Antecedentes Generales

Mujer
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CONCEPTUALIZACIÓN

Situación de la mujer en el mundo rural

El mundo rural es el espacio en el que se verifica un conjunto de relaciones entre quienes habitan y/o trabajan en relación con la tierra. En el país, este espacio se caracteriza por su heterogeneidad y multiplicidad, esto debido a diferencias agroecológicas, culturales e históricas.

La multiplicidad agroecológica determinada por la existencia de desiertos, valles de riego, de secano, etc., propicia maneras diversas de ocupación y acceso a los recursos, diferentes tipos de producción y de generación de ingresos intra y extra prediales. Los procesos históricos vividos marcan un hito diferenciador al interior del mundo rural, especialmente en lo que se refiere a las experiencias de organización social, las formas de intervención del Estado y la relación de éste con la sociedad civil. Además, la presencia de grupos indígenas en espacios rurales así como los procesos de mestizaje desarrollados, han dejado una gran diversidad cultural que le otorga otra especificidad al ámbito rural.

De este modo, se encuentran maneras distintas de apropiación del espacio, concepciones de mundo y definiciones de vida, traducidas en organizaciones familiares, costumbres, lenguajes, formas de producción y de generación de ingreso, vinculación con el medio ambiente, entre otras.

En Chile, a diferencia de otros países latinoamericanos, no se ha realizado un estudio que muestre la situación de la mujer campesina en forma global, ni tampoco que cuantifique su aporte al ingreso familiar y a la fuerza de trabajo. Sólo se han realizado estudios de caso acerca de su rol, los que no permiten realizar generalizaciones acerca del tema.

El hecho de no contar con información cuantitativa acerca de la situación de la mujer campesina y de su aporte al trabajo agrícola, sumado a que las estadísticas oficiales no se encuentran desagregadas por sexo o no  consideren a la mujer, son factores que han incidido en la ausencia de la planificación de estrategias de desarrollo para este segmento del sector rural. Un ejemplo lo constituye el último Censo Agrícola efectuado en 1997 (después de 30 años sin ser aplicado), en que la participación de la mujer en la unidad productiva no resultó realmente dimensionada, puesto que se encuestó al jefe de hogar, es decir, al dueño de la tierra; en consideración que las mujeres del país sólo son dueñas de la tierra en un 13%. Al utilizar este criterio censal, no se da a conocer las distintas actividades de índole económica que las mujeres efectúan en los predios, ni menos de su participación en iniciativas productivas asociativas o individuales que están bajo su responsabilidad y que cuentan con la participación familiar.

Cuando se habla del concepto de mujer rural, se refiere a la generalidad; pero cuando hay que trabajar con él, se debe tener la capacidad de aterrizarlo y entender que dentro de este concepto existen muchos roles y múltiples funciones. No hay un solo tipo de mujer rural, sino que hay tanta diversidad  como lugares geográficos, sistemas de cultivos y vinculaciones con la economía rural existen. Así se tiene a productoras, asalariadas permanentes y temporeras y recolectoras, entre otras.

A veces los planteamientos teóricos, se alejan de la realidad y tienden a establecer generalidades que perjudican los planes estratégicos dirigidos a la mujer rural. Es necesario considerar esta diversidad, tanto de mujeres rurales como de éstas insertas en el proceso de producción campesino, para poder elaborar políticas realmente efectivas para el desarrollo rural.

Esta heterogeneidad podría generar desigualdades tanto en la relación con el mundo urbano como entre los distintos habitantes rurales y al interior de las familias. Ello se refleja en iniquidades económicas, sociales y culturales que son necesarias resolver.

Por lo tanto, cualquier intento de reflexión sobre la ruralidad debe trascender lo estrictamente económico y agrícola, y rescatar lo espacial, lo cultural y los aspectos del desarrollo humano del sector rural, en forma dinámica. Por ejemplo, se restringe la labor que pueden realizar las mujeres y los beneficios a los que pueden acceder como organización, si se les categoriza como un determinado tipo de mujer rural.

La realidad rural posee dinámicas distintas a las del mundo urbano, que deben considerarse al propiciar políticas de igualdad de oportunidades. Especialmente importante es conocer el papel de la familia y sus componentes, en los procesos de producción y reproducción de la economía familiar.

