países en desarrollo. Al reducir la “discrepancia de género” en salud y educación
se reduce la pobreza individual y se alienta el crecimiento económico. Si
bien el crecimiento económico y la elevación del ingreso reducen la desigualdad
de género, no eliminan todas las barreras que se oponen a la participación social
y el desarrollo de la mujer. Es preciso adoptar acciones concretas para asegurar
que las instituciones sociales y jurídicas garanticen la igualdad de la mujer
en cuanto a los derechos humanos y los derechos jurídicos básicos. Las mujeres
necesitan tener acceso a la tierra y otros recursos y poder controlarlos, y también
necesitan empleo e ingresos equitativos, además de participación social y política. Los
efectos más obvios y brutales del prejuicio de género se ponen de manifiesto en
la violencia sexual. Una de cada tres mujeres será, en algún momento de su vida,
víctima de violencia. El grado de poder, el nivel de nutrición, el estado de salud
y la asignación del tiempo pueden ser factores más importantes que el ingreso
para determinar las diferencias en bienestar entre hombres y mujeres. Las
encuestas muestran que en casi todos los países, las mujeres trabajan más horas
que los hombres y que al menos la mitad del tiempo total de trabajo de la mujer
se dedica a tareas no remuneradas. Gran parte de este trabajo no se computa en
los sistemas de cuentas nacionales. Esta invisibilidad se trasunta en incapacidad:
lo que los países no computan, tampoco lo apoyan. Los programas
que reducen la desigualdad de género pueden mejorar apreciablemente el bienestar
de los individuos y los hogares y el crecimiento económico de los países. Si los
países de África al sur del Sahara, el Asia meridional y el Asia occidental hubieran
tenido la misma proporción femenina/masculina en años de escolarización que el
Asia oriental en 1960, y si aquellos países hubieran eliminado la discrepancia
de género en la educación con la tasa lograda en el Asia oriental entre 1960 y
1992, su ingreso per cápita podría haber aumentado de 0,5 a 0,9 puntos porcentuales
más por año en África al sur del Sahara, 1,7% más en el Asia meridional y 2,2%
más en el Asia occidental. Al mejorar la educación de la
mujer se contribuye a reducir las tasas de fecundidad y de malnutrición infantil
y a mejorar la supervivencia de las madres y los niños. Un estudio comprobó que
un año adicional de educación femenina reduce la fecundidad total en 0,23 alumbramientos;
según otro, la reducción es de 0,32 alumbramientos. En
los países donde las niñas tienen una probabilidad de asistir a la escuela igual
a la mitad de la de los niños, hay en promedio 21 defunciones más de recién nacidos
por cada 1.000 nacidos vivos que en los países donde no hay tal discrepancia de
género. Otro factor clave para frenar la epidemia de SIDA es empoderar a la mujer. Actualmente,
las mujeres constituyen casi la mitad del total de adultos infectados; en los
países más afectados de África al sur del Sahara, constituyen el 58% de los adultos
infectados. Un estudio sobre Zambia reveló que sólo un
11% de las mujeres entrevistadas pensaban que una mujer casada podía pedir a su
esposo que usara un condón, aun cuando supiera que él había visitado a trabajadoras
del sexo y que probablemente estuviera infectado. La comunidad
mundial ha elaborado un valioso conjunto de disposiciones para abordar la desigualdad.
Sus recomendaciones figuran en la Convención sobre la eliminación de todas las
formas de discriminación contra la mujer, el Programa de Acción de la Conferencia
Internacional sobre la Población y el Desarrollo (1994) y la Plataforma de Acción
de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (1995).
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