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hombres (41.3%). En las actividades donde las mujeres encuentran la mayor cantidad de
empleos, el porcentaje de ellas que ganan menos de dos salarios mínimos es superior al de
los hombres. En el caso del sector agropecuario, si bien la proporción que percibe menos de
dos salarios mínimos es de 26.1%, esto es así porque 70.5% de las mujeres que en él
laboran lo hacen sin recibir ingresos. En la industria manufacturera, 71% de las mujeres
trabajan por menos de dos salarios mínimos; en el comercio dicho porcentaje es de 56; de
63 en la hotelería y restaurantes, y en otros servicios es de 61 % (Encuesta Nacional de
Empleo 2002).
El género sigue siendo una variable clave en el desarrollo económico y social en México
(Correia y Katz, 2001; Cunningham y Cos-Montiel, 2002; Banco Mundial, 2001). En
educación, por ejemplo, aunque las brechas entre los sexos no son significativas en las
estadísticas globales, las diferencias regionales en todo el país persisten. Como ya se
mencionó, la educación de las niñas aún va a la zaga de la de los niños en las áreas
indígenas. Adicionalmente, las brechas en alfabetismo son evidentes en los estratos de
mayor edad; por ejemplo, hombres y mujeres representan el 38 y 62 % de la población total
analfabeta respectivamente, pero el 65 % sobrepasan los 40 años de edad. Las diferencias
entre hombres y mujeres son evidentes cuando se examina el desempeño educativo. Los
niños tienen niveles de reprobación más altos, mientras que las niñas tienen mayores
niveles de deserción, y las razones de desempeño insatisfactorio varían de acuerdo al sexo
(Parker y Pederzini, 2001).
Los roles de género que se asignan a hombres y mujeres, también significa que la pobreza
les afecta de manera distinta (Salles y Tuirán, 1999) . El rezago en el acceso a los servicios
de salud y a la planificación familiar afecta el tamaño de los hogares e incrementa la carga
de trabajo doméstico, el cual casi invariablemente llevan a cabo las mujeres. Asimismo,
dado que el trabajo doméstico es tradicionalmente asignado a las mujeres, como lo
muestran datos anteriores, son ellas quienes más resienten los rezagos en sanidad,
electrificación y agua entubada (Chant, 1991, 1992, 1996a, 1996b, 1997; Moser, 1989,
1992, 1993, 1996, 1997; Elson, 1989, 1991; Beneria, 1991; Gonzalez de la Rocha, 1995).
Dada la magnitud de la carga de trabajo de las mujeres, la insuficiente infraestructura de
servicios públicos tiende a limitar la participación femenina en las actividades productivas,
así como en la mayoría de las actividades públicas, como la participación política o el
liderazgo. Particularmente, a nivel doméstico las diferencias por sexo son importantes. De
22.6 millones de hogares mexicanos en el año 2000 solo 4.7 millones están encabezados
por una mujer, es decir que por cada 5 hogares a cargo de un hombre sólo hay uno dirigido
por una mujer. Los hogares encabezados por varones -los cuales son, de hecho, hogares
conyugales- tienden a enfrentar menores limitaciones económicas que los hogares
encabezados por mujeres (INEGI, Hombres y Mujeres 2002). En el caso de los segundos, el
hogar se sostiene por un solo salario y las actividades domésticas no se pueden compartir
con otros miembros adultos de la familia. Como resultado, estos hogares típicamente gastan
una mayor proporción de recursos para acceder a bienes y servicios. También, y debido a
la doble carga de trabajo de los papeles productivo y reproductivo, las madres solteras
tienden a dedicar menos horas al trabajo remunerado, y buscan trabajos que ofrezcan
mayor flexibilidad aunque no necesariamente buenos salarios, beneficios y oportunidades
de ascenso y desarrollo profesional (Cunningham, 2001).