Si bien existe una gran diversidad de familias, todas ellas son unidades de vida, reproducción, producción y gestión, en las que el aporte de cada uno de sus integrantes es fundamental. Sin embargo, en su interior existe una rígida división del trabajo según el sexo y la edad de los miembros de la familia, lo que determina espacios y tareas menos visibles y subvaloradas a mujeres y jóvenes, que se traducen en desigualdades. Éstas se observan en el control masculino de los recursos, como la tierra, el agua y la propiedad; en el control de la comercialización de los productos a mayor escala, entre otros.

En términos generales, la vida de las mujeres rurales se caracteriza por el desempeño de un triple rol asociado a las tareas domésticas y de reproducción familiar, a las tareas económico- productivas (trabajo familiar no remunerado y/o trabajo asalariado) y a las actividades comunitarias. Esto se aprecia en el siguiente cuadro obtenido del estudio "Caracterización de la participación de las mujeres campesinas en los procesos productivos con intervenciones de programas estatales, en la región del Bío Bío", realizado por el Programa de Género del INDAP, VIII Región, el año 1995.

 

Calendario de uso del tiempo promedio del trabajo femenino

 

ACTIVIDAD

TEMPORADA ALTA

 (Horas/Día)

TEMPORADA BAJA

 (Horas/Día)

Actividades Domésticas Reproductivas

10,4

10,4

Labores Productivas

6,3

4,2

Labores Comunitarias

0,6

0,6

Descanso

4,3

5,4

Este triple rol es vivenciado por las mujeres de diferentes maneras debido a que al interior del mundo rural existe una gran diversidad étnica-cultural, territorial y socioeconómica. Por ello, al hablar de la mujer en el sector rural se utiliza el concepto de mujeres rurales, aludiendo a su carácter profundamente heterogéneo.

En cuanto a la diversidad étnico cultural, la presencia histórica de grupos indígenas en zonas rurales ha dejado a este sector, a través de procesos de mestizaje y sincretismo, un ingrediente fundamental al modo de vida rural, plasmado en formas de apropiación del espacio, de producción, de creencias y de relaciones entre las personas.

De acuerdo a los lineamientos de la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing (1995), el tema de las etnias cruza transversalmente la totalidad de los asuntos priorizados, que son la participación en niveles de decisión, principalmente políticos y económicos, y la superación de la pobreza de la mujer. En este sentido, si bien la problemática étnica no se agota en el sector rural, es importante señalar que en algunas regiones del país existe una importante concentración de grupos indígenas en los sectores rurales; estas regiones corresponden a la I, II, VIII, IX, X y RM .

La diversidad económica entrega diferenciaciones de tipo productivo y económico, las que hacen referencia a la cantidad de recursos productivos que manejan los habitantes rurales; a su relación y acceso a los mercados y servicios; y a las condiciones de vida y trabajo en que se desenvuelven, entre otras.

La dimensión territorial constituye la concreción en el espacio de la diversidad étnico-cultural y socioeconómica propia de los sectores rurales. El espacio geográfico es uno de los determinantes de las diversas formas de inserción productiva de las mujeres y su relación con el medio ambiente: productoras agrícolas, pescadoras, recolectoras, entre otras. En relación a ello, el INDAP ha desarrollado el concepto de microregiones rurales como unidades funcionales reales, diferenciadas entre sí, con una ordenación propia y requerimientos diferentes según los tipos de unidades de producción familiar que las conforman, los sistemas de producción que las integran, y los mercados que las articulan. Este es un elemento que debería adquirir relevancia al momento de implementar los procesos de descentralización administrativa y de focalizar políticas en el sector.

Además de las diferencias socioeconómicas, étnico-culturales y territoriales ya mencionadas, se puede mencionar que una de las características más fundamentales del trabajo femenino en el mundo agrorural es su doble dimensión. Por una parte, se encuentran mujeres que acceden a trabajos asalariados, temporales o permanentes, y por otra, mujeres que trabajan en la producción agropecuaria familiar, como jefas de explotación a cargo de la producción y gestión predial o como familiar no remunerado; todas éstas generalmente subregistradas en las estadísticas nacionales. Es importante decir que muchas de ellas realizan ambos tipos de trabajo paralelamente o en distintos momentos del año agrícola, por lo que es necesaria una mirada más profunda y detenida que entregue la diversidad de roles en una misma persona.

La mayoría de las mujeres rurales deben realizar su trabajo con una mínima infraestructura, tanto a nivel comunitario como al interior del hogar, puesto que la falta de electrificación y de infraestructura sanitaria (agua potable y sistema de eliminación de aguas servidas), y un deficitario equipamiento del hogar, determinan una significativa sobrecarga de trabajo.

Esta situación de sobrecarga se acentúa con el deficiente acceso a los servicios y beneficios sociales de calidad, que muchas veces le significa a la mujer, por constituir prolongaciones de su tarea reproductiva, trasladarse a lejanos centros urbanos para obtener atención en salud, seguridad social, entre otras.

Además, la falta de educación es otro de los factores que incide negativamente, porque limita su acceso al trabajo asalariado y cuando accede a él, los bajos niveles de calificación laboral le impiden obtener mejores ingresos. Esta condición también ha significado un acceso restringido a recursos productivos adecuados y de calidad que le permitan desarrollar actividades agrícolas por cuenta propia.

Desde tiempos inmemoriales, las mujeres campesinas han trabajado la tierra y han hecho gestión sobre lo que producen o lo que venden. No existen muchas huellas en la historia del país. Por ejemplo, Paula Jaraquemada es recordada como la mujer que hizo frente a los españoles para esconder a los soldados chilenos, pero no se le recuerda como la gestionadora de una hacienda. Por distintas razones de carácter político y cultural la mujer se ve sesgada, deja de aparecer como ejecutadora, como participante activa visualmente, pero, sigue existiendo su trabajo en el espacio privado; no se logra ver, es invisible. Ella sigue trabajando la tierra y participando en los cultivos; cultivos que muchas veces, se consideran que son rubros de trabajo masculino y, por supuesto, son liderados por el hombre, pero en ellos se involucra toda la familia y la mujer en distintos momentos de la cadena productiva. Entonces, surge la pregunta ¿dónde desaparece la participación de la mujer?, y la respuesta es: en el momento en que se hace visible el trabajo y hay que recibir la ganancia.

Según el estudio "Relaciones de género y pobreza rural: desarrollo de estrategias alternativas de alivio a la pobreza", realizado por el Grupo de Investigaciones Agrarias (GIA) y CONICYT en 1998, los hogares constituyen un importante refugio, especialmente cuando las condiciones económicas externas se deterioran y la oferta de empleo disminuye. Sin embargo, los hogares no son espacios equitativos en términos de la división del trabajo por sexo, de quién carga el peso del ajuste a condiciones crecientemente deterioradas y del acceso, uso y control sobre los activos existentes y de quién toma las decisiones

El trabajo no remunerado que realizan los integrantes del hogar, constituye el activo por excelencia de los hogares pobres. La cantidad de jornadas familiares disponibles en el sector rural, es central para la reproducción de los integrantes de un hogar, así como para el desarrollo productivo predial.

En las comunas estudiadas, los datos muestran que el aporte de la mujer adulta y los hijos/as al trabajo productivo, representa más de dos tercios del total de jornadas que se requieren. En el caso del trabajo reproductivo, las mujeres y los hijos aportan más del 80% del trabajo total. Aún cuando es la mujer adulta quien asume una mayor carga de trabajo total.

Comparada con los hombres y los hijos, la sobrecarga de trabajo de las mujeres se expresa en una mayor proporción de jornadas gastadas en labores productivas (40% del total) y en labores reproductivas (57% del total). En términos absolutos, esto significa que las mujeres adultas gastan 1.9 jornadas mensuales más que los hombres en el trabajo productivo y 12 jornadas mensuales adicionales en labores domésticas, más del doble de los hombres adultos en este ámbito (5 horas promedio).

Con relación al uso del tiempo en temporada agrícola alta y baja, se constató que la cantidad de horas promedio de trabajo destinadas a las labores productivas en temporada alta, aumentan significativamente con relación a las horas utilizadas por las mujeres en temporada baja, lo que resulta lógico y conocido. Lo que llama la atención es que las horas promedio destinadas a actividades reproductivas, se mantienen idénticas en ambas temporadas. Esto lleva a suponer el conflicto de responsabilidades que se suscita para estas mujeres en temporada alta, al tener que continuar con sus labores cotidianas y desarrollar extensas jornadas en el predio, lo que finalmente tiene un efecto negativo en el desarrollo y resultado de los proyectos productivos.

Respecto del trabajo productivo, se detectó cooperación entre los hombres y mujeres, quienes se distribuyen determinadas tareas en las distintas etapas del ciclo productivo. Mayoritariamente, se reconoce la tendencia a respetarse entre ellos "la conducción" de la gestión empresarial, dependiendo del tipo de proyecto o cultivo del que se trate. Por ejemplo, el cultivo de papas ha sido considerado históricamente como un rubro trabajado exclusivamente por los hombres, pero en las distintas etapas del ciclo productivo interviene la familia en su conjunto. Las mujeres tienen la responsabilidad en los cultivos de flores y hortalizas, al nivel de producción y gestión; no obstante, en distintas etapas (construcción del invernadero, preparación de la tierra) participa el hombre y los restantes miembros de la familia.

Esta situación de complementariedad en las labores productivas no se repite en las labores reproductivas, las que están íntegramente bajo la responsabilidad de la mujer, independientemente de si la temporada productiva es de alta o baja intensidad.

Uno de los factores importantes en el estudio de las relaciones de género a nivel del sector rural, es el análisis específico sobre las estrategias de uso de mano de obra para el desarrollo de actividades de producción predial. En este caso, se utiliza el término "producción predial" para referirse al conjunto de actividades de producción de cada cultivo principal, del subsistema huerta y animales menores, del procesamiento de productos generados en el predio y de actividades de recolección.

La igualdad de las oportunidades tienen el lado valórico y ético que tiene la equidad como concepto. Pero, el deseo de que las mujeres participen con apoyo del Estado en proyectos de desarrollo, no sólo tiene una connotación valórica sino que también tiene una connotación económica. Esta situación la han detectado organismos internacionales (Banco Interamericano del Desarrollo- BID, Organización Mundial para la Alimentación y la Agricultura –FAO y Banco Mundial) que realizaron seguimientos y detecciones de los programas de desarrollo en los países del tercer mundo y en países en vía de desarrollo. A fines de los '80 constatan que la gran cantidad de dinero que se ha invertido en los proyectos de desarrollo para la gente más pobre, no siempre ha sido lo exitoso que debería ser, y lo investigan.

 

"Existe consenso en que el desempeño del sector rural ha sido insatisfactorio y que es necesario no solamente debatir en un ambiente democrático políticas macroeconómicas, sino acompañarlas, en un plano de igualdad con políticas socioculturales adecuadas, considerando la particularidad de condiciones económicas y de vida de las mujeres".

 

Una de las razones de que estos programas no hayan dado los resultados de desarrollo esperados en la calidad de vida de las familias más desposeídas, es la falta de equidad en la participación, la falta de igualdad de oportunidades en la participación, en otras palabras, el hecho de que las mujeres no hayan sido involucradas en las propuestas de desarrollo.

Entonces, el hecho de fomentar la participación de las mujeres campesinas, para que accedan en igualdad de condiciones a los servicios que tiene el Estado, posee una connotación ética que es la equidad y una connotación económica que plantea que los proyectos no van a ser sostenibles ni sustentables en el tiempo si no involucran a la mujer. Para referirse al desarrollo estratégico hay que partir desde aquí, porque cuando se habla de equidad se plantea como un favor a la mujer, lo que es erróneo, ya que es necesario tener presente que el proyecto no va a dar resultado si no involucra a las mujeres de una manera activa.

Marginar a las mujeres de las políticas dirigidas al ámbito rural, desconociendo la magnitud del aporte que ellas hacen a la economía campesina y al ámbito social, acarrea altos costos que limitan las posibilidades de éxito de las intervenciones, obstaculizando el avance para ese sector.

Para entender la situación que vive la mujer (no solamente) en el sector rural, y tratar de explicarlo, comprenderlo y revertirlo, a través de los proyectos de desarrollo que se establezcan, es necesario conocer algunos conceptos básicos acerca del género y su relación con el mundo rural, los cuales serán entregados como herramienta de intervención, en el capítulo Intervención Comunitaria.

 

ENFOQUE DE GÉNERO Y MUJER RURAL

El desarrollo de un análisis de género es estratégico en términos de los procesos asociados con un desarrollo agrícola sustentable.

Sin embargo, y a pesar de la evidencia creciente de su importancia como herramienta de análisis complementaria, se detecta una alta heterogeneidad en la comprensión y valoración del enfoque de género y su vinculación con los objetivos de desarrollo agrícola.

Parte del problema está asociado con una serie de errores conceptuales y metodológicos que obstaculizan la adecuada operacionalización del enfoque de género, situación especialmente problemática para profesionales y técnicos involucrados en los diferentes aspectos del desarrollo silvoagropecuario.

 

    è Estos problemas se refieren a:

    à La ausencia de un marco analítico, en la discusión y propuestas, que permita explicar la interrelación entre procesos de desarrollo (en el ámbito económico, social y productivo)  y relaciones de género y, por tanto, precisar mejor las soluciones de desarrollo. No se comprende bien que las relaciones de género son heterogéneas y por tanto susceptibles al cambio y a las condiciones económico-sociales.

    Es decir, las relaciones de género son diferentes dependiendo del estrato campesino analizado (Ej. Campesinos grandes v/s campesinos pequeños). Y aún dentro de un mismo estrato campesino estas relaciones varían de acuerdo con las condiciones económico-sociales (Ej. Campesinos pequeños con mayor articulación al mercado agrícola v/s campesinos pequeños vinculados con el mercado salarial).

    Las relaciones de género en un sistema campesino también cambian según la composición de ese hogar (Ej. edad, ciclo reproductivo de la mujer, disponibilidad de mano de obra); dependiendo del tipo de estructura y sistema productivo (Ej. cultivos tradicionales v/s cultivos de innovación). De hecho en mayor o menor proporción es posible distinguir en las economías campesinas, ámbitos de trabajo diferentes. Por ejemplo, el trabajo femenino en actividades agrícolas: trabajo agrícola de campo (preparación de suelos, siembra, desmalezado, cosecha, etc.); procesamiento agrícola y pecuario (del tabaco, de la leche, etc.); mercadeo (venta de productos). También, se diferencian ámbitos de trabajo de los jóvenes en labores agrícolas: cuidado de los animales (alimentación, pastoreo, etc.); manejo de cultivos o frutales (poda, desinfección, riego, etc.)

 

    à Un hecho complementario es  que no se entiende el vínculo entre relaciones de género, desarrollo agrícola e impacto sobre las estrategias de sobrevivencia de los sistemas productivos. Una de las razones que sustenta este argumento es que los sistemas productivos (y por tanto las familias que los componen) no enfrentan los mismos obstáculos y oportunidades en el desarrollo.

    Por eso que planificar sobre la base de una supuesta homogeneidad conduce a una focalización errónea e ineficaz de los recursos. Se requiere un marco que clarifique: cómo las relaciones de hombres y mujeres en una unidad familiar afectan las formas de organización y administración de ese sistema productivo y, por tanto, cuál es el peso relativo de estas relaciones en la definición y gestión de las estrategias de sobrevivencia y acumulación y los arreglos productivos laborales.

    Por ejemplo, las relaciones de género cambian de un sistema campesino donde la familia participa activamente en la gestión predial de esa unidad productiva a otro sistema donde la familia colabora con mano de obra asalariada fuera del predio. Las relaciones de género varían además, de un sistema campesino que tiene capacidad para contratar mano de obra, a otro cuya fuente de mano de obra es sólo la  familia.

    Es decir, las relaciones de género que se establecen en los diferentes sistemas tienen un efecto sobre el uso y distribución de la mano de obra familiar. Y ésta  adquiere un peso económico diferente según la estructura familiar: si ésta es utilizada en un sistema donde la familia participa activamente en la producción agrícola, o en un sistema campesino donde el ingreso se compone básicamente por la venta de mano de obra familiar u otro sistema donde la familia no participa como mano de obra.

    à Parte de esta ambigüedad conceptual responde al hecho que el tema de género, hasta hace poco, se ha definido desde una preocupación ligada a la posición de uno de los sexos (programa con mujeres o con grupos vulnerables) y/o como una variable cuyo indicador es la mujer (componente mujer de un programa, estadística por sexo). Desde esta perspectiva, se tiende, por una parte, a asociar el tema de género con demandas individuales referidas a la posición desigual de uno de los sexos (problemas de subordinación, por ejemplo) supeditando o limitando en muchos casos, el objetivo de desarrollo a acciones de índole reivindicativa, con un marcado carácter individualista. Por otra parte, se piensa que la creación de mecanismos que faciliten la incorporación de estos grupos al desarrollo es condición suficiente para superar los problemas asociados a su posición desigual.

    Lo anterior, ha resultado en programas que establecen una separación arbitraria de las actividades de hombres y mujeres, consolidando y perpetuando diferencias entre campos que en la práctica no se separan. A la vez, que proponen soluciones de desarrollo, generalmente, desarticuladas del resto de las actividades y roles de los integrantes de esa unidad productiva.

    En este sentido, el quehacer intelectual sobre el género ha mantenido un diálogo abstracto, más que un intento por simplificar y operacionalizar sus contenidos en criterios metodológicos que permitan a los profesionales y técnicos de programas traducir este enfoque en la ejecución de sus programas. Lo anterior ha dado como resultado una serie de definiciones y usos contradictorios y ambiguos del concepto de género y su vinculación con los objetivos de programas de desarrollo agrícola y rural, que oscurecen o cargan el tema y, por tanto, impiden una implementación adecuada del enfoque metodológico.

 

Frente a lo planteado, es necesario aclarar que el concepto de género no es sinónimo de un sexo sino que se orienta a identificar y analizar los vínculos entre mujeres y hombres en virtud de variables tales como uso de fuerza de trabajo, estrategias de sobrevivencia, decisiones productivas, organización de la unidad productiva, participación en la empresa asociativa, etc.

El análisis de género es estratégico para el desarrollo de proyectos agrícolas sustentables. Básicamente, porque permite explicar y comprender el impacto de las relaciones que se establecen entre los integrantes de un sistema productivo sobre:

  • Las formas como se organiza, administra y se acumula este sistema.
  • Las funciones o roles productivos y de gestión que realizan o pueden realizar sus integrantes.
  • Las decisiones productivas y reproductivas que se priorizan.
  • Las respuestas que elaboran sus integrantes a las demandas internas de sobrevivencia y a las demandas del contexto socioeconómico y político.

Al nivel de los impactos de los proyectos y de los objetivos de consolidación económica- productiva y organizacional, un análisis de género posibilita una focalización más coherente y eficaz de las intervenciones y los recursos humanos. De hecho, una mayor eficiencia del proceso productivo en términos del uso de sus recursos y de la estrategia técnico-productiva y comercial planteada se relaciona con los siguientes aspectos:

  • Estrategias de intervención focalizadas en los sujetos que ejecutan las actividades productivas y de gestión.
  • Incrementar las capacidades reales y detectar las potenciales (recursos humanos entre otros) en los sistemas productivos y al nivel de la organización.
  • Fortalecer la igualdad de oportunidades de participación. En primer lugar, porque la iniquidad no permite un acceso igualitario de todos los integrantes de un hogar a la gestión de un proyecto común (esto es, acceso a información sobre objetivos, actividades, servicios, decisiones). Segundo, porque la iniquidad representa una restricción para que la familia campesina utilice al máximo sus potencialidades (capacidades) y en particular sus recursos humanos (mano de obra y tiempo).

Definido desde una lógica de sistemas, el enfoque de género se incorpora a la planificación y ejecución de proyectos como un camino transversal que cruza los objetivos de desarrollo silvoagropecuarios.

    è El enfoque de género se visualiza como una herramienta de análisis que permite:

  • Articular e incorporar a proyectos de desarrollo agrícola, las capacidades (técnicas, laborales, etc.) y los roles (productivos y gestión) que realizan o pueden realizar los sujetos que conforman una unidad productiva familiar campesina en forma equitativa.
  • Una mejor articulación de los recursos humanos, de los roles y de las capacidades de cada uno (administrativas, técnicas, etc.)

En este sentido, desde un enfoque de género, es fundamental eliminar toda forma de iniquidad. Las desigualdades en la participación representan restricciones a la eficiencia, competitividad e impacto de un proyecto de desarrollo agrícola determinado.

La equidad debe ser tratada como un criterio que posibilita la inserción efectiva de todos los integrantes de una unidad familiar en los proyectos establecidos; asegurando, además, su igualdad de acceso a los componentes de los proyectos (crédito, asesorías tecnológicas, infraestructura productiva, subsidios, etc.) e igualdad de acceso a la información (de mercado, de concursos, etc.)